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Urquiza López, Javier – “Péndulos”



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Por fin sentado, gracias a Dios. Me duelen las sienes, Arturo, el cuerpo entero. Noto la cabeza cargada, como si me hubiera dado contra un poste, o como si tuviera un poste dentro de ella con alguien sacudiéndolo de un lado a otro. No sé ni cómo he llegado a este autobús, mis recuerdos están resquebrajados como el escay de los asientos. Sólo siento un regocijo tonto y pueril por poderme sentar, por poder cerrar los ojos y descansar apoyando la mejilla contra la luna fría de la ventana. Hemos bebido mucho, mucho. Nunca había olvidado cosas por una borrachera, hasta hoy. Quizás debería avergonzarme, o quizás no. Puede que no recuerde todo lo que he hecho la última noche, pero aún sé quién soy por fuera. Aún me recuerdo como Arturo, como el maestro de escuela del barrio de las Minas, que regresa a su pueblo derrotado, después de haber huido de algo que todavía no quiere recordar. Por dentro soy otro.

Pero tengo veintiocho años, dirás tú; tengo edad para beber, para emborracharme si me da la gana y olvidar lo que haya que olvidar. Y olvidar lo que haya que olvidar… Candela, Dios mío, Candela.

No, no tengo por qué pensar ahora en eso. El cerdo; espero que madre haya dado de comer al cerdo. Pobre animal. Seguro que me echa de menos, Arturo. No te lo he contado pero estuvo a punto de morir. Se puso maluco y no comía, pero me empeñé en sacarlo adelante. Veía en sus ojillos hundidos un hilo de esperanza. Le susurré al oído que se tumbara al sol, que comiera el salvado con peladuras de naranja que le preparaba y al final quiso vivir, Arturo. Todo es proponérselo.

Pierdo el tiempo hablándote del animal. Sé que para ti sólo es un capricho tonto, pero no deberías ser tan superficial. El universo entero está contenido en una gota de agua y podrías aprender cosas, Arturo, incluso del cerdo. Pero te aburre mi palabrería. Haz entonces otra cosa. Mira las caras de los pasajeros. Todavía tienen el sueño colgando de sus narices, de sus cejas, como si fuera una telaraña que no acaban de quitarse por más que se pasan las manos por la cara. No me extraña. Coger un autobús de madrugada es como saltar a lomos de una ballena arponeada; a nadie le apetece. La gente sale de sus casas con los sueños pegados a la suela de los zapatos, arrastrándolos como si fueran un caramelo chupado. De madrugada, la gente huele raro: a canela, a mar, a sábanas empapadas de sexo, a sueños abortados que aún se destilan de su dueño, goteando a cada paso. Dentro del autobús todos somos sueño y ojeras. Un autobús repleto de ojeras que nadie sabe distinguir. Quizás el conductor sí, quizás él sepa de ojeras más que nadie: ojeras de madrugón, ojeras de farra, de retozar hasta el agotamiento, ojeras de enfermo. Me pregunto qué habrá pensado de nosotros cuando ha marcado el billete. A lo mejor ha echado un vistazo con disimulo a su manual de ojeras y se ha dicho, éste viene de juerga; o a lo mejor ha olido nuestro aliento a alcohol y no le ha hecho falta mirar nada. O a lo mejor Candela no se ha ido y está preocupada porque hace tres días que nadie nos ha visto por el pueblo. Dios santo, Candela, ¿por qué no me lo dijiste antes? ¿O quizás sí lo hiciste y yo no quise escucharte?

