Martínez, Domingo Alberto – “All Saints’ day prison blues”

Dicen que los viejos rockeros nunca mueren, pero tú, colega, te pasaste de la raya. Abres los ojos despacio, como si despertaras de un sueño muy profundo, y te descubres flotando en medio de la nada. A tu alrededor, cúmulos de nubes blancas, rosadas, algodonosas, iridiscentes, entre las que se filtran los rayos del sol. El espectáculo es más empalagoso que una canción de El mago de Oz –la película, no la banda de folk metal–. Tienes que reconocerlo. Dada la vida que has llevado, esperabas algo, digamos, más caluroso.

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Martínez, Domingo Alberto – “A la atención de Acrisio, rey de Argos”

Lunes, 3 de abril.

Tiempos heroicos.

Muy señor mío.

Por la presente, me es muy grato comunicarle que su hija, la princesa Dánae, espléndida como una perla, se encuentra en estado de buena esperanza. Cómo ha ocurrido, estando ella encerrada en una torre de bronce al cuidado de una anciana virtuosa –y por más señas, sorda como una tapia– es algo que aedos y escultores de los siglos venideros se encargarán de resolver al calor de sus fantasías.

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Martínez, Domingo Alberto – “Oh, Suzie Q”

Repartían las pastillas como quien reparte caramelos a la puerta de un colegio; a cada cual la que le correspondía «según rigurosa prescripción médica», se excusaban las cuidadoras. Un Noctamid por aquí, un diazepam por allá, un Orfidal al siguiente, a la otra tres comprimidos de 10 mg.

Venga, venga, Asunción, que no se diga. Hoy va a dormir, ¡cómo va a dormir hoy!, ¿eh?, como la niña del cuento, ¿se acuerda?, la que se convierte en maripos… ¡aúpa!, ¡adentro las tres! Y ahora un vasito de… así, así, sin prisa, no se nos vaya a atragantar. Y ahora venga a la cama –fingiendo un bostezo y estirando los brazos–, a soñar con los angelitos.

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