Montera, Rodrigo Alberto – “Cadáveres anónimos”

Para ahorrarse las balas simplemente nos van a pasar un camión encima.

La celda tiene una rendija en la pared que da a la calle, y por ella se desliza la luz de un farol, lo que nos permite vernos entre nosotros. Somos tres, y aunque no hablamos el mismo idioma, nos hermana la muerte. No sé por qué nos dijeron lo del camión, hubiera preferido enterarme momentos antes y no con una noche de antelación. Seguro que mis compañeros piensan lo mismo. Uno de ellos no para de murmurar plegarias y el otro tiene un lago amarillento debajo de las piernas.

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Montera Rodrigo, Alberto – “Biografía de un personaje”

Sus padres eligieron un nombre sencillo, corto, más bien común: Juan. Y eso fue lo único que recibió de ellos, ni siquiera un abrazo o un apellido de juguete, sus padres lo abandonaron en una casacalleesquinaboteviejoconunanotamalescrita (llevaban prisa): se yama Juan que dios o su pinche madre nos perdone… lo recogieron unos brazos anónimos, le tendieron una cuna de periódicos, le dieron a beber basura de leche y lo vistieron para que ocultara el pito y sus otros pecaditos y cuando aprendió a escupir palabras, a tejer preguntas, lo primero que hizo fue preguntarse ¿Juan qué? Juan Nada, le respondieron otros Nadas que lo vieron desenrollarse sin cariño y sin esfuerzo.

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Montera Rodrigo, Alberto – “El abrazo de Rubén”

– Hace muchos nombres que no nos vemos.

Eso dice. Nombres. Antes de que termináramos la relación comenzó a decir cosas así, como que hacía mucho que no me cepillaba las heridas o que de vez en cuando no nos vendría mal tomarnos una copa de tino.

La verdad no sé hace cuántos nombres no lo veo. Él me llamó para saber si estaba con alguien, le dije que no y supuse que él tampoco y que por eso me había buscado. Después propuso vernos, y aquí estamos, en un café que ninguno de los dos conocemos. En una zona sin recuerdos.

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