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Emilio Gutiérrez Caba – El Invitado (espacio de entrevistas de Teatro de Guardia)

Publicado el 24 de septiembre de 2020


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Hoy Teatro de Guardia, abre sus puertas a Emilio Gutiérrez Caba. Un grande de la escena y eslabón de una extensa saga familiar que durante décadas, ha definido la historia del teatro español, del cine y de la televisión.

Más de trescientos personajes le han devuelto innumerables premios y reconocimientos, interminables aplausos y aforos llenos. Director y dramaturgo con alma de historiador que hará de encuentro, un viaje en el tiempo hasta el origen de una estirpe, que tras más de ciento cincuenta años… sigue colmando de raza y talento los escenarios.

Emilio Gutiérrez Caba, nació en Valladolid, un 26 de septiembre de 1942 durante una inevitable gira teatral. Creció entre los bastidores y bambalinas de una eminente dinastía de cómicos y cómicas, de la que representa con orgullo la cuarta generación. Bisnieto de Pascual Alba Sors, nieto de Irene Alba, sobrino-nieto de Leocadia Alba, hijo menor de Emilio Gutiérrez Esteban e Irene Caba Alba y sobrino de Julia Caba Alba. Sus dos hermanas Irene y Julia también predestinadas a la interpretación, pasaron el testigo al último eslabón de esta larga cadena: Su sobrina-nieta Irene Escolar, hija del galardonado cineasta José Luis Escolar.

Siendo apenas un adolescente, se adentra en el teatro en el Instituto San Isidro de Madrid, donde un maestro Antonio Ayora, le inculcó su amor por los clásicos. Trabajó como “Técnico de Revelado en color” en los Laboratorios Madrid Films pasando por sus manos, los que más tarde serían sus compañeros y compañeras de reparto. Su comienzo en la televisión irrumpe en los años sesenta, con el arranque de la segunda cadena y de la mano de Adolfo Marsillac, que le confiaría su primer papel en la pequeña pantalla, Fernández Punto y Coma.

Tras su debut en televisión, el gran realizador Amalio López, le ofrece sus primeros papeles en míticos programas como Primera Fila y Estudio 1 donde representa grandes obras de nuestro acervo cultural siendo en 1963, cuando se abren las puertas cinematográficas con la película “Como dos gotas de agua” de Luis César Amadori y finalmente dos años más tarde, llegan sus tres grandes protagonistas con “La Llamada” de Javier Setó, “9 Cartas a Berta” de Basilio Martín Patino y “La Caza” de Carlos Saura; títulos que por su poso y relevancia, se han convertido en patrimonio del cine español.

Una vida entregada a las tablas y a la interpretación, pero también a la palabra como dramaturgo y director de una maravillosa adaptación de Cervantes, “La amante Liberal”, con el título “Escrito en las estrellas” y como escritor de dos libros publicados, “Vinos de cine”, en 2002 y “El Tiempo Heredado”, en 2019; éste último dedicado a las mujeres y actrices de su familia, que le enseñaron a amar y a respetar este mundo y también el de los demás; respeto y talento que le han valido un sinfín de grandes personajes tanto en cine, como en teatro y televisión que ya supera los trescientos. Vidas de ficción, convertidas en innumerables premios y reconocimientos entre los que destacan dos Goya consecutivos por su papel en “La Comunidad” de Alex de la Iglesia en el 2000 y por “El cielo abierto” de Miguel Albadalejo, en 2001.

Hoy abrimos las puertas al actor, pero también al emotivo ser humano que vive entre sus muchos personajes y a quien ni el éxito ni los galardones le han hecho olvidar su identidad ni procedencia. Un álbum vital, en el que inalterables permanecen las imágenes de su vida: aquellas ventanillas de los trenes de vuelta a su tierra, los ensayos en familia, los sabores de su infancia en los dulces de La India, La Playa de la Concha… y la más valiosa sin duda; la memoria de los suyos, que intacta permanece en su recuerdo. 

Entrevista concedida a Carmen de Arriba Muñoz para ELD

24 de agosto, 2020

Don Emilio Gutiérrez Caba, bienvenido a Teatro de Guardia. Hoy el Libro Durmiente se viste de gala al tenerle como invitado, por ello y conjurando a Calderón, soñaré que no estamos al teléfono sino sobre las tablas del Infanta Isabel al que tanto le une, compartiendo un café mientras entre sorbo y sorbo… usted me cuenta una bonita historia sobre los Alba y los Abad, sobre los Gutiérrez y los Caba y finalmente los Escolar. Seis generaciones unidas por la sangre y el talento, convertidas por oficio y por derecho en la savia y la memoria del Teatro y el Cine español.

Le propongo que durante este café, emprendamos un viaje al pasado porque es allí, donde duerme el germen de una dinastía actoral que tras más de ciento cincuenta años, sigue pisando los escenarios. 

¿Quiere usted acompañarme y hacer de guía?

Pues con mucho gusto. No hay ningún problema.

Retrocedamos pues hasta 1843, año en el que nace en Navajas, Castellón, quien dio origen a esta saga familiar: don Pascual Alba Sors, su bisabuelo y el primero de este extenso linaje de cómicos y cómicas, que hicieron de este oficio un género en mayúsculas. ¿Me pregunto cómo acabó un linotipista convertido un buen día, en actor y referente del género chico?

Es un dato bastante impreciso, porque no hay documentación sobre lo que le llevó a ser cómico e incluso a escribir algunas comedias. En realidad, es una época muy brillante en Valencia de grupos artísticos, de compañías que se forman gremiales y seguramente, es en el gremio de linotipistas, donde él empieza a trabajar en algunas de las compañías y de ahí, pasa al teatro profesional, seguramente en Andalucía; pero como digo, son datos muy inexactos porque no hay documentación sobre eso; la familia la quemó o la destruyó en su momento. Aquí tenemos una gran costumbre de quemar cosas y ha quedado perdido completamente o está en el olvido en este momento pero vamos, de esa época, tengo algunos programas y los hay afortunadamente en hemerotecas y fundamentalmente en bibliotecas municipales.

En 1865 contrajo matrimonio con su bisabuela Irene Abad y llegan al mundo, los primeros eslabones de esta larga cadena teatral con Leocadia e  Irene Alba, quienes en 1894, dieron vida a la “Señá Rita” y a “Casta” en el estreno de la gran pieza “La verbena de la Paloma” en el Teatro Apolo de Madrid. Imagino que ser actrices en el siglo XIX siendo mujeres y cabezas de familia, no tuvo que ser tarea fácil. 

No. Estaba muy mal visto realmente y por eso creo que Don Pascual, iba mucho con ellas como padre protector, porque al haber fallecido su mujer -mi bisabuela- que era asmática y no podía viajar, era él el que se encargaba digamos, de ser un poco el protector y el vigilante de que a sus hijas no les pasara nada, porque estaba muy mal visto evidentemente ser actriz en aquella época. Hoy en día, todavía lo sigue siendo para según qué sectores sociales, pero en aquella época era prácticamente para la sociedad entera y eso, lastraba mucho el concepto de trabajo femenino porque casi todas las señoras que se dedicaban al teatro, al menos en la mentalidad de la época, eran casi todas ellas prostitutas. Entonces… bueno, que Dios les perdone porque yo no pienso, pero eso fue lo que ocurrió.

Su abuela Irene Alba se casa con Emilio Manuel Caba y tras unos años en Buenos Aires vuelven a España, donde al cabo de un tiempo Irene forma la Compañía “Alba-Bonafé” junto al actor Juan Bonafé. Ésta es una época gloriosa en la que se llevaban hasta ocho obras en cartel, pero cuando muere Irene y desaparece la figura central, todo cambia y 1930 y 31 se convierte en un calvario para su familia, debiendo deambular pòr cientos de lugares de España. 

