Treinta doblones de oro – Jesús Sánchez Adalid

Reseña realizada por Begoña Curiel.

El joven Cayetano entra a trabajar como contable de la familia del hidalgo Manuel de Paredes, un comerciante sevillano que tiene puestas las esperanzas de un negocio que no puede fallar. Como todos. El declive económico familiar coincide con el de la Sevilla de finales del siglo XVII, que se está viendo desplazada por Cádiz en su liderazgo en la entrada de mercancías de las colonias americanas.

Jesús Sánchez Adalid se apoya en este escenario histórico donde el presente y futuro están pintados de negro. Aunque las ínfulas familiares traten de evitar la realidad, esta les supera y con creces. Padecerán una auténtica carrera de obstáculos, que arrastra a Cayetano hacia un interminable viaje a Canarias y todo lo que vendrá después.

El amor por Fernanda –unida a la familia– llevará al joven a esta agotadora aventura donde las penas marcarán las constantes del día a día. Llegarán a convertirse en cautivos del sultán de Mequinez, Mulay Ismail y testigos finalmente de la curiosa historia de la talla del Cristo de Medinacelli desde la guarnición española de La Mamora, en el norte de Africa.

Son ingredientes variados basados en hechos históricos realmente interesantes como el mencionado de los cautivos, convertidos en esclavos hasta que se producía su rescate. Las calamidades que sufrirá Cayetano son de auténtico culebrón incluso antes de llegar el episodio del cautiverio. Perono es un personaje que haya disfrutado tanto como la base histórica de la novela.

Me ha gustado sumergirme en la época, descrita por cierto en la nota histórica que encontrarán al final de la novela. Las investigaciones coinciden según el autor en la definición del final del siglo XVII –con Carlos II a la cabeza, el último de los Austrias– como un período caótico, marcado por una grave crisis económica que afectará a la población. No solo al pueblo llano –como siempre– sino a los que cayeron desde estratos sociales más altos, como el caso de la familia que se convertirá en la de Cayetano.

Reconozco que depositaba pocas esperanzas en el protagonista desde el principio pero acabó cansándome su carácter pusilánime. Necesario por otra parte para que la historia navegue por los derroteros planteados por Sánchez Adalid. Página tras página –hasta que te acostumbras a la escasez de ánimo del pobre Cayetano– piensas «pero cómo este chico se mete en semejante berenjenal».

De tener que elegir un secundario me quedo con Doña Matilda. No porque la señora en cuestión resulte agradable sino porque representa el aire de quienes creen y quieren seguir siendo lo que fueron en el pasado. Vamos, “los venidos a menos” de toda la vida. Pero, como el quinario será para todos, la señora… hasta llegó a inspirarme cierta simpatía.

Sánchez Adalid aplica modos expresivos y términos de la época aunque se acercan bastante al léxico moderno. Por eso la lectura resulta cómoda. Muy llevadera.

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