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Urquiza López, Javier – “Diminutos”



Este cuento ha sido publicado en la antología de ciencia ficción, fantasía y terror: Visiones 2014. Publicado con la autorización de su autor, Javier Urquiza López. 

Te veo sentado en la terraza de este bar, padre,  y siento pena. Siento que ya te has rendido, que has abandonado toda esperanza. Ahora, pensamientos casuales rondan constantemente tu cabeza. Ya no quieres entender, ya te has cansado de intentarlo. Sólo agradeces este sol que acaba de salir de su cuartel de invierno y te fijas en el cerco que la copa de cristal ha dejado sobre la mesa. Y ahí te quedas, alelado, mirando el círculo inconcluso como esperando no sé qué.

La copa está fría porque también lo está la cerveza, y cuando la coges en tu mano, padre, y cierras los ojos girado al sol, sientes una sensación agradable; sé que la sientes, cómo te conozco. El calor va del foco caliente al foco frío, de tus párpados a tu mano, y esa corriente te reconforta, estimula el resto de tu cuerpo ya anciano. Imagino que  por eso esbozas una sonrisa, padre, y alzas la copa hacia mí, en un brindis que no puedo corresponder. Yo no bebo cerveza, ya lo sabes. Y de repente, cualquier gesto amable se esfuma de tu cara. No quiero averiguar la razón. Sólo te diré que yo no tengo la culpa. Sí, ya sé que lo sabes.

Hay que beber cerveza, piensas, hay que beber mientras se pueda. Pues bebe, padre, no seré yo quien te quite ese placer. De todas formas, pon atención. No quiero ni pensar qué pasaría si rompieras esa copa. El pulso te tiembla un poco, y todos los objetos se han convertido en valiosos, por irremplazables. Ten cuidado, por lo que más quieras.

Deberías pensar que beber cerveza es un lujo que casi nadie puede permitirse. Deberías darte cuenta de que la gente te mira de reojo al pasar,  con gesto de mala leche, como si les estuvieras refregando por la cara tu privilegio. Ah, pero tú también lo sabes. Bien, padre, está bien darse cuenta de las cosas, sobretodo de las más sutiles. Pero debes tener cuidado en estos tiempos. Dicho así, parece como si la precaución fuera momentánea, mientras se arregla la situación. Y no, los dos sabemos que deberemos estar en guardia hasta el final ¿no es cierto?

Si padre, otra vez estás con esa historia, pero adelante. No me molesta que la repitas. Qué clase de hijo sería si te negara esa pequeña satisfacción.

¿De dónde han salido? Eso os preguntabais, eso se preguntaba el mundo entero hace medio siglo. Apenas tenías quince años cuando viste aquella fotografía. Una fotografía de Libia, de una cueva de Libia donde aparecía un ser menudo y furtivo; una figura con forma humana que iba cubierta con algo tosco que parecía tejido de trenza vegetal. Pudo haber sido una serpiente de verano más, pero luego atraparon uno de aquellos seres en el Valle del Congo. Y después fue un aluvión: en el Tirol, en el alto Egipto cerca de Sudán, en la Mendoza argentina.

Sí, padre, en aquellos tiempos había curiosidad, una curiosidad desbocada, no como ahora. Ahora sólo hay resentimiento; resentimiento y bicicletas. Entonces aún había coches, todavía os negabais a pensar en el mañana, a anticipar lo que claramente os esperaba a la vuelta de la esquina. Hoy, aquella tormenta que parecía que nunca iba a llegar ya se nos ha echado encima, y nos ha alcanzado a todos. No es que te reproche nada, padre. De hecho, no sé si tiene sentido que lo haga. Pero perdona, es tu historia

¿Y ahora qué?, te preguntas. Pues eso, ahora bicicletas; bicicletas para el ciudadano mortecino, bicicletas para el remate de una especie antigua. Ya sólo de tarde en tarde alcanzas a ver algún ciclomotor con pila de hidrógeno que todavía funciona.

