Silva, Lorenzo – Entrevista

Madrileño de un 7 de junio de 1966. Abogado de formación que siempre tuvo historias que contar. En tres décadas asegura que no ha tenido día sin ideas de los que han nacido una treintena de novelas (sus criaturas Bevilacqua y Chamorro cuentan con numeroso público), cientos de relatos y ensayos, además de numerosos reportajes y artículos para diferentes medios de comunicación.

Comisario del festival de novela Getafe Negro desde 2008 y editor de Playa de Ákaba. Son solo dos ingredientes de la intensa agenda del escritor que no esquiva preguntas sin perder ni un ápice de elegancia: «Sé más de lo que digo y no digo nada que no sepa», afirma para EL LIBRO DURMIENTE donde combatimos el frío de enero con calor de letras y autores.

Entrevista realizada por Begoña Curiel.

He leído que puede escribir en cualquier lugar. ¿Ha sido así siempre o la capacidad de concentración ha ido llegando con el tiempo?

Siempre he tenido bastante capacidad de perderme en mi mundo, que está conectado con este, pero sucede a otra cadencia y en otro plano —cada vez más dispares, dicho sea de paso—. Sin embargo, fue la necesidad de llevar una vida multitarea, primero por el pluriempleo —la literatura no daba de comer, había que hacer otras cosas— y luego por la paternidad, finalmente numerosa, la que me hizo descubrir que el único requisito para escribir algo es tener una buena idea y que todo lo demás, incluidas las circunstancias exteriores, es definitivamente accesorio.

Un escritor que se adentra en tantos géneros y proyectos, ¿cómo lo hace para ordenar y clasificar ideas en el caso de que se junten dos (o las que sean) historias en la cabeza? Con su currículum en la mano, es difícil pensar que le queden huecos hasta para respirar.

Tengo 63 centímetros de perímetro craneal. Me pone difícil encontrar sombreros —hace un mes, en un espléndido sombrerero de Roma, Troncarelli, junto a la plaza Navona, tuve que renunciar al que me gustaba, que sólo llegaba hasta la talla 61— pero a cambio me permite procesar muchas cosas a la vez y sin embarullarme demasiado. Creo que la tara hasta tiene un nombre científico. Hace muchos años, al tomarme por la cabeza, un veterano médico militar le dijo a mi madre: “Este niño saca buenas notas, ¿no?” Hablando en serio, no sólo no me cuesta vivir manejando muchas ideas a la vez: me siento mal, inútil, desperdiciado, si no lo hago.

¿Es de los que sueña y/o tiene pesadillas con sus personajes, como si conviviera con ellos antes incluso de que no figuren en los papeles?

Se me han aparecido en sueños muchas veces. De hecho, en sueños se me aparecieron las dos protagonistas de la que será la novela que escriba cuando termine la que tengo entre manos. Soñando escuché nítidamente las primeras palabras que se dirigen la una a la otra, en el momento en que se conocen. Es una historia de amor, y el amor conviene que te conmueva a ti antes de intentar conmover con él a otros. Los sueños manejan palancas muy poderosas de nuestra imaginación y nuestra voluntad. Kafka apuntaba a menudo los suyos, y eran uno de sus cazaderos favoritos para sus historias. Yo también acecho por ahí a menudo, y cuando estoy escribiendo, si algo no fluye como debiera, también suele la novela asaltarme en el sueño, reclamando sus derechos.

¿Ha tenido momentos “sin ideas”?

He tenido momentos en que la idea, quizá demasiado compleja, o simplemente intempestiva, estaba algo estancada. Sin ideas, ni uno solo desde hace treinta años, que es el tiempo que llevo asomándome cada día con curiosidad a ese bullir de historias que es el mundo. Escribo un cuento semanal desde hace más de 500 semanas y no sólo nunca me han faltado ideas, sino que esta semana y la anterior me las he tenido que arreglar para meter tres historias en cada uno de los dos cuentos, de tantas como me interpelaban a la vez.

Siempre me ha llamado la atención su serenidad y la admirable diplomacia con la que a pesar de todo, acaba diciendo lo que quiere decir. ¿Es solo la impresión que causa o calla mucho?

Sé más de lo que digo y no digo nada que no sepa. Eso te permite estar tranquilo, y te invita por otro lado a la prudencia, sin dejar de poner sobre la mesa lo que crees que importa, aunque a alguno de los que te escuchan no le plazca o no le convenga del todo. Ser comedido, no sobreactuar, rehuir el dogmatismo y el vituperio permite decir mucho más que si vas por ahí embistiendo contra todo lo que se mueve. Embestir te cierra puertas y oídos, lo que acaba volviéndote inocuo.

