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Vargas, Rubén E. – “Ella”



Conté las horas y me puse nervioso. En realidad había transcurrido solo una hora, pero me parecieron muchas más; fue esta una extraña sesión de meditación la de hoy. Es que al verla entrar me dio como grima y una gélida sensación recorrió mi espinazo hasta el ischium.

Era alta, de cabello negrísimo y muy caquéctica; su tez de cera me recordó al Madame Tussauds. No, más bien me produjo un sobresalto similar al que me causó ver por primera vez al "Saturno devorando a su hijo", ¡escalofriante! De pronto la luz se apagó y contaba con que la fragancia mística del Ylang-ylang contrarrestara el olor a bungaló bangkai que "ella" desprendía.

La maestra de meditación se mostraba eufórica hoy, acababa de regresar de la India con mantras novedosos, con energías más inconmensurables, según dijo. Sin embargo, la sesión se inició con la misma rutina: concentrarse en la respiración y repetir el viejo mantra, "soy amor, soy paz, soy luz". Algo así le instiló Yoko Ono al pobre John Lennon y quizás le impidió anticipar la emboscada mortal. Eran los tiempos de los hippies.

Hice lo posible por concentrarme y lo estaba logrando, pero de pronto sentí como un halo frío cerca de mi brazo. Me enfoqué en el cálido anillo verde de energía que, originado en mi corazón, según mi instructora Dalai,  llegaría hasta el magma de la tierra el cual, por definición, está a altas temperaturas. ¿De dónde  provenía entonces este frío? Y, ¿si era "ella"? No me atrevía a abrir los ojos, no lo haría sino hasta culminar la sesión. ¿Pero, quién era y que quería de mí? Nadie más parecía incomodarse, ninguno se quejaba de frío. ¿Será una intimidación para que abandonase mi agnosticismo? No lo creo, cada día se demuestra más que Darwin tiene razón; además, comparto lo afirmado por Antonio Gala: "La religión no debería existir. Debería estar prohibida por Dios, pero como este no existe".

Inmerso en mis temores, escucho una voz sosegada, al tiempo que se hacía la luz: "espero que hayan disfrutado la sesión, nos vemos el próximo lunes". Abro los ojos con mucha cautela, miro a mi lado y "ella", la maja Morticia, no estaba. Nadie más la había visto o sentido. No comenté nada por precaución, no quería parecer un desquiciado. Salí a la calle Barcelona que estaba en tinieblas, y decidí tomar un Uber de regreso, a solo cien metros de distancia. Ya en mi piso, calmé mis angustias viendo el video estrella de Michael Jackson: "Thriller".

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