No sé quién viene por la calle, padre, desde aquí no puedo verlo. Ah, un motorista montado en su pieza de museo. Sí, qué erguido va en su máquina, ahora lo veo. Bien advertido, padre, que tenga cuidado con su arrogancia. Los privilegios no se toleran bien por aquí.

Eso es, un trago a la salud del motorista. Pero un trago breve, la cerveza tiene que durar, con lo que cuesta. Durar es una palabra inofensiva en apariencia ¿no crees? El pan tierno dura un día, como un afeitado de barba. El ciclo lunar dura veintiocho días y el año trescientos sesenta y cinco; eso me enseñaste, padre. Son duraciones abarcables, rutinarias, sin mayor malicia. Pero esa palabra se vuelve letal, devastadora cuando se habla de una especie que ha durado cien mil años y que quizás no dure más. No quiero imaginar un día en que no haya más pan, ni un nuevo afeitado, ni tampoco más lunas o más años que el hombre pueda contemplar. Noto pena dentro de mí, padre. ¿Debería sentirla?

Perdona, mezclo mis pensamientos con tu historia y no te dejo seguir. Los diminutos, todo el mundo comenzó a llamar así a aquellos seres.

Una cosa como los diminutos puede suceder cada millón de años, por decir algo. Qué suerte para vuestra generación. Pensabais que os había tocado la lotería, o mejor aún. Ni platillos volantes ni misteriosas civilizaciones perdidas podían competir con aquello: seres de apenas un palmo, antropoides,  livianos. Criaturas de frente estrecha, de iris extenso, casi cubriendo todo el ojo. Hombres en miniatura, con una configuración celular aligerada, divididos entre sí en razas. Se movían vivaces, como a cámara rápida, y daban un poco de risa. ¿Qué más podía pedir un adolescente en aquella época?

Ya sé que son sólo recuerdos, padre, pero expuesto así parece que hables de animalillos o de mascotas, y no me gusta. Tienes razón, quizás lo creíste en principio, pero no es algo reprochable. A fin de cuentas, ¿qué sabíais entonces? Casi nada, es cierto. Pensabais que aquellos diminutos eran seres primarios, de inteligencia limitada. Qué gracia: la especie que ahora es vieja, seguía siendo ingenua; se negaba a ver lo que no le convenía.

Y la ciencia, esa que no te cae muy bien, hizo su estudio frío, aséptico. Se frotó las manos y comenzó con sus medidas y sus pesajes. Los sometió a toda clase de test de inteligencia. Esperó en vano a que muriera alguno de aquellos diminutos. La ciencia quería saber más, ansiaba averiguar la razón de su densidad imposible.

Estoy de acuerdo, padre. La ciencia llega y dice: tranquilos, si hay algo nuevo en el universo lo estudiamos, lo etiquetamos y sus propiedades quedan registradas en nuestros anales. No se nos cuela nada; nada excepto lo más importante.

¿Quieres brindar?, pues otro pequeño sorbo, padre. A la salud de la ciencia.

Súbete las solapas del abrigo. Esta calle está bien en verano, con este aire que corre, pero ahora…Padre, deja de mirar el cerco de la copa. Otra vez te has ido, otra vez te fijas, alelado, en cosas sin importancia. Ruuu, ruuu. Sí, como un serrucho; la solapa te roza la oreja como un serrucho, y tú oyes el sonido amplificado de la tela áspera moviéndose adelante y atrás.  ¿Pero por qué te reconcentras en ello?, ¿por qué en algo tan banal?

Sí, padre, puedo entender cómo te sientes, como el representante postrero de una raza, el cronista que debe dar testimonio. No te preocupes por ello. Si te sobrevivo lo anotaré todo, registraré cómo eran los sentidos del hombre, a qué cosas daban acceso. No te burles, a mí tampoco me gusta la ciencia pero es útil anotar las cosas.