Claro. La familia se diversifica o se ramifica en dos troncos; uno que es Leocadia, que es autónoma hasta su retirada en 1933 y mi abuela Irene Alba, que es la que realmente forma familia y tiene cinco hijos, tres de ellos nacidos en Buenos Aires -entre ellos mi madre- y es ella la que mantiene esa Compañía con “Alba-Bonafé” de una manera constante hasta 1929 y cuando se separan los dos -por motivos puramente personales-, es mi abuela la que carga con todo el peso que ya venía muy tocada de salud y había perdido a su hijo en 1925- y realmente enferma sobretodo del trabajo enorme que tenía encima y de las palizas que se habían pegado viajando y fallece en 1930, dejando a la familia bastante desamparada porque mi madre todavía no había tomado el relevo, mi abuelo ya estaba de retirada prácticamente y tía Julia tampoco tenía mucha brillantez en el momento, me refiero en cuanto al trabajo que le daban en la compañía de su propia madre. Cuando muere ella, se queda la familia muy corta, sobre todo de ingresos y hasta poco después, pero le dura muy poco la alegría.

Del 32 al 36 vuelve el esplendor y la estabilidad económica en la familia. Su madre Irene Caba Alba, ocupa un lugar destacado en el Teatro Lara y comienza incluso a hacer cine con un film que lleva por título: “El bailarín y el trabajador” de Luis Marquina en 1936, pero estas mieles duran poco, porque el 18 de julio del 36 cierran los teatros y no vuelven a abrir hasta marzo del 37. 

Sí, con algunas representaciones esporádicas y la apertura de algunos centros en Madrid, pero realmente hasta marzo del 37 no abren de una manera regular y ese período de 1931 o 32 hasta 1936, -esos cuatro años- se recupera un poco la economía familiar; mi madre se afinca en el Teatro Lara como característica casi sustituta de mi tía Leocadia que se había retirado y eso hace que la familia vaya muy bien, por lo menos económicamente, luego hace esas películas como “El bailarín y el trabajador” y otra que es muy famosa en la época “Madre Alegría”, en la que mi madre interpretaba un papel sobre una monja bastante quisquillosa que se llamaba “Sor Matraca” y ese período está muy bien. El 18 de julio eso se termina y todos sabemos lo que pasó.

Hemos hablado de su bisabuelo Pascual Alba y germen de esta estirpe, de su abuela y tía abuela  Irene y Locadia  Alba y finalmente de su madre que nos conduce hasta usted; nacido durante una gira teatral en Valladolid y no gracias al destino sino a un tozudo empresario del Infanta Isabel: Arturo Serrano, que desoyendo los ruegos de su madre ya embarazadísima, no le permitió regresar a Madrid y la mantuvo sobre las tablas hasta el último momento. 

Arturo Serrano aparte de ser tozudo era más cosas, pero bueno… (ríe) vamos a soslayarlas elegantemente pero sí, mi madre le pide en Barcelona abandonar la compañía porque ya estaba notando que iba a dar a luz de un momento a otro y no la deja, le ruega que prolongue un poco más la estancia en la compañía. Van a San Sebastián, también allí le pide por favor dejarla ir a Madrid y le dice: “Mire Irene, sólo queda Valladolid que es el último lugar y ya entramos en Madrid con la Compañía del Infanta Isabel” y mi madre accede por muchas razones, sobre todo las económicas y entonces, es allí cuando nazco un 26 de septiembre de 1942.

En la calle Platerías

Sí, en Platerías 11. (Ríe)

Valladolid es tierra de teatro o al menos, siempre ha tenido fama de saber apreciarlo y de tener un público comprometido. Una tierra con la que usted ha mantenido una relación muy estrecha a pesar de tener corazón castellano y leonés y donde no se cumple el refrán pues, allí sí ha sido profeta. Además, creo que de pequeño cuando volvían a Valladolid, iba asomado a la ventanilla del tren, porque su madre le decía que la Banda Municipal le recibiría en la estación de Campo Grande y años más tarde, sí lo hicieron en Medina del Campo.

Sí, efectivamente. Sabedores de esa anécdota en el Festival de Cine de Medina del Campo, sí estuvo la Banda Municipal en la Estación, osea que el deseo de mi madre se cumplió en parte. Mi madre me gastaba esa broma, me decía: “Como tú has nacido aquí, ahora te va a venir a recibir la Banda Municipal”. A mí me emocionaba mucho la Banda Municipal allí en la estación; me asomaba constantemente y cuando íbamos llegando a Valladolid, más que nunca, porque los trenes para mi fueron una pasión desde que era niño y nunca recibí ese homenaje de la Banda Municipal, al menos de niño. Luego en Medina del Campo, sí tuvieron esa gentileza. (Ríe)

Usted ha sido el menor de los tres hijos. Irene fue la primera y Julia la mediana. ¿Cómo fue crecer entre las bambalinas y los escenarios, entre los  ensayos y los aplausos?

Bueno, ha sido crecer de una manera diferente al resto de los niños. Ha sido crecer en una familia que estaba acostumbrada a salir al escenario con lo cual, aquello no tenía para ellos mayor trascendencia más que saber que era su “modus vivendi” y que el éxito o el fracaso, dependía mucho de que ganasen o no más dinero, si realmente continuaban trabajando. Es una infancia distinta pero no es una infancia infeliz, no. A mi me gusta mucho recordar aquellos viejos teatros y a las gentes entrañables que formaban parte de aquellas compañías. Había artistas y actores realmente extraordinarios como personas, que me trataban con muchísimo cariño y es una época que recuerdo muy bien.

Para mi había dos facetas, la de Madrid que era cuando yo iba al colegio y la de fuera de Madrid, que es cuando yo viajaba con mi familia por toda España y aprendía de geografía e incluso de sociología, mucho más que en un aula de un colegio porque naturalmente desde niño, recorrí toda la península de norte a sur y de este a oeste.

Hablando de su infancia, el cine norteamericano le ha acompañado siempre, de hecho creo que iban al cine dos o tres veces por semana donde un Stewart Granger con “Prisionero de Zenda o Scaramouche”, se convierten en sus ídolos de la gran pantalla pero, me gustaría que nos contara ¿qué le ocurría con “For Apache” de Jhon Ford? Porque creo que obligaba a sus hermanas a verla repetidamente. 

(Ríe) Sí bueno, a mi hermana Julia. Es que el final de “For Apache, no es un final en ese sentido para un niño de aquella época, en la que estábamos imbuidos en la idea de que los indios eran muy malos, por ello que Henry Fonda muriera en la película, no me gustaba como espectador infantil y tampoco que se salvara John Wayne, al que yo no recordaba más que en la matanza anterior que había del coronel, al que interpretaba Henry Fonda. Por eso les pedía volver a ver la película dos veces, -siempre se ponía en sesión doble- porque pensaba que el final en algún momento podía cambiar y entonces, los buenos entre comillas ganarían a los malos que eran los pobres indios. Luego al cabo de los años, me he dado cuenta que de haber algún bueno… eran los indios y los malos eran los otros, pero bueno… (ríe) de eso ya me di cuenta más tarde.

De Stewart Granger y del “Prisionero de Zenda y Scaramouche”, me gustaban sobretodo por los duelos maravillosos que había en esas dos películas, pero al cabo de los años he tenido que ponderar que en “Scaramouche”, está mucho mejor Mel Ferrer que Stewart Granger y en el “Prisionero de Zenda”, está mucho mejor -me refiero masculinamente- James Mason que Stwart Granger. Femeninamente, creo que en las dos películas hay unas actrices maravillosas y guapísimas.

