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Un árbol crece en Brooklyn – Betty Smith



Reseña realizada por Begoña Curiel.

Es un retrato de los pesares del estrato más humilde del Brooklyn de los años veinte a través de Francie, la hija mayor de una familia de inmigrantes, que como otros muchos, pasarán cada día como una existencia en miniatura. El supuesto sueño americano al que supuestamente todos aspiran quedará diluido entre las miserias de lo cotidiano, salvo por espíritus como el de la niña, que no está dispuesta a quedarse anclada en la pobreza a la que están condenadas tantas familias.

  Solo empecé a disfrutar de la lectura entendiendo la novela como el transcurrir de las jornadas donde alimentarse y sobrevivir con cierta dignidad era la meta. No esperen giros ni grandes acontecimientos en la trama porque el objetivo es la suma, el gota a gota de cada relato pequeño junto al añadido de historias complementarias como las protagonizadas por las tías de Francie (algunas disparatadas) junto al universo de su entorno más cercano.

  Este puzle construye la novela, con un desarrollo tan lento como ese árbol que la niña ve crecer desde la infancia. El ritmo se pierde, de hecho no se encuentra ya desde la primera parte. Y cuando se anima, es a pequeños trechos donde la acumulación de hechos y detalles cotidianos sabe a repetición. Palpita en el trasfondo el “toque Steinbeck” junto al “escenario más Dickens”, que se alternan entre crudeza y ternura en una pareja simbiótica continua.

  Betty Smith desgrana mientras tanto quién es Francie y los componentes de su familia. La niña destaca por su coraje sin estridencias, con una personalidad que aspira a ser algo más dentro de la condena de su realidad a diferencia por ejemplo de Katie, la madre. Mujer luchadora donde las haya y sin embargo resignada a la convivencia con un marido que se pierde en el alcohol y por otra parte, injusta por la clara preferencia por el hijo en detrimento de Francie.

  Aunque son muchos los momentos que cautivan, siento decir que el conjunto de la novela no lo ha conseguido. Son flashes agradables de forma puntual que no logran conectarse de forma acertada en su resultado global. A pesar de que el lenguaje es sencillo y la lectura carece de complejidad, pesa la lentitud, el detenimiento que la convierte en tediosa, donde empiezan pronto a sobrar párrafos y páginas...

  Pese a todo hay cosas importantes a valorar como es ese sueño o semisueño americano donde la educación gratuita llega a todos los rincones por muy humildes que sean. Otra cosa es que los tutores se vean obligados a decidir quiénes serán los beneficiados ante las necesidades de la caótica economía familiar.

  Las familias deberán hacer quinielas con los hijos, escoger quién será el o la afortunada. Que las aulas sean de acceso libre no significa que “se pueda”. Y en el caso de la familia Nolan es la madre quien lo tiene claro, dado que el marido no está ni se le espera para decidir sobre esta cuestión, como en la mayor parte de las prioritarias. Es sin duda, uno de los aspectos y debates que más me han gustado de la novela, como el papel predominante de la mujer. Sea para bien o para mal. Hay que tener en cuenta la época para valorar la introducción de este ingrediente por parte de la autora.

  “Un árbol crece en Brooklyn” es una lectura muy particular. De esos libros que probablemente no sean para todos los públicos. Hay lecturas que necesitan que el lector se sitúe en una posición determinada. De no ser así, puede resultar interminable. Pero haciendo justicia, es cierto que guarda y transmite una gran sensibilidad tras colarse entre almas protagonistas de una época y un lugar concretos.

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