Todavía está oscuro. Hace apenas nada que salimos de Sagunto y Teruel aún queda lejos. Fuera hace frío y hasta que no despunte el alba no huirá el vaho agarrado a los cristales del autobús, no escapará perseguido por la luz del sol. Cada amanecer asoma el rey del día, como un héroe dispuesto a expulsar la oscuridad y el frío. Por mí podría ahorrárselo; no me gustan los héroes de oficio. ¿Y qué habría cambiado si ella me lo hubiera dicho antes? Nada, seguiría siendo imposible, inaceptable. Candela debería saber que sin ella yo estoy solo, absolutamente solo. Y un hombre solo no puede vivir, se ve condenado a hacer locuras. Bueno, te tengo a ti, Arturo. Tú eres quien respira y yo soy quien sufre. La gente nos confunde y piensa que somos el mismo, pero somos dos en realidad. Nos necesitamos, ¿verdad Arturo? Hay que trabajar, hay que ganarse la vida y alternar en la taberna. Hay que tener una cara y unos labios con los que preguntar la lección a los muchachos. Hay que tener un cuerpo para que madre lo abrace de vez en cuando, para que no se sienta tan sola y tenga de quién preocuparse. Tú eres todo eso, Arturo, pero yo siento, y ahora estoy roto y necesito que tú te hagas cargo. Lo harás bien, siempre lo haces bien, como lo del estraperlo. Has amasado un pequeño capital conchabándote con el maquinista del tren minero. Con el trigo y aceite, has ganado en seis meses más que en cinco años con el sueldo de maestro. Tú piensas dónde descargar la mercancía del tren, cómo colocarla en Sagunto; piensas en las medias y el tabaco que traerás de vuelta y que revenderás a Mateo el del colmado, a Mateo el matarife. Tú piensas, Arturo, tú haces planes y recoges el dinero, y yo siento; siento miedo de que la guardia civil se entere, de que te echen mano y nos den una paliza de muerte y nos metan en la cárcel. Tú piensas pero no sientes ni te interesa nada de lo que yo te cuento. Por eso me empeñé en comprar aquel cerdo; para criarlo y no sentirme tan solo, ahogado en mis temores. A veces, cuando no estás al acecho, cuando no estás pensando en trapichear o en la lección que tomarás apresuradamente a los muchachos, me paso las horas muertas viéndolo hozar aquí y allá. Lo miro moverse incesante, sin un propósito fijo, revelándome que es capaz de vivir por vivir, básicamente, sin necesidad de miedos o de anhelos.  Parecemos muy distintos, Arturo, muy distintos. A veces eres tú quien entra en la taberna eufórico invitando a todo el mundo a vino y cacahuetes, y a veces entro yo, temeroso, con la cabeza inclinada y observando de reojo las caras en busca de una mirada quieta, recelosa, que se pregunte de dónde sacas todo ese dinero. Por eso oyes cuchicheos de serpiente a tus espaldas. La gente no sabe que somos dos, que tú sacas pecho e invitas a cacahuetes y yo me enamoro y siento miedo, y se preguntan con qué aire habrás amanecido ese día al verte entrar en la taberna.

Tu tío también piensa que estás tarado, que estamos tarados, Arturo. Cuando vas a su casa es amable. Nos deja estar en el salón y contemplar el péndulo del reloj de pared mientras él lee el periódico, pero sólo lo hace por lealtad a la sangre, por la memoria de padre. Tú admiras al tío porque es inteligente y te explica lo del péndulo y todo eso, pero yo no me fío. No nos quiere, Arturo, sólo nos tolera. Me pregunto cómo puedes ser tan perspicaz para unas cosas y tan ciego para otras. ¿A caso no te das cuenta cómo se remueve en el asiento cada vez que le pides que te explique lo del péndulo? Sí, piensa que eres raro, que sólo los niños se complacen oyendo la misma cosa una y otra vez, y que tú no eres ningún niño. El tiempo de oscilación del péndulo es constante e independiente de su amplitud, te repite. ¿Y eso qué quiere decir? preguntas cada vez. Que da igual que empujes más o menos la  varilla; el péndulo tarda lo mismo en completar su vaivén. El ciclo del péndulo depende sólo de la longitud de la varilla, por eso es eficaz para medir el tiempo. Y tú te quedas embobado mirando el movimiento fatuo y provocador del disco. A mí esa cadencia me parece una burla, pero a ti te parece armoniosa, predecible y perfecta. Piensas que en el péndulo no hay lugar para el accidente, para el imprevisto. En un universo de péndulos, padre no habría muerto, ni madre habría vendido la casa de los abuelos para sacarnos adelante, ni Candela habría decidido tomar los hábitos. Si, en un universo de péndulos todo sería predecible y perfecto.

Una parada, el autobús se ha detenido y un bufido escapa por algún sitio, como si la bestia resoplara después del trecho recorrido. Baja si quieres, Arturo, pero por mí no lo hagas; prefiero estar sentado, atento al alba. Siento tus pies fríos y no me extraña, yendo sin calcetines. Sin calcetines, en el burdel del puerto, ¿o es que no te acuerdas de ayer por la noche, Arturo, de la puta granadina? La escogiste porque tenía los pechos más grandes. Ya estabas borracho cuando entraste y el fogonero que nos había traído a Sagunto ya había marchado para regresar en el tren minero de medianoche. Tú piensas que la elegiste porque tenía las tetas grandes, pero no; la elegimos porque tenía la boca como Candela y porque el remate ondulado de su media melena era exactamente como el de ella.