En 1957 fallece su madre y su padre le dice: “O estudias ciencias o tienes que trabajar, de letras ni se habla”. Así es, como llega el primer trabajo en los laboratorios de cine Madrid Films como “Técnico de revelado en color”. Por sus manos pasaron títulos tan conocidos como “La Sonata” de Antonio Bardem; “Viridiana; María matrícula de Bilbao; 15 bajo la lona; El cerro de los locos…” y extranjeras, como “La mano izquierda de Dios”. Prácticamente, todo el cine de los años 58 y 59 que pasaba por Madrid Films. Allí conoció a muchas personas importantes del cine español. ¿Qué supuso esta experiencia en su vida?

Bueno, supuso una experiencia muy interesante. Fue la primera toma de contacto con el mundo laboral y tenía poco que ver con el colegio al que yo había ido y la vida más o menos fácil, que había tenido hasta el fallecimiento de mi madre. Allí doy de golpe frente a la pared del trabajo y frente al muro digamos, de las lamentaciones laborales. Ahí conozco a gentes muy interesantes en ese laboratorio; a María Luisa San José -que es mi compañera de laboratorio en otra sección- y a otra muchísima gente que para mí, marcaron mucho ese año y medio o dos años que estuve en Madrid Films, hasta que mi hermana Julia tuvo los suficientes medios económicos para decir: “Te voy a pagar el que sigas estudiando el Bachillerato, que lo acabes y que empieces a estudiar el preuniversitario” Es a ella, a la que le debo fundamentalmente lo poco o lo mucho en algunas cosas que sé. Poco en algunas y mucho en otras pero bueno, eso es.. la compensación de la vida. (ríe)

Resulta curioso Don Emilio que, a pesar de su amor por las letras, con este primer trabajo el destino ya le puso delante y en 35 mm, a los que después fueron sus compañeros de rodaje.

Sí, ahí conocí a muchísima gente a la que luego tuve el privilegio de tratar y el privilegio de conocer, desde Alberto Closas a Arturo Fernández, María Luisa Merlo… Había actrices y actores con los que luego tuve la suerte de trabajar. Agustín Navarro, que dirigió el “Cerro de los locos’‘ y que luego me dirigió a mí, en una película que se llamaba “El Misterioso Señor Van Eyck”. 

El encontrarme en aquellos laboratorios con el mundo del cine que yo conocía bastante -me refiero como espectador infantil-, me colocó en otra realidad y en otra suposición vital y eso para mí, fue un enorme regalo. Bien sabido es, que a partir del momento en que tienes la perspectiva de poder calibrar, en aquel momento para mí, era terrible en cierta medida no haber podido seguir estudiando letras en Bachillerato pero bueno, conocí esa parte de la vida… que luego, me ha servido por lo menos, para calibrarla con otras y darme cuenta de las dificultades que tenía.

Hablando de ese mecenazgo que tuvo con su hermana Julia, llegamos a su primer contacto con la interpretación en el “Instituto San Isidro” de Madrid, donde Antonio Ayora, un profesor que había sido actor y que había tenido contacto con Cipriano Rivas Cherif y Margarita Xirgú, dirige el aula de teatro. Allí conoció a Manuel Galiana, actor de la Compañía y toma contacto con las obras de Cervantes, de Lope, de Jardiel Poncela… ¿Fue este Instituto en cierto modo, el detonante que le impulsa a  dedicarse a la interpretación?

Bueno, en cierta medida sí. Me hizo ver el teatro de otra manera. El teatro lo había visto a través de mi familia en el Infanta Isabel’ y en la Compañía de Catalina Bárcena, que se dedicaban prácticamente a la “alta comedia” que se llamaba entonces, o la “comedia cómica” y no había tocado los textos clásicos. Cuando llego al Instituto de San Isidro a reanudar el Bachillerato, me encuentro con esos textos que nunca había trabajado como intérprete y ni siquiera como lector. Me encuentro con aquello y veo que el teatro tiene unas posibilidades de todo tipo maravillosas; eso es algo que me inculcan el Instituto de San Isidro y fundamentalmente Antonio Ayora, que era el director del aula de teatro del Instituto. Efectivamente, ahí conozco a gente como Manolo Galiana, como Manuel Collado, el que fue luego marido de María José Goyanes, que nos formó la primera compañía teatral.

La vida es un cúmulo de cosas. Nosotros en aquella época -digo nosotros, los hombres en aquella época en España-, teníamos que hacer primero el servicio militar y después, decidir lo que hacíamos; porque esa era una especie como de muralla o de frontera a partir de la cual, ya nos dedicamos a la vida que era trabajar y hasta que yo no lo termino, prácticamente es cuando no empiezo a hacer cosas. Las primeras que hago son con la compañía de Lili Murati en 1962 -cuando no había cumplido todavía veinte años-, ahí ya me dedico profesionalmente a hacer una o varias funciones con ella, hasta el mes de octubre del año 62, que abandono la compañía porque tengo que hacer el servicio militar y es durante el mismo,  cuando ya empiezo a hacer teatro y empiezo a hacer cine e incluso televisión. Osea que esas tres facetas, ocurren en mi vida cuando estoy empezando a hacer el servicio militar y cuando lo estoy terminando, ahí me incorporo a las tres ramas.

Me gusta que mencione esa etapa del servicio militar que creo, hizo en Aviación y después de la Instrucción en la Base Aérea de Getafe -hoy tan cambiada-, pasa a la calle Quintana en Madrid como Cabo Ordenanza y allí, de nuevo el destino pone en su camino a un aliado: un Cabo 1ª de apellido “Magariños” muy aficionado al teatro, que le facilitó su trabajo como actor mientras cumplía con el ejército. 

Sí. Manuel Magariños es un personaje del que si tuviéramos o pudiéramos  explicar la biografía de muchas gentes en este país, era una persona muy notable. Realmente era el que mandaba en la regional y en central y el que manejaba todo. Era una persona ya mayor, no sé exactamente los años que tendría porque cuando uno es joven todo el mundo le parece mayor, pero seguramente Manuel Magariños no tendría más allá de cuarenta y tantos años y le gustaba mucho el teatro y el cine y eso en alguna medida, facilitó que conociera naturalmente la labor de mi madre y de mi tia en el cine y me facilitara muchísimas cosas, pero no sólo a mi me las facilitaba, se las facilitaba a todo el mundo que estaba en la regional y en central. Era una persona muy generosa, sobre todo con los soldados, con la gente y con los cabos y era bastante más duro con los oficiales, a pesar de que era inferior en el grado. Era un hombre que cuidaba mucho a la gente más humilde que sin embargo, podía enfrentarse a los poderosos. Era un hombre muy valiente.

Y por fin irrumpe en los años sesenta en la tv con el arranque de la segunda cadena y de la mano de Adolfo Marsillac. Creo que fue él, quien conocedor de su interés por la interpretación a través de su hermana Julia, le ofrece el  papel de “Fernández Punto y Coma”. Un primer programa que hace nada más y nada menos, junto a María Esquerino y Agustín Gonzalez. Había que estar a la altura Don Emilio “sí o sí” de los grandes del momento.

Eran muy generosos los grandes del momento. Tanto María en el primer programa como Agustín en el segundo, se portaron conmigo de una manera maravillosa y nunca hicieron gala de ser los más importantes de la función -que lo eran- y me recibieron como a un compañero más y me ayudaron como a alguien que empezaba en la profesión. Es decir, me facilitaban muchísimo las cosas, era gente muy generosa. Y Adolfo pues sí, gracias a que le preguntó a mi hermana Julia: “Creo que tienes un hermano que quiere hacer teatro” -yo había hecho ya Peter Pan- y dijo, “Estoy haciendo una serie que es Fernández Punto y Coma, que venga a verme que seguramente le voy a dar el personaje de Fernández adolescente”. Y así lo hizo, me lo dio. Esa es la entrada por la puerta grande en televisión, con una serie de Adolfo Marsillac, que era todo un nombre y un prestigio y lo ha sido siempre en el teatro, en el cine y en la televisión española.

