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Whitman, Walt

Publicado el 28 de abril de 2020


(…) Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más

grandes de la Historia. (…)

 ("Con estrépitos de músicas vengo", Walt Whitman)

“Poetas y poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

Veinte de abril de dos mil veinte, un abril negro o, para no ser excesivamente derrotista, gris, pero de un gris oscuro, gris plomo casi ceniza.

Sin embargo, yo me niego a desperdiciar el tiempo lamentándome por la pérdida de los días, por esta primavera que nos ha sido robada. Prefiero volar, salir extramuros y viajar, porque pese a lo que nos digan, sí podemos caminar, correr, navegar los ríos, surcar los mares, volar tan alto como esas aves que llegan del norte buscando tierras más cálidas.

Si todavía queda alguien que no lo sepa, que no se pierda ni una de las siguientes letras que voy a dibujar en este texto que, al menos por un rato, nos va a permitir ir más allá de las paredes de nuestros hogares, esos sitios que se han convertido en nuestra única zona de confort, pero de los que también necesitamos salir de vez en cuando.

Porque todos tenemos el mejor medio de transporte que nadie haya podido inventar. Sí, tú también lo tienes y tú y también tú y aquella joven que asoma la cabeza junto a la pantalla de su ordenador sin atreverse aún a leer lo que escribo. ¡Hazlo! Sí, tú, esa joven de ojos verdes y cabello del color del mejor vino de Burdeos. Atrévete a soñar a utilizar eso que no todo el mundo cree que sea de utilidad pero que otros llevamos siempre por bandera: LA IMAGINACIÓN (con mayúsculas).

Creedme, la imaginación es la mejor herramienta para salvaros de esa melancolía que ya está haciendo mella en vuestros corazones, tras más de treinta días de confinamiento.

Por esta razón, os remito a la cita que os he dedicado al inicio de este post y que, aunque no lo parezca, tiene más de cien años, pero que hoy nos sirve como sirvió en su día a un puñado de gente que allá por tierras de Norteamérica vivió una cruenta guerra entre hermanos. Si ellos pudieron salir adelante, por qué no vamos a hacerlo nosotros.

Esta cita pertenece a uno de los más grandes poetas universales, el estadounidense Walt Whitman, un muchacho nacido en West Hills (Nueva Jersey) en los albores del siglo XIX (1819) en el seno de una familia humilde.

Tuve la fortuna de conocer a Walt Whitman hace ya casi cuatro años, en un viaje a Roma. Si, ya estamos viajando, porque estos días he regresado a la “Ciudad eterna”, he caminado por sus hermosas callejuelas, he contemplado emocionada el Coliseo y he recorrido las ruinas del Foro. Y en este viaje imaginario, he vuelto a disfrutar de los versos de Whitman, como hice entonces cuando metí en mi mochila viajera un ejemplar de ¡Oh, capitán! ¡mi capitán!, libro con una selección de poemas del autor.

Y de este modo conocí, por la pincelada biográfica que venía al dorso del libro, que Whitman se había visto obligado a trabajar desde muy joven en diversos oficios dados los escasos recursos económicos de su familia, lo que también le impidió tener una mayor formación académica. Y fue en uno de esos oficios, el de periodista, el más estable de todos los que tuvo, el que le llevó a descubrir y, sobre todo, alimentar y difundir su vocación de poeta a la que se dedicaría de forma exclusiva a la edad de veintinueve años.

Porque como periodista realizó un viaje desde Nueva York, ciudad en la que vivía cuando trabajaba para el periódico Brookling Eagle, a Nueva Orleans para hacerlo en el periódico Crescent de esta ciudad. Ese viaje le llevó a recorrer los estados sureños y conocer, de ese modo, la vida en las provincias en una contexto histórico y social que marcaría su obra literaria.

En 1855 decidió publicar algo en lo que llevaba trabajando un tiempo, un compendio de poemas sin título que rasgaban las convenciones y cantaban a lo más íntimo del ser humano. Hojas en la hierba es su gran obra, un poema épico y democrático que fue ampliando a lo largo de los años.

Aunque al principio la crítica no lo acogió bien pues lo consideraron de alto contenido sexual que desafiaba al puritanismo reinante en una sociedad que pocos años antes había aprobado una ley para capturar esclavos, con el tiempo ha obtenido el lugar que merece como obra, un canto a la libertad del ser humano, sin distinción de color, plasmada en unos versos que se apartaban de los cánones de la métrica, volviéndose tan libres como los sentimientos y valores que transmitían. La obra tenía un espíritu más escéptico y libre que el de los románticos y, por eso mismo, fue muy cuestionada en un principio.