La cerveza está rica, padre, claro que lo está. Y los huevos de la caja están en orden, no te preocupes. Hay cuatro, y el fondo bien mullido con paja. Abre la tapa y compruébalo si quieres. ¿Ves?

Sí, padre, eso decían de los diminutos en aquella época: que no hablaban, que sólo ocasionalmente se les oía algún sonido desagradable y agudo. Pero enseguida la ciencia sospechó que aquellos primeros seres tenían capacidades desconocidas para el hombre, que no precisaban dominar el aire para transmitir sonidos y comunicarse entre sí. Tenían una habilidad telepática o algo parecido. Aquello fue terrible para los diminutos. El hombre tiene miedo de aquello que es distinto, pero si encima el diferente es superior, más adaptado, con todas las cualidades para ser el nuevo dominador, entonces el hombre se vuelve taimado, dispuesto a mantener su hegemonía a cualquier precio. Y ahí debió comenzar el sentimiento de desconfianza, imagino. Porque aquellos primeros seres, además de hablar en silencio, quizás tenían otras habilidades que ni siquiera eran sospechadas.

Y la ciencia continuaba ensimismada con su objeto de estudio favorito mientras el mundo seguía adelante; o mejor, seguía hacia abajo. Muy bien visto, padre, hacia abajo.

A fuerza de ser franco, diré que os lo teníais merecido, padre. Porque el fin apocalíptico vaticinado décadas atrás se cumplía inexorablemente.

Y así, se fue agotando el petróleo, el hierro y el cobre. Fue en esa época cuando comenzaste a trabajar como chatarrero ¿no? Siempre dices que te iniciaste por casualidad, y no digo que no. Pero casi nunca las cosas pasan por puro azar, padre. Yo creo que tenías el instinto depredador necesario, que eras feroz en medio de la jungla en la que se estaba convirtiendo el mundo. Fue cuando  comenzaron a desaparecer las multinacionales y los mercados se apostaron tras fronteras cada vez más reducidas; fronteras armadas hasta los dientes. ¿Si estabas ya en la treintena? No lo sé, padre, yo ni siquiera había nacido.

Siempre dices que no fue mérito tuyo, que por casualidad llegaste al negocio y por casualidad te hiciste rico. Yo no lo creo así, ya te lo he dicho. Es sospechoso hacerse rico mientras el resto del mundo empobrece hasta la miseria. Pero no te enfades; si tu hijo no te puede decir las cosas ¿quién lo va a hacer? ¿De veras que nunca has sentido la necesidad de abrir el alma a alguien, de buscar un poco de compasión confesando tus pecados? De acuerdo, no tienes pecados que confesar.

De cualquier modo, fuiste testigo de cómo la gente pasaba hambre, de cómo perecía en los inviernos más duros. Ahora parece que ya no pasa eso, pero sólo lo parece. Todo el mundo es mayor, y los que van dejando sus cuerpos exangües por aquí y por allá, aparentan haber llegado al término natural de sus vidas, sin más. Esa ilusión, al menos, tranquiliza la conciencia, ¿no padre?

La gran hambruna; fue entonces cuando la animadversión hacia los diminutos comenzó a crecer. La gente decía que eran un signo nefando, padre, eso decía. En tu vida habías oído esa palabra. Apareció en la edición digital de un periódico: “NEFANDOS” se leía en primera plana, con legras negras enormes.

Pero tú siempre lo tuviste claro, padre: el hombre no era derrotado ni  por los diminutos ni por nadie, simplemente se moría. Me contabas, de niño, que el hombre es como el hierro: sale de la tierra, se desbasta, se perfecciona, acaba siendo algo brillante, incluso; irreductible como el acero. Pero al final, su tendencia es regresar a su estado natural. Se oxida, y cuando los eones pasan, vuelve al seno de la madre tierra para ser de nuevo lo que fue: nada o casi nada. Sí, padre, algo aprendiste siendo chatarrero.