Tras este debut en televisión, se fija en usted Amalio López y le ofrece Estudio 1, Primera Fila de entonces, que en aquel momento se emitía en rigurosísimo directo, es decir, no había grabaciones, por lo que uno salía a escena cuando el regidor indicaba el último anuncio. Con sólo diez días de ensayo, salían durante una hora y media sin red y con la única ayuda de los veteranos, si uno se quedaba en blanco. 

Bueno, también estaban los técnicos que nos ayudaban muchísimo, los cámaras y los regidores de plató; todo el mundo ayudaba mucho cuando hacíamos un Estudio 1. Éramos un equipo que quería sacar adelante un programa y que cuando lo sacaba, tanto técnicos como actores nos sentíamos muy orgullosos de haberlo hecho. Es una época irrepetible, hoy en día no habría un parangón con esa época, es otra cosa lo que está pasando hoy en día y aquel momento, nos sirvió a toda mi generación para foguearnos en los mejores textos clásicos que había, porque hacíamos funciones de mucho prestigio.

Coincidimos en una época y en un lugar, donde tenían que ocurrir cosas y nos ocurrieron a nosotros. Seguramente unos años antes o unos años después, no habría sido lo mismo.  Eso pasa siempre en la vida, tiene uno que pasar por un sitio para que le ocurra una cosa y que esa cosa… pues funcione o no. Los años sesenta, son los grandes años del Estudio 1; de Primera Fila; del Teatro en la 2… y eso, es lo que hace que la televisión española, propiciada por una especie de apertura política e ideológica, llegue a todos los españoles y vean las mejores obras y en las mejores condiciones que se podían ver entonces.

En 1964 vino Prado del Rey, con una plantilla de grandes realizadores como Gregorio Zamora; Gustavo Pérez Puig; Marcos Reyes; Pedro Amalio López… Grandes conocedores del Teatro, de sus textos y de la capacidad de los intérpretes. Ahora sin embargo, los directores necesitan un jefe de casting que les proporcione y elija al elenco. ¿Cree que los directores estaban más en contacto con el teatro y con la escena y por lo tanto se tenía más clara su procedencia? 

Bueno, era otro aspecto de la realidad. La realidad a lo largo de los años y los tiempos, va variando. La realidad de entonces era aquella, y tenían un conocimiento distinto y otra vía distinta a la que podemos tener hoy en día o a la que tienen hoy en día. Hoy las cosas se han diversificado y al mismo tiempo, se han entontecido en alguna medida. Ahora delegan en los jefes de casting y lo peor no es eso, sino que los repartos se hacen a través de los seguidores que tienen en youtube o en las redes sociales. Así es, como se están haciendo ahora muchos repartos de televisión: Por el número de seguidores de las redes sociales. Yo creo que eso no aporta nada a la cultura en general ni al arte en general. Es mi forma de verlo pero claro, también es bien cierto que la cultura tal cual la entendíamos hasta ahora y hasta hace dos mil años, alomejor se acaba ahora con esta especie de cintas electrónicas de teletrabajo y de streaming y de una serie de inventos… que seguramente, varían el concepto de teatro -que ya no será teatro-, tendrán que bautizarlo de otra manera igual que cuando se hizo el cine, pues no era teatro filmado, sino que era cine.

En este momento, las cosas son diferentes pero en los años sesenta, sí que efectivamente había esa especie de conocimiento profundo porque la televisión, estaba controlada fundamentalmente por gentes de todo tipo; por músicos; por directores de teatro; por autores teatrales; por periodistas… y hoy en día, la televisión en general, está desde mi punto de vista constituída por dos grandes grupos; uno que son los informadores -la prensa, los periodistas-, que se han dedicado a hacer tertulias  y a hacer una serie de cosas y otra,  gente que hace concursos, el resto… pues son minucias televisivas que van recogiendo de antiguos programas y van incorporando también el cine de primera, del que se está haciendo ahora y que se ha hecho antes, pero no hay una televisión realmente potencial como la que podía haber en los años sesenta, en los que la creación o el tipo de intento de creación, existía en el espíritu de todos, de los músicos de los actores; de los técnicos; de los informadores. Había que hacer las cosas bien. Hoy en día las cosas se hacen para ganar dinero, para tener muchos más youtubers y para ser mucho más influyentes en las redes y eso naturalmente, no es bueno para un intérprete.

Podríamos decir que con la desaparición de estos espacios, también nosotros perdimos una cita puntual con la cultura.

Yo creo que en algún momento anterior a este sí. En el 2020 nefasto que estamos viviendo creo que hay un día, un punto, un instante en que eso se pierde, como se pierde la bondad de una ciudad cuando de pronto de un año a otro… cambia y no se sabe bien porqué deja de ser encantadora y pasa a ser odiosa, bueno… seguramente en este caso sí, hay un punto en el que se perdió esa posibilidad. Yo creo que ese punto estuvo a partir de 1977, a partir de la transición; cuando las cosas se pudieron tomar de otra manera, cuando la televisión pública tuvo que ser pública es decir, controlada y además con un contenido cultural e informativo que no ha tenido la televisión pública en España y haber dejado a las privadas todo tipo de concursos y de otras amenidades que sin embargo, también la pública lo asimiló y eso, naturalmente ha ido en contra de lo que es no sólo la cultura, sino de la formación de los individuos.

Solamente hay que ver la nómina de programas que se hacían en materia cultural, no digo yo que hoy se pudieran hacer del mismo formato pero sí en materia cultural que se hicieron desde 1965 hasta 1985 o 90 y lo que se está haciendo hoy en día. Ahí es donde están marcados realmente, los periodos en los que naturalmente la televisión cambia de contenido y también cambia de continente.

Usted ha sido siempre un apasionado por la lectura y aquí, también hay otra anécdota que protagoniza en este caso “la casera de cierta pensión”, que le obligaba a apagar la luz porque usted leía hasta las dos y media de la madrugada y gastaba electricidad; eso, por no hablar de la magnífica sopa que prometía junto a unos huevos estupendos… pero que a la hora de la verdad, ni lo uno ni lo otro; sólo pan y paté o sobrasada que usted mismo se compraba tras la función. ¡Qué tiempos tan difíciles Don Emilio!

(Ríe) Eso ocurrió en Zaragoza. Era una pensión muy humilde que estaba bastante  cerca del Teatro Principal de Zaragoza y la dueña de la pensión, era una mujer que tenía una economía muy limitada y el que un cliente llegase a la habitación, se desnudase, se pusiera el pijama y no apagara la luz, a ella le resultaba muy extraño. Por eso me rogó que no estuviera hasta tan tarde leyendo, porque gastaba demasiada luz. Eso sí es cierto y también es cierto lo de la sopa ésta… que nos daba como si fuera una maravilla y yo claro, con veinte años entonces, me daba una sopa bastante clara, no contundente y luego un par de huevos  con seis patatas fritas y una naranja y yo, no tenía suficiente reserva de grasa como para consumirlo. Eso creaba siempre curiosas anécdotas como el comprarme tubos de “La Piara” -porque entonces se empezaba a fabricar el fuagrás en tubo o la sobrasada- y hacerme bocadillos por la noche cuando llegaba otra vez a aquella pensión.

¿Qué géneros literarios prefiere? 