En el poema que abre la obra, Canto a mí mismo (aunque realmente el autor no le dio ningún título), el poeta realiza una declaración a la naturaleza humana, rompiendo las reglas establecidas. Escrito en verso libre y con un estilo sencillo, algo nada usual para su tiempo, este poema es un claro ejemplo de la peculiaridad de Whitman. Veamos el siguiente fragmento, que resume todo lo dicho:

 

Me celebro y me canto a mí mismo.

Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,

porque lo que yo tengo lo tienes tú

y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. (…)

 

Whitman exalta en el poema la propia existencia, la unión entre el hombre y la naturaleza, la importancia del origen y del arraigo como fuente de identidad personal. Se trata, al fin y al cabo, de un canto a la vida.

Más adelante, en la década de 1860 con el estallido de la Guerra Civil americana, más conocida como la “Guerra de Secesión”, Walt Whitman vivió desde dentro uno de los momentos históricos más importantes de su país que influiría en su obra.

Su participación como voluntario en los hospitales del ejército del Norte o de la Unión, le llevaría no solo a escribir unos diarios de guerra en donde reflejaba sus vivencias y los sentimientos que las matanzas y el horror del conflicto bélico le provocaron, sino que dejaría una importante huella en su obra.

En el hospital para heridos de Washington y tras el asesinato de Lincoln en 1865, compuso La última vez que florecieron las lilas en el jardín, en la que su compromiso humano se acrecienta debido a los acontecimientos que le ha tocado vivir. En ¡Oh, capitán! ¡mi capitán! (1865), el poeta rinde un último homenaje al presidente.

En la década de 1880, instalado ya en la que sería su última residencia en Candem, Nueva Jersey, Whitman aún recibía algunas críticas por Hojas en la hierba pese a llevar más de siete ediciones publicadas. Pero él no desistió, continuó escribiendo y también nutriendo esa obra ejemplar, convirtiéndola casi en un “ser vivo”.

Podemos resumir la obra de Whitman como un ejercicio no solo de libertad, sino por y para la libertad. Con una mirada vitalista hacia la naturaleza y la belleza, como precursor además del verso libre, su escritura lo aleja de esa visión que tenemos de él como un noble anciano de mirada clara y larga barba blanca, para mostrarnos lo que realmente fue, un demócrata y defensor de la igualdad y la libertad.

El escritor Mark Twain le envió en 1889 una carta de felicitación por su cumpleaños y un regalo: que se tomara treinta años más de vida. Sin embargo, tres años después, en 1892, Whitman falleció.

En el preámbulo de Hojas en la hierba había escrito: «La prueba de un poeta es que su país lo absorba sentimentalmente de la misma forma que él absorbió a su país».

Cerramos este post con un bello poema de esta obra, composición en la que se deja ver con claridad el espíritu de conexión del ser humano con la naturaleza y su exaltación, así como la idea de que todo y todos somos perfectos como somos, expresado con unas imágenes delicadas y hermosas.

Una hoja de hierba

Creo que una hoja de hierba, no es menos

que el día de trabajo de las estrellas,

y que una hormiga es perfecta,

y un grano de arena,

y el huevo del régulo,

son igualmente perfectos,

y que la rana es una obra maestra,

digna de los señalados,

y que la zarzamora podría adornar,

los salones del paraíso,

y que la articulación más pequeña de mi mano,

avergüenza a las máquinas,

y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,

supera todas las estatuas,

y que un ratón es milagro suficiente,

como para hacer dudar,

a seis trillones de infieles.

 

Descubro que en mí,

se incorporaron, el gneiss y el carbón,

el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.

Que estoy estucado totalmente

con los cuadrúpedos y los pájaros,

que hubo motivos para lo que he dejado allá lejos

y que puedo hacerlo volver atrás,

y hacia mí, cuando quiera.

Es vano acelerar la vergüenza,

es vano que las plutónicas rocas,

me envíen su calor al acercarme,

es vano que el mastodonte se retrase,

y se oculte detrás del polvo de sus huesos,

es vano que se alejen los objetos muchas leguas

y asuman formas multitudinales,

es vano que el océano esculpa calaveras

y se oculten en ellas los monstruos marinos,

es vano que el aguilucho

use de morada el cielo,

es vano que la serpiente se deslice

entre lianas y troncos,

es vano que el reno huya

refugiándose en lo recóndito del bosque,

es vano que las morsas se dirijan al norte

al Labrador.

Yo les sigo velozmente, yo asciendo hasta el nido

en la fisura del peñasco.

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