Debería haber imaginado algo así de Candela. Debería haberme extrañado que después de un año entrando en su casa, apenas conociera su cuerpo más allá de su cintura, que no supiera del sabor de sus labios, que nunca hubiera sentido sus manos acariciando tu nuca o tu pelo. Pero estaba enamorado, Arturo, estaba entontecido por su cara, por sus gestos. La miraba de reojo en la iglesia, entregada y con los dedos de ambas manos cruzados y blancos, y me parecía ser el novio de una santa. ¿Qué debe hacer el novio de una santa? me decía a veces. Y sonreía, tonto de mí. Sonreía como si tuviese un cometido más alto que el de amarla; como si, de repente, Dios me fuera a arrancar de tu carne, Arturo, para hacerme su ángel custodio, para velar sus sueños de santa y sólo ver su cuerpo furtivamente, por la noche en la alcoba. Quizás la granadina tuviera las tetas grandes, pero se parecía a Candela.

Por fin viene el conductor. Sé que quisieras decirle que cerrase las puertas, pero no lo hagas. Gracias Arturo. El frío quiere adueñarse del autobús, parapetarse entre los asientos y resistir contra el héroe guapo y rubio. Yo estoy con el frío, aunque te hiele los pies. Le animo para que se agarre con fuerza al escay, a los hierros de los asientos y aguante. La gente retiembla en el autobús medio vacío. Sienten el frío con desagrado, como a un ladrón que pretende robarles su inversión: las calorías del café con leche recién tomado. Cincuenta céntimos por café con leche. El frío se pasea por el pasillo del autobús desvalijando a los pasajeros. ¡Cierre ya! vocea uno. Otro bufido y la bestia se  lanza de nuevo a la carretera.

No podías hacerle el amor con tanto alcohol en el cuerpo, Arturo. La granadina quiso ser amable. No deberías haberle pegado cuando trató de quitarle importancia a tu gatillazo. Sólo te enervaste cuando la oíste gemir de dolor y la viste postrada en la cama, ofreciendo su grupa sin saberlo. Sólo en ese momento tu instinto se acopló a tu voluntad, como si romper o penetrar a la fuerza fuera la única salida posible a tu ira. No debiste hacerlo, Arturo, no debiste acometerla así, al abordaje, sujetando su cabeza con fuerza contra la almohada. Tenía las tetas grandes, sí, pero se parecía a Candela. Fui yo quien afrontó la vergüenza, quien buscó el calcetín perdido debajo de la cama, quien se reincorporó topándose con el rostro duro de la granadina. Fui yo quien sintió la bofetada seca en la mejilla, quien se limpió del rostro la baba escupida. Y fuiste tú quien arrojó sobre la cama profanada la sortija de Candela, la que habías comprado para pedirle que se casara conmigo. Diste por zanjando el asunto sin dar un resquicio a la esperanza. Crees que no la amas del mismo modo que yo, Arturo, pero te equivocas.

El frío se ha rendido al sol y al aliento del autobús. El cristal de la ventanilla, cuando me apoyo, es más amable. No sé de dónde me viene esta modorra.

Me he dormido. Tú has estado sentado y yo me he dormido, Arturo. El conductor dice que ya hemos llegado con una voz mecánica y fea que rompe el letargo del mundo. Ya estamos en Teruel y ahora haremos el trasbordo al coche correo que va al pueblo. Mira de reojo al conductor, Arturo. Hazlo ahora, a ver si tiene el libro de ojeras en la guantera, junto al volante. Me da rabia cuando no me haces caso, ¿qué te costaba?