Yo me inclino mucho por el género de la historia. Me gusta mucho leer historia y también la poesía y las biografías. Son tres géneros que a mí me gusta mucho leer, también textos de cine; tengo muchos libros de cine naturalmente, pero es muy diverso lo que yo leo en general, incluso hay veces que estoy leyendo dos y tres libros al tiempo, no pierdo la continuidad del relato de ninguno de los tres, pero son de distinta materia.

Ayer estuve leyendo un libro sobre Rafael Ribelles que tenía aquí, llevaba tiempo y lo cogí ayer, venía de haber leído una cosa sobre la segunda guerra mundial; quiero decir que varía mucho el tema, pero novela por ejemplo de ficción, me resisto bastante a leer. Sobre todo porque últimamente, la ficción literaria no me interesa tanto como la del siglo XIX o XX, no me interesa tanto como Dostoyevski, como Balzac o como Tolstoi, como Benito Pérez Galdós que este año es el centenario o como Miguel Delibes, que también es el centenario. Esa prosa y esa narración, sí me interesaban más y me gustan más que lo que hoy en día se está escribiendo, con honrosas excepciones de excelentes escritores y escritoras también.

En efecto, es usted un apasionado de la Segunda Guerra Mundial y de su faceta como historiador, investigador y biógrafo hablaremos en breve, en relación a su libro “El tiempo heredado” pero volviendo a la lectura, ¿Usted no echa en falta en las librerías una sección bien visible de textos teatrales?

Bueno, eso lo habido hasta hace relativamente poco tiempo pero como no se vendían, ya no se publican prácticamente textos teatrales, ya no hay colecciones teatrales que las hubo, incluso hasta los años setenta prácticamente, más del setenta, hasta el setenta y cinco -creo que la colección “Teatro” se prolonga casi hasta mediados de los años setenta del siglo pasado- y hoy en día, se publican cosas muy escasamente pero sí, hace falta naturalmente esas colecciones y esos textos teatrales como hacen falta otras muchas cosas en las librerías; textos sobre música, sobre arte, sobre lo que parece que es absolutamente inútil y no lo es.

Cuando a la gente le preguntas ¿Qué has estado haciendo hoy? y dice: “He estado toda la tarde perdiendo el tiempo. He estado leyendo un libro”; ya están utilizando mal la importancia del libro; hombre depende del libro que leas, hay libros que es mejor no tocarlos porque te pueden dar urticaria pero hay otros, que yo creo que hay que leer. Hay de todo en la viña del señor; hay escritoras y escritores malísimos y hay otros que sin embargo hay que saber. Para eso hay que ser “exquisita o exquisito” entre comillas y saber qué es lo que tienes que leer o qué es lo que crees que debes leer, porque te interesa. En mi caso, hay libros que cuando los cojo, leo por encima las cinco primeras páginas y digo: “no van a nadar más allá” y efectivamente, no van más allá. Sin embargo, hay otros que entras en el libro y te llevan un poco y sin tú querer hasta el final, porque son apasionantes. Eso me ha pasado a mí por ejemplo, con una autor al que quiero mucho que es Albert Camus, cuando en “El Extranjero” empieza con una frase diciendo: “Mamá ha muerto…” Entonces, eso te lleva a continuar la lectura y yo continué la lectura del “El Extranjero”  con 20 años escasos y con una pasión enorme, que luego me llevó a “La Caída” o me llevó a “La Peste”. Son obras fundamentales en la literatura del siglo XX, porque Albert Camus es fundamental como literato del siglo XX.

Hablemos de sus grandes Maestros: Bódalo, Agustín González, José María Rodero, Fernando Fernán Gómez… Figuras imborrables para la historia del cine y el teatro español y de nuestra memoria. Usted ha trabajado codo con codo con los veteranos y veteranas de la escena en España. Se tenía muy clara la línea de jerarquía y se respetaba. ¿Cree que se mantiene viva en la actualidad?

No, eso ha desaparecido totalmente. Desapareció con aquella generación y la nuestra. Nosotros fuímos los últimos que mantuvimos una cierta línea de respeto jerárquico hacia esas personas, a todas las que has mencionado y a otras muchas más: Ángel Picazo, Rafael Ribelles… Entre hombres y mujeres, ni te cuento lo que había ahí, desde Mari Carrillo a Nuria Expert, a la que yo todavía reverencio como a una maestra y a la que  cuando tuteo, me cuesta incluso hoy en día, como a Fernando Fernán Gómez, que cuando me pidió que le tuteara casi se enfada porque yo no lo hacía y eso para él, era una ofensa porque era como no tener confianza en él.

Hoy en día, eso se ha perdido totalmente. No existe la jerarquía, incluso el otro día me comentaba un actor que da clases teatrales en Valencia, que la gente que va a los cursos de teatro no le interesa el teatro, no le interesa la interpretación, no le interesa realmente hablar mejor o hablar peor, saber más… saber menos, ser curioso o no; sino la posibilidad que tienen de acceder a la fama, de acceder a los programas que les den fama, que puedan salir en una isla desierta en pelotas. Ese es el tipo de cosas que ellos están buscando cuando van a un curso de teatro, no saben o no quieren saber lo qué es el teatro y naturalmente eso, es también es el demérito de las futuras generaciones de intérpretes.

En el teatro de entonces, se hacían incluso dos representaciones diarias: catorce a la semana; por lo que entre funciones, ensayos y en ocasiones suplicados, se pasaba más tiempo sobre el escenario que en casa, con la familia. Jornadas agotadoras, hasta que en 1971 Concha Velasco y Juan Diego consiguen el día de descanso de manera oficial. ¿Cree que ese sentido de unidad lo hemos perdido en el teatro actual?

En algunas cosas yo creo que sí, porque en el teatro actual nosotros nos vemos poquísimo. Apenas hacemos teatro, por ejemplo en este momento que es un período excepcional naturalmente de la historia, va a ocurrir históricamente que no hay teatro en España desde el 10 de marzo, lo hay de una manera  oficiosa, -un poco como en la guerra civil- pero no hay una continuidad teatral en una serie de locales y eso, no había ocurrido nunca desde épocas muy muy anteriores, incluso hasta del siglo XVII cuando fallecía alguna infanta.

Lo que está ocurriendo ahora y lo que va a ocurrir en el futuro, es algo que no sabemos, pero desde luego las líneas o los aspectos que vemos no son precisamente muy halagüeños en ese sentido, pero la verdad es que también pienso que lo que pase dentro de treinta años… me puede inquietar relativamente. Yo aquí no estaré dentro de treinta años y por lo tanto, serán los que estén entonces aquí, los que tengan que levantar o hundir del todo esto pero, uno ya no tendrá ni siquiera fuerzas desde donde esté,  para hacer un pequeño soplo sobre lo que quede aquí.

Además de un buen entrenamiento de la memoria para aprender esos enormes textos, sin quedarse en blanco sobre las tablas hay ocasiones, en las que toca salir a escena enfermos como en su caso; con una necrosis de cadera o una lesión importante en un hombro, eso por no hablar de las lesiones del alma que también están, como la pérdida de un ser querido o una ruptura sentimental ¿Cómo se afrontan estos golpes en escena sin abandonar? 

Bueno, yo creo que en los intérpretes hay un desdoblamiento de personalidad y aunque el personaje que está en escena somos nosotros y  evidentemente lo encarnamos, en cierta medida no somos nosotros, porque ni lo que dice el personaje es lo que nosotros decimos en nuestra vida, ni lo que hace el personaje es lo que nosotros hacemos habitualmente. Eso crea una especie de dualidad, que cuando sales a escena puedes si no olvidar… al menos, dejar un poco atrás en algunos casos, lo que te pasa en ese momento y centrarte en el personaje que estás haciendo. Eso es muy consolador y muy llevadero cuando te ha ocurrido una de esas enormes desgracias y la primera naturalmente, es el fallecimiento de alguien querido; esa es la más dura de todas. La segunda es la pérdida de un sentimiento y creo que eso es lo que más afecta, pero se puede llevar a cabo.