Ahora promociona “Lejos del corazón”, el último capítulo de la saga de los investigadores de la guardia civil Bevilacqua y Chamorro. En 1995 le llamó la atención que la literatura no destinara un hueco a agentes de este cuerpo y el experimento ha sido todo un éxito, sin duda. Pero, ¿le cansa o disgusta que una legión de lectores le conozcan solo por esta saga?

Son mis criaturas, están en mi corazón, no puede cansarme ni disgustarme que hayan llegado a significar algo para alguien más. Sí tengo a veces la sensación de que el resto de mi obra es más o menos invisible en comparación, o lo es para un buen número de lectores; incluso que hay quien no llega a verla, en tanto que queda en cierto modo eclipsada por la pareja benemérita. Tampoco es una tragedia. Kafka no vendió en vida arriba de 4.000 ejemplares, y esa cifra la han superado y hasta multiplicado varias veces mis libros menos conocidos. Tiendo a pensar a veces que soy dos escritores, y que el menos difundido vende mucho más de lo que facturó el más grande autor contemporáneo. No tengo derecho a quejarme.

Es que ha publicado más de sesenta obras y la pareja de guardias civiles solo protagoniza veinte de ellas. ¿Qué otros trabajos suyos le hacen sentirse satisfecho independientemente de las ventas?

Ni siquiera veinte, sólo once. Estoy contento de haber podido publicar todo lo que ha llegado a las librerías, incluso, o en especial, libros tan marcianos como “La sustancia interior”, “El blog del inquisidor” o “El ángel oculto”. Me alegra mucho, por la memoria y/o las vidas reales que reivindican, haber escrito “La flaqueza del bolchevique”, “El nombre de los nuestros”, “Sereno en el peligro”, “Recordarán tu nombre” y “Sangre, sudor y paz”. Y ninguno se ha vendido nada mal, dicho sea de paso, todos han hecho múltiples ediciones.

Bevilacqua es de origen uruguayo. Psicólogo de formación. No es la imagen o prototipo tradicional de un guardia civil. Supongo que no es casualidad.

En absoluto. Es una manera de decirle al lector, alto y claro, desde la primera página, que los seres humanos son individuos, incluso cuando se integran en un colectivo. Ítem más: que las aventuras humanas más fecundas e interesantes, desde el punto literario, son aquellas en las que asoma la paradoja, incluso el conflicto, entre el individuo y el grupo al que pertenece, en el que no es imperativo estar como un borrego aturdido, sino que cabe mantener una mirada crítica.

El rigor en el trabajo de documentación es uno de los aspectos que más me gusta de su obra. Muchos autores afirman que esta tarea es emocionante. ¿Le pasa lo mismo?

Para mí lo ha sido. Algunas de las cosas más emocionantes que he hecho en mi vida, como salir en un convoy militar en Afganistán o vivir en primera persona la persecución de una planeadora en aguas del Estrecho, las he experimentado mientras me documentaba para una novela. Pero también otras menos espectaculares: como cuando vi la firma con que el general José Aranguren o su subordinado, el coronel y luego general Escobar, se dieron por enterados de su sentencia de muerte, mientras consultaba en el tribunal militar territorial de Barcelona los legajos de su consejo de guerra. O las cuartillas manuscritas a lápiz en las que Aranguren, un hombre de honor y siempre fiel a su deber, se defendía de la acusación miserable y grotesca de haber incurrido en un delito de rebelión. La firmeza del trazo de esas firmas y esa caligrafía todavía hoy me pone la piel de gallina al recordarla.

De hecho en ese trabajo pulcro de documentación detecto un auténtico periodista, ahora que tan denostado está este oficio. ¿Lo vive así o no tiene nada que ver?

No soy periodista, no estudié la carrera, sólo he procurado aplicar mi instinto de contador de historias a la narración de todas las que pasan por mis manos, también las reales. Y ese instinto me dice que lo esencial son los detalles, y que en una historia real los detalles hay que buscarlos, y contrastarlos, antes de pasárselos a un lector que confía en ti y al que por nada del mundo puedes traicionar ni embaucar.

Miro ahora al revés. Hay mucho periodista metido a escritor y pese a los aciertos, es evidente que no todos lo pueden hacer bien. Aunque algunos quieran hacernos creer que sí. ¿Cómo lo observa desde su posición?

