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Volver la vista atrás – Juan Gabriel Vásquez

Publicado el 4 de junio de 2021


Reseña realizada por Begoña Curiel.

Es tan intensa la vida de Sergio Cabrera que la novela se convierte en una larga aventura de interesantes capítulos históricos del siglo XX por tres continentes. Además, Juan Gabriel Vásquez realiza un análisis del entorno familiar del protagonista que condiciona su existencia vital marcada por el extremismo ideológico. Que Sergio Cabrera sea real multiplica, para mí, el interés que despierta este relato. ¿Qué le falta? Quizás pida mucho pero he echado de menos un tono más literario en su escritura.

  Cuesta creer lo vivido por Cabrera, un renombrado director de cine colombiano con un pasado que da para más de 475 páginas. La nota final de autor de Juan Gabriel Vásquez comienza así: «Volver la vista atrás es una obra de ficción, pero no hay en ella episodios imaginarios». Recapitular datos y detalles del recorrido personal de Sergio Cabrera, además de emocionante, ha debido ser laborioso.

  Para abstraerse, supongo, de todas las opiniones y sensaciones que la historia suscita –y son muchas– el escritor se posiciona como narrador omnisciente. Es del propio Cabrera de quien conoce en primera persona su periplo personal, casi “un dos en uno”, porque no se entiende a Cabrera sin la influencia de su padre, Fausto.

  El arranque disloca con tantos datos. Sergio Cabrera está en Lisboa cuando recibe la noticia de la muerte de su padre en Bogotá. Su matrimonio hace aguas y le espera un compromiso en Barcelona –también su hijo–; una retrospectiva de su carrera cinematográfica. A su nefasto momento se unen las noticias del fracaso de los acuerdos de paz que podrían poner final a medio siglo de guerra en Colombia. Para entender su decisión de no regresar al funeral del padre y el maremoto interior que le invade, empieza Volver la vista atrás. Porque allí, en Barcelona, comenzará a rebobinar.

  Igual es arriesgado afirmar que sin Fausto, Sergio habría sido otro. Pero es que las decisiones del padre moldean al resto de la familia. Fue un republicano exiliado de la guerra civil que en Colombia triunfa como actor pero un día hacen las maletas porque acepta un trabajo como profesor de castellano en la China de la Revolución Cultural.

  La experiencia convertirá a los hijos –junto a Sergio, su hermana Marianella– en leales soldados de la Guardia Roja. Allí los dejarán los padres para ser educados por la revolución mientras ellos regresan a Colombia a proseguir con su fiel tarea con el ideario comunista. Sergio y Marianella volverán también después para sumarse a la guerrilla en la selva colombiana.

  Impresionante. El párrafo trata de condensar contenidos pero es imposible. El infierno del adoctrinamiento ideológico en la etapa china – así lo he sentido– pone los vellos de punta. Ellos por supuesto no sufren la presión que se percibe a este lado de las páginas. El contexto histórico y la puesta en escena que requiere un movimiento de estas características ayuda a comprender la capacidad de abducción del atractivo envoltorio ideológico.

  Me es indiferente si hablamos de Mao Zedong o de cualquier otro ideario cuando aliena hasta la obsesión. Por muy lícitos que sean sus objetivos. El romanticismo que viste la revolución convierte a la masa en un ente uniforme prácticamente robótica.

  Si tremendo es este período pueden imaginar cómo son las vivencias de Sergio y Marianella en la guerrilla, donde está prohibido cualquier atisbo de emoción que muestre la esencia humana del individuo.

  Dejando a un lado las opiniones, el mérito de la novela reside en haber sabido contar tan bien los escenarios. Doy fe, de que los escalofríos que he sentido durante la lectura son claro ejemplo de cómo el autor ha sabido trasladar esta realidad dejando a un lado las opiniones. Un ejercicio de autocontrol digno de aplauso.

  Pese a las firmes convicciones de los Cabrera, habrá un antes y un después y no sólo para Sergio; momentos de inflexión en los que la moral se quiebra y el corazón llora pese a las mordazas. La autoflagelación es uno de los peores castigos para el individuo, por mucho que pelee por algo tan bello como la justicia y la libertad. Si impide amar a quienes amas, la libertad termina. Volver la vista atrás describe de manera magistral ese proceso autodestructivo.

  La novela es una aventura en todos los sentidos. Histórica, política y personal centrada en Sergio pero con cadenas invisibles que provocan un debate mil veces planteado: ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar por tus convicciones ideológicas? ¿El fin justifica los medios?

  Vásquez usa pluma templada y segura en la descripción de los demonios que esconden las utopías. Pero precisamente por eso, porque lo relatado requiere de cierta distancia con el relato, no ofrece una conexión directa con lo literario. Porque esta novela se sufre. Informa de la opresión y la asfixia, ofrece con inteligencia que te conviertas en sombra de sus actores para ver de cerca los traumas y el desgarro no revelado. La tiranía lo es por muy imperceptibles y sutiles que sean sus métodos.

  Tanto manda el padre que ha arrastrado a los Cabrera a su elección; “lo mejor” para la sociedad, el mundo y los hombres. Y los suyos “le han comprado” su historia en toda su dimensión. Sin resistencia alguna porque la libertad les ha permitido elegir. ¿Es así? Mi respuesta está clara. Volver la vista atrás es una invitación a la reflexión profunda y sesuda.

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