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Trigo limpio – Juan Manuel Gil

Publicado el 22 de abril de 2021


Reseña realizada por Begoña Curiel.

Magnífica criatura literaria con buena historia y enorme calidad narrativa. Sorprende desde el comienzo: la carrera de un chico tras el balón en la pista del aeropuerto de Almería genera una madeja que me ha dejado pegada al sillón. Juan Manuel Gil construye magia y esto es cada vez menos habitual en los millones de páginas que se publican a diario. Conecta pasadizos entre la ficción y la realidad valiéndose de un escritor que indaga sobre su propia historia, porque una cosa es lo que sucedió y otra el relato que creamos de nuestras vivencias. Desconcierta con su fabuloso juego de confusiones que refuerza con inteligentes paladas de humor para una historia muy seria.

  De aplauso el arranque. Boquiabierta me quedé con el disfraz épico que reviste el sprint del chaval sobre el hormigón. El toque inaugural es prometedor. Algo difícil (ahora que las ínfulas del marketing barato venden lo más normalito con lo de «historia adictiva») pero nada comparado con el gran trabajo desarrollado para mantener en línea ascendente la tensión narrativa. Es ese tipo de viaje que promete fascinarte a largo plazo mientras gozas del paisaje por la ventanilla.  Porque, vaya cómo escribe este hombre.

  Cuando te pegas a las zancadas del chaval con los aplausos de fondo intuyes que la hazaña va más allá de la simple chiquillería en los años 90 del barrio almeriense de Alquián donde nos sitúa. Termina el corredor en las dependencias de la guardia civil y en la espera Juan Manuel Gil nos regala la fascinante conversación que mantendrá con Huáscar. Un portento de diálogo. Inteligente, cómico, a ratos rocambolesco y sumamente entretenido.

  El narrador de Trigo limpio es escritor, el adulto que protagonizó el “acto heroico”. Un email de Simón, antiguo amigo de correrías que desapareció sin explicaciones de aquel escenario, abre el melón que conecta pasado y presente. Le propone escribir de aquellas batallitas adolescentes y poco después, envía otro diciendo lo contrario. Craso error. No se le puede decir a un escritor que descarte una historia, sin más, porque enciendes el volcán. No se imaginan la que lía Juan Manuel Gil con esa lava: intriga, desconcierta, confunde y no puedes parar.

  Entre la búsqueda que ya no deja dormir al escritor sobre el pasado que compartió con Simón, el recuerdo de las aventuras y desventuras junto a los colegas (muero con sus apodos), el tal Huáscar que ya-no-sabemos-ni-quién-es, Juan Manuel Gil tiene que habérselo pasado de lo lindo.

  Supongo que durante el proceso de escritura habrá imaginado al lector cual juez de silla en cancha de tenis, girando el cuello con cara de despiste. Mi consejo: no pierdan detalle. Al pasar páginas preguntaba mentalmente a Juan Manuel Gil: «Pero a ver, ¿esto dónde va a parar?». Hasta que dejé de hacerlo. Me resultó más divertido aceptar su juego, relajarme para disfrutar de su propuesta narrativa.

  ¿Quién es realmente Simón? ¿Por qué desapareció de pronto del pueblo? ¿Y el tal Huáscar? ¿Qué tiene Juan Manuel Gil de su escritor protagonista? ¿Quién habla en realidad? El escritor hace que te pegues a su narrador para “buscar” con él y de paso, te lleva por esos pasadizos a los que eleva a la categoría de protagonistas.

  ¿Eso qué es, dirán? Pues tiene varios entre físicos e inmateriales. De ellos se vale para transitar –y que le acompañemos– por la aventura de mundos no tangibles. La potencia narrativa de estos túneles-pasadizos es brutal. Para rizar el rizo, adereza el recorrido con la magia también inmaterial de los libros. Así que conmigo, Juan Manuel Gil se ha ganado el cielo.

  Seguro que no se han enterado de nada. Habitualmente intento esbozar la sinopsis de mis lecturas. Pero créanme: es difícil o puede que no sea capaz. O que no quiera... Podría añadir otros detalles que ilustren mejor el contenido, pero lo maravilloso de Trigo limpio es descubrirla. Y no hay otra manera de conseguirlo: leyéndola.

  No obstante, también les digo. Que sea divertido, que lo es y mucho (me chifla su punto gamberro), no significa que su lectura sea un simple pasatiempo. Para nada. Una cosa es echar el rato y otra, aprovechar las horas que empleas con una lectura; vamos, que te sirva. Y esta novela resulta fructífera, nutre y llena.

 Personalmente me ha enamorado cómo transmite la esencia de quien ama escribir, de quien no puede evitar dejarse llevar por esa manía que amenaza con convertirse en obsesión. Incluso sin garantías (¿Y qué la tiene?) de que la historia perseguida se pueda explotar. Ni por asomo aspiraría a alcanzar la suela del zapato a este autor. Pero..., cuánto he disfrutado al identificarme con las paranoias de los atrapados por un hilo del que tirar y que no te deja hasta que sueltas sus letras que la cuentan.

  Otro aspecto cautivador de la novela: la relevancia de la voz narrativa como propietario del relato. Hay tantos como pensadores del mismo. Todos somos o deberíamos ser conscientes de esta certeza y sin embargo, cuánto le gusta al ser humano defender su verdad particular, atrincherarse en su versión de los hechos. Y por tanto, ¿qué cuál es la verdad?, ¿quién dice al otro que miente? La objetividad es un término manoseado en exceso y de ahí, el universo de los malentendidos. Pero..., qué fascinante para la literatura y por tanto para el lector, ¿verdad?

  Han pasado casi dos semanas desde que lo terminé y todavía me pregunto: «¿Cómo lo ha hecho?». «¿Dónde estaba este hombre antes?». Menos mal que a eso le pongo remedio lo antes posible. Nos decía Juan Manuel Gil en la entrevista que concedía a ELD que cuando queda fascinado con una obra, “sale a la caza del resto de libros” del escritor en cuestión. «Donde encuentro asombro, me quedo un tiempo a vivir y a imaginar», añadía. Está claro que haré lo mismo. Gracias por sorprenderme.

Puedes leer la entrevista publicada en nuestro blog pinchando en este enlace.

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