Uno puede ser varias cosas a la vez. Yo era abogado y a la vez, y desde antes, era o me sentía escritor. Puede sucederle a un periodista también. De hecho no es raro que le suceda. Lo que no parece es que suceda a todos los que se ponen a escribir literatura, ni que todos los que no eran escritores antes de dar ese paso encajen en ese otro perfil posible, el del escritor que descubre tardíamente que lo es. Toca al lector seleccionar, y el tiempo depositará luego, implacable, su veredicto.

¿Qué trabajo le ha dejado más tocado a nivel personal, a lo largo del proceso de documentación y posterior escritura? Porque le haya sorprendido lo encontrado o su proceso de creación. O cualquier otro motivo.

Dudo entre “Recordarán tu nombre”, la historia de cómo un hombre íntegro acabó injustamente ejecutado como un criminal —y que también me hizo evocar la historia de mis abuelos, otros dos hombres de una pieza arrollados por la Historia— y “Sangre, sudor y paz”, un viaje al horror de ETA, una partida de asesinos ignorantes, insensatos y sin escrúpulos que, entre otras cosas, mataban niños con plena conciencia de hacerlo, sólo porque eran hijos de guardias civiles. Espero y deseo que mi país nunca blanquee la memoria de los desalmados que causaron uno y otro despropósito, y que esos dos libros ayuden que sea así. No cabe convivir con la infamia, ni condonarla, sin que la infamia se te haga extensiva.

No obstante, un escritor que se mete en distintos papeles termina siendo a veces una especie de actor. ¿O es capaz de aislarse completamente de las sensaciones que le disgustan? ¿Es necesaria cierta frialdad o capacidad para aislarse de lo que le afecta?

La respuesta anterior la firma la persona, el ciudadano. Al escritor le incumbe el ejercicio de acercarse con toda la objetividad posible —que nunca es absoluta— a la historia que cuenta, e incluso, llegado el caso, ponerse en los zapatos de los desalmados. Tengo esa capacidad, lo que no sé si es del todo saludable, pero la necesito para mi oficio.

Tiene los mayores y mejores premios de literatura en sus estanterías. Incluso con los pies en la tierra, supongo será difícil mantener la calma en todo momento…

Yo me conozco bien y sé de qué pies cojeo. Y sobre todo, dónde están los verdaderamente grandes, que son muy pocos. Me costará olvidarlo.

Volviendo a “Lejos del corazón”. Vivo en la zona donde ha ambientado su historia. El Estrecho de Gibraltar y su entorno es realmente un lugar muy… diferente –diría– a cualquier otro sitio; cargado de clichés y no precisamente positivos, como es lógico y confirma la realidad. Cuando elige escenarios para sus obras, en qué porcentaje le afecta –de ser así– la perspectiva que pudiera tener el lector que habita en dichos lugares. Este en concreto, ¿ha sido distinto o simplemente uno más?

Es una piedra de toque en la que pienso todo el tiempo, casi en todas las historias a las que me acerco. No puedes hacerte experto en algo hasta el punto de conocerlo y contarlo mejor que sus propios habitantes —o digamos que eso exige hacerte tú habitante de esa realidad también, lo que lleva un tiempo que a menudo no está disponible—. Pero sí puedes aspirar a ser un turista honesto y sensato que no diga demasiadas estupideces y deslice alguna observación pertinente, o que incluso llegue a ser útil, por estar exenta de la pasión del terruño. Con eso me conformo, porque sé que es muy difícil llegar a más. Y para lograrlo me dedico a escuchar cuanto puedo y lo mejor que puedo a quién sí está ahí.

¿Qué lee Lorenzo Silva? ¿Ha cambiado sus gustos a lo largo del tiempo y sobre todo desde que se dedicara por completo a la escritura?

No han cambiado demasiado los gustos, que siempre han sido variados; lo que he hecho ha sido ampliar el catálogo. Me gusta combinar literatura actual y clásicos, me gustan las memorias y las biografías, la Historia —en especial la de las guerras, que resumen nos guste o no la peripecia de la criatura humana, un género del que he devorado literalmente este año al que creo que es el mejor de sus cultivadores, el palestino y bizantino Procopio de Cesarea— la poesía y la filosofía. De hecho creo que una buena novela debería tener, implícita o explícita, una mezcla de todo lo que acabo de enumerar.

¿Cómo ve el panorama de escritores españoles? ¿Son muchos o pocos los que merecen la pena en su opinión?