Y aún recuerdo más cosas de mi infancia. Como las navidades en que te pedí aquel libro de verdad, con tapas duras y hojas de papel. Un lujo, sin duda, pero tú mismo decías que para algo se era rico. Yo quería ese libro a toda costa, pero tú remoloneabas. ¿Qué temías, padre?, ¿qué despertase en mí un repentino odio hacia tu especie?, ¿qué me revolviese contra ti? Ahora sí hubiera sabido cuáles eran tus temores, entonces no, tan sólo era un niño. Y con la ilusión de un niño y la dificultad de mi tamaño, leí aquel libro cuando por fin me lo compraste, padre. Hablaba sobre los diminutos. Había muchas fotos y mostraba cómo habían pasado de habitar en cuevas a formar asentamientos a cielo abierto en zonas inhóspitas. Luego, decía, habían iniciado tímidos acercamientos a lugares habitados por humanos. Intercambiaban minerales y pequeñas piezas orfebres por semillas y paños de tela. También contaba cómo comenzaron a llegar los primeros diminutos a las ciudades. Cómo estuvieron viviendo en los alcantarillados en un principio, hasta que fueron instalados en guetos especiales para ellos.

Nunca he podido olvidar aquella foto donde se veía una enorme rata con un diminuto, mutilado e inerte, colgando entre sus fauces. Ocupaba casi toda la página, y estaba impresa allí, sin ningún pudor. Lloré desconsoladamente aquel día, recuerdo. Veía aquella foto macabra y sentía una pena desgarradora, y yo no sabía cuál era mi lugar en el mundo ni por qué estaba contigo.

Ahora sé que me quieres, padre, pero ¿por qué me tomaste de donde quiera que fuera siendo niño?, ¿me veías como una mascota cara, una criatura exótica por la que valía la pena infligir la ley?

Ya sé que eso pertenece al pasado, padre, que lo que importa es que hoy nos tenemos el uno al otro, pero siento un vacío enorme tras de mí, una sima insondable a la que no quiero asomarme pero de la que no puedo huir. Es extraño, pero conforme transcurre el tiempo me obsesiono más con el pasado; con mi pasado, padre. Y cada vez me cuesta más permanecer siempre oculto a la vista de los otros hombres, andar metido en esta caja de un sitio para otro, entre huevos protegidos por un mullido de paja.

Perdona, padre. Sí, ya sé que esto no durará siempre, que las amenazas y los miedos no sobrevivirán al hombre, que desaparecerán con el tiempo.

Tiempo es ahora de atender tu cerveza. Miras al fondo de la copa y ves las pequeñas burbujas que todavía se forman abajo. Pero padre, no te vayas de nuevo. Noto cómo la consciencia se te oscurece, cómo te amodorras mirando el líquido amarillo sin pensar en nada, absolutamente en nada.  La mente tiene que bullir hasta el final, padre. Fíjate en las burbujas que pugnan por subir. Todo pugna en la creación ¿no te parece? Los diminutos pugnan por extenderse y proliferar, y el hombre pugna por resistir. Pugna, lucha; parece una fatalidad ineludible de todo lo físico. A veces pienso que no está del todo mal desaparecer de una vez y dejar esta ley estúpida campando a sus anchas sobre lo material.

Aquel libro hablaba de los diminutos, padre, pero nada decía de los hombres contemporáneos. Nada decía sobre el fracaso de la sementera humana, de las muchachas que alcanzaban la pubertad con matrices exhaustas, ni de los jóvenes, cuyo esperma se había desnaturalizado por completo. Sí, padre, la especie moría y sólo tomasteis plena conciencia de ello cuando visteis cómo los diminutos proliferaban.

Y la ciencia, esa que ni a ti ni a mí nos gusta, siguió con sus medidas y sus pesajes; siguió incluyendo en su catálogo cada cosa nueva que acontecía con una voracidad ridícula e inútil. Tranquilos, no se nos cuela nada, siempre la misma cantinela; nada menos lo más importante.

