Vitale, Ida

“Poetas y poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

Seis y diez de la mañana, AVE Alicante-Madrid. El vagón en el que viajo amanece solitario. Tan solo dos o tres viajeros más me acompañan desde la estación de salida hasta la siguiente parada. En esta, suben unos cuantos más.

En la soledad del pájaro de acero descubro a Ida Vitale. Como siempre, en mi maletín, además de los documentos de trabajo, llevo unas cuantas dosis de mi medicina, la que me mantiene cuerda, la que me infunde la paz necesaria para sobrevivir un día más en este mundo de la inmediatez en el que todos estamos irremediablemente inmersos, en mayor o menor medida. Ese medicamento mágico es la literatura.

Esta vez, unos poemas de la escritora uruguaya, Premio Cervantes de las Letras 2018. Sus versos se convierten en improvisados compañeros de viaje, polizontes inadvertidos que me llevan consigo por otra vía, una distinta de la de hierro y catenarias.

Perteneciente a la denominada “Generación del 45” junto a Mario Benedetti entre otros, Ida Vitale representa la poesía esencialista, poesía de la identidad, de aquello que hace que un ser sea lo que es. Hallamos en ella de forma constante la división entre la naturaleza y el hombre, una separación irremediable que vacía de mundo la poesía, provocando que esta se objetualice, que adquiera cuerpo propio diferente del hombre, del pájaro, del árbol que antes, en otra poesía, ocuparon ese lugar.

Ida nació en Montevideo el 2 de noviembre de 1923, donde fue profesora de literatura, pero tuvo que sufrir en sus propias carnes el desarraigo y la soledad que lleva consigo el exilio, al que se vio forzada en 1974 por la dictadura militar instaurada en su país y así lo refleja en su obra:

La mirada se acuesta como un perro,

sin siquiera el recurso de mover una cola.

La mirada se acuesta o retrocede,

se pulveriza por el aire

si nadie la devuelve.

(“Exilios”, de “Procura de lo imposible”, 1998).

Regresó a Uruguay diez años después, cuando la dictadura había acabado. Pero pronto volvió a emigrar, esta vez a Estados Unidos, donde permaneció hasta la muerte de su segundo marido, Enrique Fierro, en 2016. En la actualidad reside de nuevo en Montevideo.

Entre sus poemarios figuran Léxico de afinidades, La luz de esta memoria (1949), Palabra dada (1953), Sueños de la constancia (1988) y Reducción del infinito (2002). En una entrevista concedida al Cultural del Diario ABC, tras ser galardonada con el Premio Cervantes, dijo que la poesía “llega de muchas maneras. Cantar es una de ellas”.

Referente para poetas de todas las generaciones, Ida utiliza el lenguaje para descubrir la realidad, para penetrar en ella y revelar sus secretos. Su poesía es clara, pero a la vez repleta de misterio; pausada en su observación del mundo y apasionada en sus conclusiones; sincera, elegante y certera, pero, siempre y sobre todo, vital como su propio apellido delata.

Hoy cerramos este post con el poema Fortuna, un canto a la libertad de la mujer, que refleja el espíritu libre y vanguardista de esta gran dama de la poesía.

 

Por años, disfrutar del error

y de su enmienda,

haber podido hablar, caminar libre,

no existir mutilada,

no entrar o sí en iglesias,

leer, oír la música querida,

ser en la noche un ser como en el día.

  

No ser casada en un negocio,

medida en cabras,

sufrir gobierno de parientes

o legal lapidación.

No desfilar ya nunca

y no admitir palabras

que pongan en la sangre

limaduras de hierro.

Descubrir por ti misma

otro ser no previsto

en el puente de la mirada.

 

Ser humano y mujer, ni más ni menos.

FacebooktwitterpinterestmailFacebooktwitterpinterestmail