Hace frío en la calle. Nunca has entendido mi querencia por el frío, Arturo. Tú eres una lagartija, necesitas del sol. Hasta te mueves como las lagartijas, observándolo todo, mirando en cada rincón, siempre pensando en cómo poder aprovechar  la oportunidad para hacer tal o cual cosa, para ganar dinero. Te ocultas del frío como si fuera una amante despechada dispuesta a dar escándalo en mitad de la calle. No sé por qué tienes esa aprensión, si el que siento soy yo. Pero aquí estamos, enseñando otro billete a otro conductor, metiéndonos en las entrañas de otra bestia antes de hora, como si tuvieras prisa por huir del frío y llegar al pueblo. Atrás, Arturo, siéntate atrás del todo. Yo también quiero llegar pronto. Quizás Candela no se haya ido a su convento de santa. Quizás se haya arrepentido y ya no piense en casarse con Dios. Acaso esté preocupada porque hace tres días que hemos marchado y nadie sabe de nosotros. No deberías haber arrojado el anillo sobre la cama de la granadina, Arturo. Aún hay esperanza.

Se mueve; me gusta pensar que es el mundo quien se mueve mientras yo lo miro a través de la ventanilla. Es la carretera la que se escurre bajo las ruedas, son las montañas las que galopan al fondo, huyendo del autobús. Como el cerdo en el corral: él está quieto  mientras el suelo gira a derechas y a izquierdas, adelante y atrás bajo sus pezuñas, sin orden ni concierto y el pobre animal no puede hacer otra cosa que sobrevivir, perplejo. Ya sé que a ti no te gusta jugar a eso. Tú prefieres los péndulos predecibles y perfectos.

Me costó convencerte de que no sacrificaras al animal, Arturo. Tuve que apelar al negocio, tuve que decirte que el cerdo podría ser un buen semental, que ganaríamos buenos duros con él. Odio esa actitud. Te avergüenza hacer las cosas porque sí. Tus decisiones están encaminadas hacia la utilidad, como si el obedecer al corazón fuera en contra de tu hombría. Me das un poco de pena porque en el fondo no eres así. Tú y yo somos en realidad el mismo, aunque te empeñes en negarlo, aunque creas que eres más fuerte, que puedes sobrevivir a Candela; no puedes.

Tras salir del burdel entramos en aquel bar, ya me acuerdo. Había dos hombres encallados en la barra. Estaban juntos pero no se miraban. Bebían por beber, y la vida les goteaba por los bordes de las chaquetas formando un charco a sus pies. La gente no ve esas cosas, Arturo, pero yo sí. Tenían la piel tan translúcida que apenas disimulaba sus calaveras debajo. Estaban muertos, Arturo, ya estaban muertos. Y al fondo viste aquel grupo de soldados. Se gritaban unos a otros y no dejaban de llenar sus vasos con la bebida transparente de una botella sin etiqueta. Qué distintos eran de los muertos de la barra, ¿verdad Arturo? Te noté, de repente, como con la puta granadina mientras te dirigías hacia ellos. Deberías contar conmigo cuando te pones así, Arturo. Somos dos, recuerda, y el que siente dolor y vergüenza soy yo. Los soldados se callaron y se quedaron mirándote, sin saber qué esperar de tu cara crispada, de tus puños cerrados. Luego, alguien nos cogió por detrás con fuerza y nos obligó a sentarnos. Y nos sirvieron de aquella botella sin etiqueta y volvió la algarabía, las canciones y los brindis. El soldado pelirrojo gesticulaba exageradamente y hablaba tonterías, como si fuera alemán, y luego decía lo de camarraden y ratatatatá, y todos se rían. Y poco a poco te fuiste relajando, Arturo, y la sonrisa volvió a tu rostro como si hubieras sido un lobo perdido mucho tiempo y por fin hubieras regresado a la manada. Cómo bebiste Arturo. Luego, aquel brigada con mostacho se puso a nuestro lado. Te decía cosas y tú farfullabas. Firmaste aquel documento sin pensar, sin esperanza. Yo no pude hacer nada. Gritaba pero no oías mi voz. Me sentía encerrado en una habitación acolchada. No debiste perder la esperanza, Arturo. No debiste arrojar el anillo de Candela sobre la cama de la puta granadina ni firmar aquel papel.