Nada se mueve en la calle, padre, ni siquiera se ven ratas ya. Me hubiera gustado creer que los diminutos se organizaron y decidieron exterminar a esas criaturas, que asaltaron sus nidos y masacraron en sus cubiles todas las crías ciegas y sin apenas pelo. ¿Qué te sorprende cuánto puede odiar un diminuto? No sé qué decirte. ¿Es que no podemos tener pasiones humanas? Pues yo las tengo, y odio con todo mi ser a esas bestias. No soy un ángel, ni creo que los diminutos en general lo sean. Seguimos sujetos a la materia, continuamos contaminados por ella. Puede que eso sea triste, padre, pero es lo que hay, y no sé qué más puedo decirte al respecto.

Sí, me gustaría creer que nosotros mismos vengamos la muerte de tantos diminutos devorados, pero sospecho que la verdad es otra, que las ratas ya no están porque identifican el barco que se hunde, la civilización que naufraga. Las ciudades humanas declinan, padre. Ya nada se construye, nada se mantiene. Total para qué. Dentro diez o veinte años no habrá nadie que circule por sus calles, aunque sea en bicicleta, ni será necesario mantener los columpios en los parques, ni la iluminación en las avenidas. Dentro de diez o veinte años no habrá cerveza que beber ni huevos frescos con que alimentarse. Sí, quizás sea esa la verdadera razón por la que ya no se ven ratas en las calles.

Ya lo sé, padre; ya sé que ese futuro es el tuyo y no el mío. Ya sé que quien debe estar más abatido eres tú; abatido por la sensación de fracaso. Es verdad que la gente tiene el semblante taciturno, que camina por las calles con ira agazapada en sus cuerpos; unos cuerpos desgastados y sin energía, por lo demás. Y debiera ser diferente, la especie debería desaparecer con dignidad; claro que sí, padre.  En cierta manera sois una generación privilegiada ¿no te parece? Así lo sentías cuando eras muchacho. Si lo piensas bien, sólo los que protagonizaron el nacimiento del hombre pertenecen a vuestra misma jerarquía. Ellos fueron los primeros y vosotros los últimos. Ellos vivieron el amanecer y vosotros estáis representando el ocaso. ¿Que ahora te parece un privilegio peregrino? Sí, quizás lo sea. Todo es extraño en estos tiempos.

Préstame atención, padre, y deja de ensimismarte con la copa. Sí, la gente anda resentida por la calle, pero no sé hasta qué punto es reprochable. Porque nadie ha explicado la verdad de lo que acontece. Ya; que tú no te explicas por qué tienes la garganta reseca si no hablas nada, sólo piensas, como los diminutos. Eso ha sido gracioso, padre, gracioso de verdad. Bebe, pues, no quiero atormentar tu garganta.

Sí, sientes el trago en la lengua, haciéndote cosquillas en las papilas; sientes la cerveza pasando por el gaznate, refrescándolo; y aún la sientes, ya cuanto apenas, llegando al estómago. Para ti es agradable tomar conciencia de las sensaciones, ya lo sé. A lo mejor notas que estás más cerca de la esencia profunda de las cosas. Yo no pienso igual. No me fío de la materia ni de los sentidos, padre. Los sentidos ancestrales acaban oscureciendo la conciencia profunda, la que importa; créeme.

Sí, padre, la gente no sabía ni sabe, ya quedó claro. Porque de lo contrario, quizás se hubieran evitado las masacres de África y la destrucción de asentamientos enteros. Quizás no hubieran quemado vivos a tantos diminutos en horrendas ceremonias, ni los hubieran devorado luego para conjurar Dios sabe qué.