Hay actrices y actores que no han podido superarlo y hay que entenderlo, hay que comprenderlo igual que se comprende que lo superen. Tanto una cosa como la otra hay que comprenderla, hay que entenderla. Yo creo que el problema de los seres humanos, es que no entendemos a los demás; seguramente porque no nos entendemos a nosotros mismos pero, si nos entendemos a nosotros y entendemos a los demás, creo que las cosas de la vida serían mucho más fáciles y no tendríamos tantas ambiciones, tendríamos ambición de conocimiento en vez de ambición  material. Lo que nos pierde es la ambición material, lo que nos gana es la ambición de conocimiento pero la ambición material, es la que nos lleva a todos a la catástrofe.

Imagino que no hay un sólo público sino muchos y que varía según la geografía. Cádiz, también le demostró que en función de la meteorología hay un tipo de público distinto. ¿Puede percibir el actor el estado de ánimo de todos sus públicos?

Sí claro. Esa es una pregunta muy interesante. Ahora que estamos en esta época confusa, en la que no sabemos la definición futura de lo que va a ser el teatro, lo que el cine y la televisión está más claro porque es imagen y bueno, ahí puede haber una serie de variaciones, pero la definición de teatro es complicada, porque existe un elemento que no va a poder tenerse sin una presencia de espectadores y el teatro, es una presencia de espectadores.

El teatro se produce cuando hay un texto, unos actores y un público; un público que está allí, presenciando aquello en mayor o menor número, pero tiene que presenciarlo y entonces, es cuando se produce el hecho teatral, como cuando dicen que una paella tiene que llevar tantos ingredientes… ¿no? En cuanto no lleva esos ingredientes no es una paella, pues esto pasa igual con el teatro; si no tienes el ingrediente del público allí, viéndolo en directo, sentado en una butaca frente a ti, creando unas emociones que ellos sienten como espectadores y tú sientes como intérprete, no existe el teatro. Por lo tanto lo demás, será otra cosa y habrá que bautizarlo de otra manera. Eso sí, influye mucho el estado ánimo de los espectadores. El estado de ánimo de un público de un martes en teatro, no es el mismo que el de un sábado o el de un domingo y eso, naturalmente condiciona mínimamente o máximamente el momento de representación de ese día. Esto no puede ocurrir si no hay una presencia de espectadores.

Nosotros hemos hecho muchas veces televisión y nos ha salido bien o mal, pero no sabemos cómo lo reciben los espectadores. Ahora, cuando estás en un teatro y ves que la gente empieza a toser o a moverse en la butaca, dices “está pasando algo que no les interesa, no sé si lo que estoy diciendo o lo que estoy haciendo, pero algo no les gusta” y tú entonces, tratas de superar eso o irte por otro lado en algún momento y lo consigues a veces o no lo consigues en otras. Eso es el teatro y eso no se puede sustituir por nada, y que no se empeñen en venderme lo que es leche por agua, porque no lo voy a aceptar y nadie lo debe aceptar nunca.

El teatro que se hacía en televisión, era un producto que era teatro filmado pero no era teatro; eso no es el teatro, el teatro es la presencia de la gente allí, porque lo estás haciendo para ellos, para noventa personas que al día siguiente, seguramente lo harás de otra manera. Eso es el teatro.

Su debut en el cine llega con la película “Como dos gotas de agua” de Luis César Amadori en el año 63 y dos años más tarde, llegan por fin, los tres protagonistas seguidos en tres de las mejores películas del cine español: “La llamada de Javier Setó” convertida por la crítica en película de culto, “9 Cartas a Berta”, de Basilio Martín Patino y “La Caza”, de Carlos Saura que creo, también sufrió anecdóticamente los efectos de la censura o al menos en su título, pues se iba a llamar “La caza del conejo”.

(ríe) Sí, sí. Esa censura siempre pensando que había que salvar el alma de los españoles y eso del conejo… podría interpretarse como otro tipo de caza y entonces, se podía asociar con el órgano sexual femenino y había que eliminar esa posibilidad de mal pensamiento, pero nunca en el ánimo de Angelino Fons que era el guionista magnífico de la película, hubo esa intención y se quitó y se dejó como “La Caza”. A mí me gusta mucho más el título de “La Caza” que “La caza del conejo”, evidentemente.

A aquel regalo en su vida que supuso el año 65 y 66, le siguió un sinfín de personajes que entre cine, teatro y televisión ya superan los trescientos y por los que además, ha recibido innumerables premios y reconocimientos. Aunque sé que no podré mencionarlos todos, si usted me lo permite, ahí van sólo unos cuantos: 

Dos Goya consecutivos, el Ondas, el Fotogramas de Plata, el Ceres, el Sant Jordi, los Premios Max, La Medalla de Honor y el Premio Antonio Barbero otorgado por el Círculo de Escritores Cinematográficos, los de la Unión de Actores, el de la Academia de la Televisión Española, el ACE de Nueva York, el Premio Butaca,  El Premio Zapping; el del Festival de Cine Español de Málaga, el del Sindicato Nacional del Espectáculo, El Premio Nacional de Teatro Pepe Isbert, El Premio Turia, el Premio de Honor del Festival de Cine de la Ciudad de Alicante y también de Zaragoza, el de la Ciudad de Cazorla, el Faro de Plata, El Lorenzo Zuriaga del Festival de Teatro Clásico de Almagro… 

Don Emilio me quedo sin aire. Y así, sin contar todas las nominaciones podríamos nombrar un largo etcétera hasta no completar la lista, porque usted la mantiene abierta. ¿No siente un poco de vértigo al mirar hacia atrás y contemplar todo lo que ha conseguido?

Bueno, siente uno nostalgia más que vértigo. Siente uno añoranza del tiempo pasado, pero los premios son algo que uno agradece mucho, sobretodo algunos de ellos, porque te los dan de una manera muy especial y esos premios, también significan que otras gentes han estado contigo, han trabajado contigo y forman parte de ese premio que te dan a ti y aunque lo recibas tú, son esas gentes las que han hecho posible que ese premio lo tengas tú en la mano; hablo de los técnicos, hablo de los intérpretes, hablo de los guionistas, hablo de las gentes que naturalmente confían en uno y eso, tiene mucho que ver con los premios que te dan. Por lo tanto, en cierta medida, un premio es algo también como reconocimiento no de uno sólo, sino también de la gente que ha trabajado con uno.

Hemos hablado del regalo que supuso el año 65 y 66 pero el año 2000 y 2001, como he mencionado al elencar los premios “Goya” también lo fueron en su caso, pues recibió dos consecutivos; uno por “La Comunidad” de Álex de la Iglesia y el segundo por “El Cielo Abierto” de Miguel Albadalejo. ¿Cómo se entrena ante el calibre de estos premios, para recibirlos sin perder la esencia de ser quien es: Emilio Gutiérrez Caba? 

Yo creo que eso viene de la familia y que desde muy pequeño, he visto lo fugaz que es esto de la fama o del triunfo o del fracaso, lo fugaz que es y por lo tanto, lo relativamente importante que es en ese sentido. En el momento que lo recibes, los instantes en que lo recibes, dos días después de recibirlos te crees un poco el rey del mundo, el tercer día ya bajas otra vez a la tierra y creo que eso es lo primero que hay que tener en cuenta. Esto es muy fugaz, la vida es fugaz y nosotros dentro de la vida… pues mucho más fugaces.