El ronroneo del motor me amodorra, Arturo. Estamos engullidos en las tripas de un monstruo de digestión lenta. Del parasol del conductor cuelga una imagen. Desde aquí es difícil decir quién es, quizás Santa Lucía. Se bambolea; Santa Lucía no sabe estar quieta, no sabe si estar aquí o allá. Candela tampoco lo sabe, a lo mejor. Quizás ha estado confusa durante todo el tiempo que no me ha dicho nada. Quizás decidió precipitadamente que se marchaba y a estas horas está arrepentida, pero a ti eso te importa menos. Dices que no la quieres como yo, y te esfuerzas en no pensar en Candela sino en la imagen de Santa Lucía, en cómo se mueve como un péndulo. Pues no es un péndulo, Arturo, se mueve caprichosamente, es esclava del monstruo y de la carretera. Si tomamos un bache y el autobús vacila, Santa Lucía para su vaivén y sube o baja o retiembla. No es un péndulo, es la vida cruel y con baches cuando uno menos se lo espera. El ronroneo me amodorra, Arturo.

Otro suspiro hondo de la bestia, otro salir de un duermevela. Baja, Arturo, estamos en el pueblo. Hora de comer y nadie por la calle. La campana del reloj de la plaza ha sonado dos veces. La campana del reloj se parece a un péndulo aunque no tenga vaivén. Es predecible, hace su trabajo cuando corresponde, aunque nadie esté esperando su toque. Ha debido llover, Arturo. Hay pequeñas cárcavas en la cuesta de Mateo, y huele a húmedo. Huele a húmedo y a calderos con carne de matanza cociendo.  El cerdo, Arturo, el cerdo. Huimos de Candela sin decir a madre que no sacrificara el cerdo. Date prisa.

No hay nadie en casa, pero madre ya ha colgado en la sala grande la vara de orear embutidos. No debimos tardar tanto, Arturo, no debimos entrar en aquel burdel, no debiste pegar a la puta granadina ni firmar aquel papel.

Madre no está y la casa huele a especias. Sólo hay fantasmas. Padre nos vigila desde el retrato del aparador. ¿No lo miras, Arturo? ¿Temes preguntarle si alguna vez sujetó con fuerza la cabeza de madre contra la almohada, si ella gimió de dolor en la alcoba? Hay dos sobres, Arturo; dos sobres en el aparador. Uno tiene la letra de Candela; para Arturo, dice. Me corta el aliento ese sobre blanco y pequeño. No se te ocurra abrirlo. ¿Qué puede significar esa carta, Arturo? Sólo ausencia. Candela ya no está. Candela se ha marchado y el sobre contiene palabras vanas, tinta amasada para entrar por mis ojos y extenderse por mi cerebro como un engrudo paralizante y mortal. No abras ese sobre, no se te ocurra. El telegrama sí, léelo si quieres. Lee que firmaste un contrato con el ejército, que debes presentarte en el centro de reclutamiento de Valencia, que la división azul te espera y que la patria se siente orgullosa de sus hijos, dispuestos a luchar contra el comunismo en la última frontera de Europa.

Las piernas te tiemblan. Siéntate un momento si quieres.

Sólo hay fantasmas en la casa, Arturo: tú, yo y acaso padre. Subimos con paso cansino la escalera de madera que da al último reducto del hogar. Es una ascensión al infierno, una paradoja que cruje a cada zancada. Huele a carne y a sebo en el granero. Mateo llegó con su juego de cuchillos cuando tenía que llegar. Mateo es preciso como un péndulo y el cerdo abierto en canal cuelga de una viga al fondo, frente a la ventana. El cuerpo violentado muestra las costillas blancas como si fueran las cuadernas de un barco naufragado y una mano invisible me estruja la garganta. ¿Estamos desolados, Arturo? No. Estar desolado es algo minúsculo, contingente. Hemos caído en el absoluto, de donde no se puede regresar. Estamos muertos, Arturo. Aun sin esperanza, tú sigues moviéndote como un autómata. Pero yo ya no tengo fuerzas y noto que se me van acabando las palabras. Empujas al cerdo y ves cómo el cuerpo se mueve a un lado y a otro. Te sientas frente él y lo miras oscilar como un péndulo. Nada se oye mientras el cuerpo cuelga, balanceándose frente a nosotros. Nada se oye, Arturo, excepto el lamento de la soga: ñic, ñac. Me siento aniquilado. Estoy a punto de esfumarme de tu conciencia, de dejar de compartir contigo los días que hasta aquí hemos vivido. Y sin embargo tú estás sereno mientras descuelgas al cerdo, Arturo, mientras rehaces el nudo corredizo de la soga. Acaso sea porque ya anticipas tu victoria sobre un mundo cruel; porque ya te sientes un péndulo predecible y perfecto oscilando en la viga del granero.

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