Ojalá alguien hubiera explicado a la gente la verdad de lo que acontece. ¿Pero quién ha guardado silencio?, ¿la ciencia? La ciencia no hace otra cosa que aumentar nuestro vértigo. A cada velo que descubre, el abismo de nuestra ignorancia se ahonda. Ya lo sabes, padre: para ellos no hay presupuestos, pretenden construirlo todo pieza a pieza, sin plano maestro, sin darse cuenta de que una y otra vez caen en referencias circulares de las que no pueden salir. ¿Para qué han servido esos inútiles de la ciencia?

Pero el metafísico, al menos, debería haberse dado cuenta. El metafísico honesto, acostumbrado a desentrañar lo intangible, debería haber reparado en un detalle fundamental: la coincidencia de vuestro declive con la emergencia de una raza nueva; una raza más pequeña, más longeva, menos densa y más espiritual que la vuestra. Es el metafísico quien debería haber advertido que aquello no era una casualidad.

Pero no fue así. Nadie subió a la tribuna pública para decir que el advenimiento de los diminutos entraba en el orden natural de las cosas, que debíais sucumbir porque así estaba planeado desde el principio, que quienes tomaban vuestro relevo eran criaturas diferentes sólo en apariencia. Alguien debió decir que diminutos y hombres eran iguales: un poco de materia y un poco de espíritu unidos a la fuerza por la inteligencia, tan simple como eso. La forma es sólo circunstancial y la proporción de materia y espíritu una cuestión evolutiva.

Nadie dijo nada, padre. Y nadie con autoridad se atrevió a reclamar los mismos derechos para hombres y diminutos. Sólo unos pocos alzaron la voz, y al segundo fueron acusados de nefandos. Ésa es una palabra milagrosa, padre: abrevia causas, reduce procesos, concita la opinión del pueblo entero. Y así, de la noche a la mañana, el inocente aparece sentenciado con toda diligencia.

Y mientras, protegido en el hogar inexpugnable de un padre rico, se me rompía el corazón al ver las imágenes de aquellas multitudes diminutas confinadas en centros de concentración. Un pueblo entero tratado como si fueran terroristas o portaran un virus mortal.

¿Te enfadas, padre? Sí, entiendo que te enfades. Perdóname, a veces me comporto como un niño enrabietado. No se puede ser tan intransigente con un pueblo que se marchita. Tienes razón, padre, no lo sé. No sé cómo hubieran reaccionado los diminutos de ser los dominadores que se extinguen. Quizás igual, con desconfianza, incluso con odio. Quién sabe.

Lo cierto es que si hay malicia en el corazón del hombre, toda ella es inútil. Porque un día desaparecerá el último, y los diminutos verán cómo sus guardianes ya no acuden, cómo franquean las alambradas sin que nadie los detenga.

Gracias, padre, por tus deseos de buena suerte. Ojalá los diminutos administremos este mundo mejor que lo hizo el hombre. Ojalá no seamos necios cuando llegue nuestro tiempo y nos despidamos como Dios manda. Claro, padre, la resignación es una gran virtud, sobre todo cuando lo que se te viene encima es inevitable.

Sí, yo también lo oigo; oigo el chirrido de un pedaleo oxidado, padre. Y ahora alcanzo a vez al hombre anciano que se vence a un lado y al otro sobre la bicicleta. Quizás la muerte lo sorprenda así un día de estos, pedaleando todavía un trecho, aun cuando ya todo haya acabado para él. Sí, padre, ¿quién no aparenta ser un fantasma a estas alturas? Hasta las ratas parecen haberse dado cuenta.

Pero dejemos los pensamientos oscuros y démonos prisa. Definitivamente hace demasiado aire en esta calle y sólo queda un sorbo postrero. Si quieres ve dando una palmada vigorosa. La cerveza está por las nubes, ¿pero de qué le sirve a uno ser rico, si no?

¡Nada de la caja entera, padre! Qué sería de ti si yo no te administrara. Bien pagado se tendrá el camarero si le das dos de los cuatro huevos.

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