Nuestras interpretaciones en teatro, nunca serán recordadas más que por los que nos vean, cuando ellos desaparezcan como nosotros, pues eso dejará de ser. En cine, todavía se podrán ver algunas como tú mencionabas: “La Caza” o “9 cartas a Berta” que fueron películas de los años sesenta y cinco, maravillosas y para mi con recuerdos imborrables, como lo fue por ejemplo “La Comunidad” en el 2000 o “El Cielo Abierto”, con dos papeles distintos y además, curiosamente con dos Goyas seguidos como actor secundario, que es una curiosidad que no se encuentra con facilidad; es decir, que hay muy pocos intérpretes que tengan dos Goya seguidos en ese sentido y a mi me gustan las anécdotas por eso, porque tienen ese punto de imprevisto. Cuando me encontré con dos Goya, me asusté bastante porque dije: ¿Y por qué me de seguido otro si acabo de recibir uno? Bueno, esas cosas siempre son divertidas y forman parte un poco del anecdotario sentimental que uno arrastra o por lo menos, lleva con cierta tranquilidad sobre los hombros.

Además de actor ha sido dramaturgo y director llevando a las tablas una maravillosa adaptación de Cervantes: “La amante Liberal”, con el título: “Escrito en las estrellas” ¿Qué supuso este reto como creador además de director?

Pues una sensación curiosa, porque se olvida uno un poco incluso hasta de lo que escribes. Yo cuando he escrito “El Tiempo Heredado” y ahora leo algunas cosas o me recuerdan algunas cosas de “El Tiempo Heredado”, digo ¿Y yo escribí eso? Y es verdad, lo escribí pero no me acuerdo mucho.

En el caso de “Escrito en las estrellas” que es una recreación de “La amante liberal”, tuve la gran suerte de que Salvador Collado tuviera a bien, reunir a una serie de magníficos profesionales, para hacer esta adaptación que yo había llevado a cabo de esa novela ejemplar de Cervantes, y creo que salió una obra muy interesante porque Cervantes era interesante, no por lo que yo hice.

Un año después ocurrió lo mismo, con motivo del Centenario de la Universidad de Salamanca con “La Cueva de Salamanca”. Yo no quería que se hubiera llamado “La Cueva de Salamanca” algo que realmente no era “La Cueva de Salamanca”, pero ahí tuvo que ver la intervención de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, cuya dirección dijo: “No, no. Tiene que ser con un título clásico porque sino, no podemos colocarla en este teatro”; cosa que me confirma un poco la falta de ductilidad que se tiene a veces y que no va a conducirnos a ninguna parte. Yo la había titulado de otra manera, porque eran tres obras en una y por lo tanto, no era sólo “La Cueva de Salamanca”, con lo cuál me podían recriminar y con razón, que no se puede llamar “La Cueva de Salamanca” lo que es sólo parte de “La Cueva de Salamanca”, original de Ruiz de Alarcón.

Las dos facetas como director y como adaptador, han sido muy interesantes en cuanto a ponerme en la piel de otro; a ver lo que siente desde fuera cuando uno está en el escenario y viceversa; cuando uno está abajo y los otros arriba y creo que en ese sentido, me he llevado muy bien con los dos repartos que hicieron las dos obras y con Salvador Collado. Me ha gustado mucho esa experiencia y sobre todo, me ha enriquecido mucho digamos que como persona, como alguien que ve las cosas desde otro punto de vista.

“Frágiles, menudas, intangibles, expuestas a la crítica del tiempo. Son las mujeres de mi familia. Todas actrices, todas conocidas, respetadas y queridas en su tiempo”.

Así habla Emilio Gutiérrez Caba, de las mujeres que únen sus raíces en su “El Tiempo Heredado”, quizá el más personal y cercano al corazón y a este oficio, que acompaña a seis generaciones de esta saga familiar que ya tiene su relevo: Irene Escolar. Ella es presente, pero también futuro y continuidad. 

Más de 40 años recopilando datos para reconstruir la historia de su vida y de aquellos que han quedado atrás. ¡Un esfuerzo tan titánico Don Emilio! 

Bueno, yo empecé con la recuperación de datos de la familia que no había porque, como dije al principio, aquí tenemos la costumbre de quemar cartas y de quemar cosas que luego, nos dejan absolutamente con unos vacíos irrecuperables. Yo he recuperado bastantes cosas de la familia que no sabíamos y casi el ochenta por ciento de todas las giras y eso llevó mucho tiempo, llevó cuarenta años.

Cuando Francisco Rico -que es un eminente académico y además un magnífico amigo-, me llamó un día y me dijo: “Tú tienes que escribir algo sobre la familia, porque te he visto en un programa de televisión y eso no puedes dejar de hacerlo”, me planteé la idea de hacerlo y dije:“Quién mejor que las mujeres, para recibir el homenaje de un actor como yo ¿no? Uno de sus parientes” y entonces lo hice en ese sentido y con ese objetivo; sobre todo el de potenciar y dejar claro que eran las mujeres, las que habían salvado entre comillas a la familia en muchos aspectos; en el aspecto económico, en el aspecto familiar, en el aspecto humano. Por eso escribí ese libro y por eso se lo dediqué a ellas, porque realmente son las que valen en la familia. Los hombres tuvieron mucho papel y muy importante pero, las que realmente valían más aún que ellos, eran ellas y había que dedicarles ese libro.

Tengo entendido que durante el confinamiento, invirtió su tardes en leer… escribir… y escuchar música, pero también en revisar las postulaciones de cientos de estudiantes a los Premios Buero de Teatro Joven, patrocinado por Coca-Cola y que se celebró el pasado 3 de julio. No es la primera vez que forma parte del jurado, lo que demuestra en cierto modo que hay ganas de hacer teatro.

Sí, los grupos juveniles tienen muchas ganas de hacer teatro y a mi me parece muy bien. Es decir, el que quieran hacer teatro como el que quieran interpretar música, bailar ballet clásico o ballet moderno, a mi me parece encomiable y digno de todo elogio. Otra cosa muy distinta, es el fin para el que se lleve a cabo, porque hay gente que hace teatro juvenil y luego se dedica a entrar en una escuela para ser famosos y eso tampoco es así, pero también hay una sabiduría especial y hay gente joven que lo hace muy bien y creo que es estupendo que lo hagan, porque formativamente está muy bien y además, es utilizar un tiempo que dejas de utilizar en ordenadores y en otra serie de cosas que no te aportan nada. Por lo tanto, a mi me gusta mucho que dediquen ese tiempo al teatro y sí, hay gente con mucho talento y sobre todo hay textos que escriben ellos solos o escriben colectivamente, que son realmente interesantes. Muy interesantes y muy bien planteados.

¿Cree que con esta dura prueba que se nos presenta en el momento actual y con estas circunstancias, seremos capaces de reinventar la cultura y con ella… las artes, el teatro? 

Es una buena pregunta. No lo sé. La verdad es que estamos todos y digo, cuando hablo con algunas compañeras y compañeros, estamos todos muy desconcertados. Sobre todo esta pandemia lo que nos ha producido a muchos de nosotros, es una enorme desconfianza; un enorme desengaño ante las posturas de la humanidad; ante la búsqueda de una vacuna para potenciar algo, que seguramente hay que acabar con ello de otra manera. Creo que se están cometiendo gravísimos errores, no solo de conflictos sino incluso de planteamientos, pero eso se verá con los años y con la historia.

