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Vargas, Rubén E. – Mila o el ñú



Después de disparar al aire, supe que tenía que matar. Fue un acto reflejo y aún hoy  no puedo asegurar que se justificaba. Es que matar, aun cuando forma parte de los recursos evolutivos para la supervivencia de las especies, no es fácil hacerlo, al menos para la mayoría de los humanos una vez alcanzado el estadio de homo sapiens.

Quizás podría afirmarse que la diferencia fundamental entre los animales y el hombre no es la inteligencia más avanzada de este sino la ausencia de preceptos morales que lleven a un león hambriento ante un apetitoso impala a confrontarse con el dilema: "es que no sería ético comérmelo".

Pero, el asunto es tan serio que Moisés, apartándose un poco de su fanatismo con Dios, incluyó en su icónica Tabla (Deuteronomio 10:4) un quinto mandamiento: "No matarás". Su intuición le indicaba que preservar la vida era necesario para alcanzar la tierra prometida, dentro de 40 años. No podía yo anticipar que dentro de poco me vería compelido a matar.

Coro y yo habíamos compartido un sueño durante años, por eso aquel domingo lo decidimos, nos vamos al Serengueti. Concluimos con rapidez todos los preparativos sin olvidar mi cámara Nikon con un modesto zoom Sigma que parecía suficiente para traernos a África de vuelta a casa. Aunque tenía destreza con las armas, decidí dejar mi rifle Express, similar al que utilizaba Ernest Hemingway, en la época dorada de los safaris. En estos tiempos ya no era necesario.

Pero teníamos una duda: nos llevábamos o no a Mila, nuestra nieta. La recomendación era dejarla, podría ser peligroso. Pero finalmente pensamos que a los 9 años, ya tenía edad para comenzar a adquirir conciencia de la importancia del tema ecológico que amenazaba con hacerse global por sus implicaciones en la supervivencia del planeta y todo eso. Además, estaba reciente el caso del rey Juan Carlos I matando elefantes en Botsuana y queríamos disipar el impacto que tal "influencer" pudiera haber tenido en ella. Uno nunca sabe.

Inicialmente habíamos considerado llegar a Tanzania por la Puerta de Marango en lugar de por la de Arusha. Tenía interés en visitar este sitio específico para ver las viviendas construidas por los Chagas, habitantes originarios, en galerías subterráneas para evitar los ataques de los temibles guerreros masáis a quienes era inútil confrontar y más aconsejable era evitarlos.

Al disponer de solo tres días, decidimos ir directamente al Seregueti donde nos esperaba nuestro guía, Jakaya, un tanzanés de trato amable, dispuesto y con mucho oficio. A Coro le cayó muy bien desde el principio y empezó a llamarle "Jaka" lo que a él le parecía divertido. Mila parecía intimidada y aunque sentía curiosidad por este paisaje nuevo para ella, estaba más bien callada, pero muy atenta a lo que sucedía a su alrededor.

La verdad es que no era fácil describir la belleza del Serengueti y no es de extrañar que hubiera sido escogido por el azar para ser la cuna de la civilización. Nada de lo que había imaginado por mis lecturas igualaba la belleza del miombo, del atardecer, de la marcha lenta de los elefantes, del nerviosismo prudente de las gacelas y otros antílopes africanos, de la majestuosidad del rey león… Tampoco del esplendor de las grullas coronadas, de los marabúes, de los soberbios estorninos y las garcetas. Por no hablar de las orquídeas, el baobab y, en general, de toda la inmensa sabana, porque te hechizaba.

Para despedirnos, Jaka organizó un pequeño picnic para nosotros en un solar no lejos del campamento. Probaríamos el plato típico de Tanzania: el Ugail. Se veía apetecible, parecía una polenta italiana, pero a base de mandioca con guiso de carne y verduras. Nos pareció delicioso aunque no pareció impresionar a Mila. Al terminar la comida, cada uno intentó despedirse de aquel lugar a su manera. Mientras Coro decía adiós a las orquídeas, Jaka y yo nos quedamos inspeccionando su rifle, que siempre llevaba por seguridad, y Mila, ensimismada, se había apartado unos 12 metros a la izquierda siguiendo el movimiento de una amistosa hormiga africana.

De repente, algo llamó su atención: un cachorro paseaba cerca y se detuvo a observarle a menos de un metro de distancia. Era un ñú. Quizás su pelaje color castaño oscuro y su inocente comportamiento llamaron su atención. Mientras, a nuestra derecha apareció un guepardo con un andar tranquilo y majestuoso. Lo miramos con admiración y justo en ese momento se detuvo, levantó una garra y la mantuvo inmóvil mirando fijamente en dirección a Mila y al pequeño ñú. Así se mantuvo durante 30 segundos que fueron de una terrible tensión.

Súbitamente, el guepardo emprendió una veloz carrera en dirección a los "infantes". Esperando amedrentarlo, hice un disparo al aire con el arma de Jaka. Era tarde, ya no escuchaba. En fracciones de segundo y como una reacción instintiva apunté y disparé. El guepardo ya había iniciado el salto final de captura de la presa. A escasos dos metros de Mila, se desplomó, y muerto de un balazo certero, su cuerpo se fundió con las acacias. El pequeño ñú corrió despavorido hacia su madre, y Coro se precipitó como una flecha hacia Mila.

Ahora, con los años, siempre recuerdo este incidente tratando de imaginarme las intenciones del guepardo. No logro dilucidar si ese día había decidido que su merienda fuese Mila o el ñú. Nunca lo sabré, pero me reconforta pensar, quizás como lo hizo Sócrates antes de tomarse el último chupito de cicuta,  "Saberlo todo, no es de sabios".

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