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Vargas, Rubén E. – “Vida de José Tomás Boves”



“Una ventana al pasado” por Rubén E. Vargas.

 Hoy, la figura de José Tomás Boves

Podría afirmarse que el resentimiento está enclavado en el origen de las grandes tragedias que han azotado a la humanidad desde tiempos inmemoriales. Si damos como cierta la hipótesis del creacionismo bíblico, podríamos concluir que el castigo impuesto por Dios  a Adán y Eva por haber desobedecido (Génesis 3:24), al probar el fruto del árbol prohibido, es exagerado en demasía y de tan profundas consecuencias que solo un Dios, impelido por el resentimiento, pudo aplicarlo sobre todo considerando que este Dios es amor (Juan 1.4:16).

La historia reseña muchas otras acciones asociadas con este destructivo impulso; allí están Jerjes y las Termópilas; Guillermo I de Inglaterra; el emperador romano Tiberio, caso este documentado magistralmente por Gregorio Marañón; Hitler; Mussolini y Pol Pot.  Esta dañina emoción puede desatarse repentinamente aún en personas comunes, y por razones aparentemente triviales, pero que son percibidas como injusticias, desatando conductas destructivas intensas.

Kleist (1979) cita el caso de un humilde campesino en s XVI que ante el cobro de un impuesto por cruzar con su carreta las tierras del Barón, protesta ante las autoridades sin recibir, a su criterio, un justo trato y se resiente de tal manera que terminó incendiando el castillo del Barón, asesinó a campesinos inocentes e inició una revolución que destruyó gran parte del país, antes de ser sometido.

Este preámbulo confiere un contexto apropiado para conocer la figura del asturiano José Tomás Boves quien fue un actor principalísimo en la guerra de independencia de Venezuela de la España colonial.

Nació en pobre cuna en Oviedo, Asturias, en 1782. Quedó huérfano de padre a los cinco años y tuvo que trabajar desde muy pequeño para ayudar al mantenimiento de su familia. Sin embargo, se las arregló para estudiar en el Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía en 1794, prestando servicios en la Real Armada Española. Su arribo a Venezuela es el resultado de eventos fortuitos.

Agobiado por la falta de oportunidades laborales, Boves incursiona en el contrabando con tan mala fortuna que fue apresado, juzgado y condenado a ocho años de prisión a ser cumplidos en el Castillo sede de la Capitanía General de España en Puerto Cabello, Venezuela. Mientras cumplía su condena conoce a otro preso amigo de su padre en la Asturias natal quien logra que sea desterrado, en conmutación de la pena, a un pequeño pueblo del llano venezolano llamado Villa de Calabozo. Allí Boves prosperó, estableció una pulpería y desarrolló una gran empatía con los habitantes del pueblo, incluyendo indios, negros, mulatos, mestizos a quienes trataba como iguales desplegando una gran generosidad y solidaridad. Esta empatía con el populacho será decisiva en su posterior accionar en la guerra de independencia en gestación.

Boves incursionó en el tráfico de ganado cimarrón que recolectaba en las tierras de los aristócratas hacendados; por esta razón, se ganó la malquerencia de la aristocracia criolla o mantuanos; es decir, aquellos nacidos en Venezuela, hijos de españoles.

Al estallar la guerra de independencia, Boves intentó ingresar en el ejército patriota, pero no solo fue rechazado sino que su pulpería fue saqueada y su mujer asesinada. El resentimiento de Boves se convirtió en odio vengativo contra los independentistas y decide formar un ejército en contra de esta causa dirigida por los aristócratas.

Por otra parte, había mucho malestar con el Rey Fernando VII porque los tributos cobrados a los pequeños comerciantes no tenían ninguna retribución, en particular a los pobres. Esto hizo que tanto el bando independentista o patriota como los que defendían la colonia (realistas) se convirtieron en los objetivos militares de Boves. Era una venganza contra todos. El respaldo y el reconocimiento de Boves como líder fue apabullante y en corto tiempo logró conformar un ejército formidable con hombres a caballo armados con lanzas, con gran destreza y valentía. Boves peleaba al frente, a pecho abierto, irrefrenable, indómito. Entre batallas, comía, dormía, compartía aguardiente y diversión con su tropa bastarda que lo llamaba "Taita", expresión llanera para aludir al padre. La fusión empática con la tropa era total y luchaban sin tregua dispuestos a entregar  la vida por él.

Ya en las primeras escaramuzas, Boves mostró una crueldad sin medida: degollaba a toda una población, cortaba, empalaba y freía cabezas, despellejaba a su antojo y hacía que los soldados violaran a las mujeres e hijas de los aristócratas. Era llamado el "Atila de los Llanos"  y su solo nombre causaba pavor a su paso. Algunos estiman que él, personalmente, dio muerte a más de 8.000 personas. Luego, de dos años de campaña, Boves había ganado muchas batallas y perdido otras, la mayoría a manos del ejército patriota y quizás por esta razón decidió continuar la lucha sirviendo solo a la causa realista, pero sin aceptar órdenes u orientaciones del mando militar español.

Ese día, lunes 5 de diciembre de 1814, amaneció un sol brillante que se elevaba con calidez y colorido sobre la sabana de Urica, en el nororiente venezolano. Con calma, entre aromas de café recién colado, Boves ultimaba detalles tácticos con sus asistentes, mostrándose confiado y hasta pendenciero. Mostraba cierto desprecio por su adversario, el también formidable coronel patriota Pedro Zaraza.

A eso de las 10 de la mañana las tropas de ambos bandos estaban desplegadas y listas para entrar en acción. Boves, intrépido como era, se coloca al frente e inicia la batalla a la voz de "a por ellos". En el fragor inicial, Boves levanta la mirada y distingue a unos 20 metros la figura del también imponente coronel Zaraza. Ese cruce de miradas feroces indicaba un: "esto lo resolvemos entre los dos: aquí y ahora". Los contendores posicionan sus cabalgaduras y Zaraza, al grito de " O se acaba la zaraza o se muere la bovera" emprende con decisión el galope hacia el encuentro  mortal con Boves. La batalla se detiene súbitamente y la atención se dirige hacia el corredor de la justa. El choque es inevitable y en el siguiente milisegundo, una lanza emerge de un pecho ensangrentado portando en su extremo un corazón aun palpitando. Boves, el vengador resentido, el Atila de los Llanos, el taita asturiano, a los 32 años, se desploma lentamente hacia los confines de la muerte.

Dicen que antes de ocluir sus ojos azules para siempre, su rostro mantuvo una mirada penetrante quizás dirigida a Zaraza en un gesto gallardo de admiración o de agradecimiento por librarlo de sus demonios. ¿Quién sabe? Lo que sí parece ser cierto, es que con la muerte del asturiano, los horrores de la guerra disminuyeron y la gesta de independencia, se abrevió. Y, quizás, lo que fue más importante: la venganza y el odio que, según Scheler, "es la obra suprema del resentimiento",  fueron vencidos: una vez más.

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