De todas maneras, lo que tenemos ahora no es bueno para nadie y los que no hacen nada por detenerla -que somos nosotros mismos a veces-, estamos haciendo un flaco servicio a las futuras generaciones e incluso a nosotros mismos. Con la cultura no sabemos lo que va a pasar. Yo de momento ahora en septiembre, voy a hacer unos recitales de Miguel Delibes en Valladolid, pero no sabemos si se van a poder llevar a cabo, porque si las cosas siguen empeorando, a lo mejor volvemos a estar parcialmente confinados o se clausuran otra vez los espectáculos escasísimos que hay y no sé si eso está bien; yo creo que está mal, pero bueno, dejemos a ver qué pasa.

¿Cree que de esta lucha saldremos más comprometidos con la Sanidad y de consecuencia menos materialistas y  más humanos? 

No lo creo. Francamente no creo que hayamos cambiado las costumbres. En estos días de reflexión que hemos tenido largos, no hemos cambiado absolutamente nada. Todo sigue funcionando igual de caótico o más que antes, bueno más caótico que antes, por supuesto; sólo hay que ver que se habla de unas normalidades que no existen.

La gente se ha ido de vacaciones, pero… ¿Por qué se han ido de vacaciones si han estado dos meses de vacaciones o tres? ¿Por qué hay determinadas profesiones que no han vuelto a su trabajo, como sobre todo en la Administración Pública cuando estábamos en un Estado de Emergencia? La responsabilidad moral que tienen de haber hecho eso, yo creo que es grave y debe pesar sobre todos nosotros. No debieron nunca abandonar sus puestos de trabajo para irse de vacaciones. Deberían haber estado trabajando todos los que en alguna medida, no han estado trabajando desde el 10 de marzo.

Debieron cubrir una serie de puestos y una serie de cosas, que hace que todo esté muy retrasado en la toma de decisiones, en la apertura del curso escolar, en los pagos de los Ertes; en una serie de cosas que naturalmente están ahí pendientes por falta de personal, tanto médico como administrativo y resulta que no se ha cubierto. La gente se ha ido a veranear, muchos de ellos que no habían trabajado desde el 10 de marzo y que no habían hecho nada y sin embargo, se van a veranear. Yo creo que hay que ser mucho más responsables y pensar que estábamos en un Estado de Emergencia y que en vez de irse a tomar cerveza al Mediterráneo, lo que hay que hacer es quedarse tomando agua en casa o agua en un sitio de trabajo. Eso es lo que deberían haber hecho.

Quizá que bien nos vendría un apuntador; ese tal Cuesta, que nos recordara que desde el 14 de marzo, hemos vivido un confinamiento… los aplausos en balcones y ventanas… la pérdida de muchas vidas… la lucha de sanitarios y colectivos dedicados a nuestra seguridad y a nuestro  abastecimiento y finalmente, a una desescalada con destino a esta nueva realidad de la que como muy bien dice usted, no estamos siendo lo suficientemente conscientes ni responsables. 

No, efectivamente. A mí me parece que en eso estamos dando una prueba a Europa de lo irresponsables que somos, porque las discotecas abiertas, el ocio nocturno que sólo es un uno por ciento del PIB. Yo comprendo la desesperación de la gente de las discotecas y del ocio nocturno, pero en el país hay otros valores que salvar, y tienen que saberlo, igual que yo sé que la cultura no es lo más importante que hay que salvar en el país. En el país hay que salvar fundamentalmente la salud de los ciudadanos y el derecho al trabajo de todos, pero no la cultura sólo y sería muy egoísta si dijese que la cultura es lo más importante. No, es una de las partes seguramente más secundarias en alguna medida, pero que hay que seguir trabajando de otra manera y eso nadie lo pone en duda.

Por último e intentando teñir un poco este panorama, por no decir negro… grisáceo; me gustaría hacerle tres preguntas muy rápidas: 

¿Qué textos nos recomendaría para iniciarnos como lectores en el teatro?

Pues hay unas muy bonitas. Hay una que se llama “Casa de Muñecas” de Henrik Ibsen, que es una obra realmente maravillosa; hay otra que se llama “La Muerte de Danton” de Georg Büchner, que es una obra espléndida y hay otra que a mi me encanta y es “El castigo sin venganza” de Lope de Vega. Esas tres obras, -una en el teatro lírico o digamos, de verso en escena o verso dramático que es la de Lope y las otras dos, de dos genios del teatro- yo creo que debería servirnos como ejemplo, para empezar en una carrera apasionante que es el conocimiento de eso… que se llama teatro.

Si pudiera nacer de nuevo, volvería Emilio Gutiérrez Caba a ser actor?

No. Yo sería vicetiple seguramente de revista. A mí me gusta mucho más haber salido a cantar y a bailar que ser actor. (Ríe) Continuaría dedicándome  al teatro pero a otra rama del teatro. Yo admiro mucho a las vicetiples, yo sería vicetiple en ese caso, pero bueno; siempre he dicho que a mí me hubiera gustado hacer Ofelia en vez de hacer Hamlet y también me hubiera gustado hacer Julieta en vez de Romeo, pero son bromas que nosotros nos gastamos a nosotros mismos. (Ríe)

¿Y se tomaría de nuevo este café?

Me tomaría este café y dos más si es preciso y si hay que hablar de otras cosas que no sea de uno, porque hablar de uno, a veces es un poco tedioso ¿no?. Hablaría también de los demás, hablaría de lo que me rodea. A mi me gusta escribir y me gusta escribir de los demás, ¿por qué? Porque los demás son un poco el espejo en el que me miro y a lo mejor aprendo algo, si reflexiono sobre lo que hacen los demás.

Pues si yo tuviera que volver a nacer, elegiría ser un hada madrina o un genio de la lámpara y le concedería un deseo, que tendrá usted muchos… pero yo sé que hay uno muy especial y es el de adquirir el teatro de sus sueños… “ El Infanta Isabel”

Eso estaría estupendo si nos tocase los Euromillones en algún momento de estos. Estaría estupendo poder llegar a tramitar la venta del “Infanta Isabel” pero me temo yo, que no van por ahí los tiros ni el camino. (Ríe)

Por mi parte y a pesar de haber bebido lentamente este café, acabé mi último sorbo. Menos mal, que sin usted darse cuenta dejó en mi taza el mejor de los posos; su tiempo, su arte y su humanidad. Deje que le despida dando las gracias a quienes usted las dio un día; a las cómicas y cómicos de su familia que le enseñaron a amar y a respetar esta profesión y la de los demás, haciendo posible que hoy sobre El Infanta Isabel, hayamos coincidido usted y yo.  Recuerde que en “El Libro Durmiente”, aquí en Alicante, deja usted su casa. 

Gracias por todo Maestro.

 

Muchas gracias a ti por tus palabras y un grandísimo abrazo.

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COPENHAGUE, Michael Frayn

Imagen de archivo tomada durante la representación de una de las piezas más premiadas de los últimos años, dirigida en esta ocasión por Claudio Tolcachir y a la que dan vida Emilio Gutiérrez Caba, Carlos Hipólito y Malena Gutiérrez.

Una ficción de paladar exquisito, que traslada a las tablas el encuentro real que durante la ocupación nazi de Copenhague, mantuvieron el científico danés Niels Bohr y su ex alumno alemán Werner Heisenberg, representante del estamento nazi. Dos gigantes de la ciencia convertidos en enemigos, por la situación bélica de sus dos países durante la Segunda Guerra Mundial, que como maestro y discípulo, se enfrentan al problema ético del uso de los avances en la física para el desarrollo de armamento nuclear.

Espero muy pronto

Su vuelta a los escenarios

Pueden escuchar la entrevista pinchando este enlace.

- Avda. General Marvá, 16 - 03004 Alicante - 965 212 241
- De lunes a viernes de 18:00 a 22:00 horas
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