Son muchos y afortunadamente muy diversos. Nos queda aún en activo algún grande como Eduardo Mendoza, cuyo último libro, El rey recibe, me ha parecido espléndido, y destacan cada año otros de gran calidad. En este 2018 ha llegado al gran público la lucidez poética de Manuel Vilas, de lo que me congratulo, pero hay otros, como Carlos Castán o Juan Bonilla, que creo que tienen la textura de los clásicos, aunque me temo que les perjudica brillar más en la distancia corta. Y no dejan de aparecer sorpresas como Edurne Portela, con una novela valiente y problemática como Mejor la ausencia, o Mario Marín, con un libro de la crudeza de Mañana es el día siguiente. Me arriesgo a poner sólo unos pocos nombres porque se trata sin más de ejemplos. Podría mencionar muchos más.

¿Un escritor debe ser alguien comprometido con su tiempo o con asuntos que merezcan un análisis? ¿Entiende las novelas que solo persiguen el entretenimiento, sin más?

Un escritor debe hacer lo que le dé la gana, porque sólo eso lo hará bien y porque ha costado mucho que ese derecho, irrestricto, sea reconocido legalmente. No hace tanto que se quemaba lo que no convenía. Dicho eso, yo creo, con Spinoza, y así lo he citado más de una vez, que en igualdad de condiciones es más el afecto que sentimos por una cosa que vemos como necesaria. Es mi pauta, que no impongo a nadie.

¿Qué temática tiene en el tintero y que le gustaría abordar? ¿Hay algún asunto en concreto que nunca tocaría?

Tengo unas cuantas en el tintero. Quiero bajar a la historia de la lucha contra ETA a través de la ficción, por ejemplo, y también me interesa mucho el tema de Castilla, tan denostada, despreciada y ninguneada, pero de donde vienen, qué le voy a hacer, mi lengua y mi sangre. Lo que no tocaría nunca es ningún tipo de pornografía sentimental o patriótica. La puramente sexual me parece más digna que las anteriores, pero tampoco está entre mis áreas de interés.

De la nada construyó “Getafe Negro”, todo un distintivo de calidad consolidado del género. ¿Cómo ha sido el proceso, de dónde surge, ha cumplido sus expectativas, cuál es su reto?

De la nada, no: con el respaldo de una ciudad, los sucesivos equipos de gobierno de su ayuntamiento, de distintos colores políticos, la ciudadanía y un gran equipo de colaboradores. Al principio fue una idea, concebida durante breve paso por un cargo público —descubrí que sirvo más y mejor para el servicio público desde la independencia y desde fuera de un despacho oficial—, con el ánimo de dotar a mi ciudad de un proyecto cultural que la proyectara más allá del término municipal y la convirtiera en un colector de talento exterior. En ese sentido, ha cumplido expectativas y quizá también yo he cumplido mi misión y empiezo a sobrar un poco, pero me piden que me quede y mientras pueda llevarlo, seguiré ahí, de un modo u otro. Lo que más me satisface es que entre las fuerzas políticas presentes en el ayuntamiento hay unanimidad absoluta: todos apoyan el proyecto y nadie lo ha cuestionado jamás. Con lo caras que están las unanimidades en este país, no me diga que no es para estar contento.

Tiene un sello editorial, “Playa de Akaba”, desde 2012, dentro del denominado “Espacio Ulises”. «Esta editorial surge para ayudar a los autores (y de paso a los lectores) a atravesar ese desierto,…», dice su web en alusión a las obras de calidad que caen en el olvido en el largo y duro camino del gran mercado editorial. Esta mirada tan necesaria para los ignorados, ¿qué ha supuesto para usted? ¿Cómo es el Lorenzo Silva-editor? Intuyo que le ha dado y le da muchas satisfacciones.

Por desgracia, me queda poco tiempo para ahondar en esa faceta —el peso del día a día lo lleva más mi socia en esta y otras aventuras, Noemí Trujillo—, pero es muy gratificante servir de puente para que el talento ajeno llegue a los lectores. Es casi tan hermoso como otro oficio para el que me queda poco tiempo, la enseñanza, pero que también conozco y que es imposible no amar. Casi te diría que me alegran más los éxitos de los libros que edito que el de los que escribo, aunque sea tan difícil salir adelante para una pequeña editorial y por eso hemos reducido al mínimo la actividad. Recuerdo por ejemplo cuando me llamaron de un suplemento para decirme que uno de sus críticos había elegido Enemigo innúmero, una excelente y arriesgadísima novela de Carlos Soto —otro escritor español de hoy de raro virtuosismo— como la mejor del año. Ahí sí que sientes que has hecho algo que queda y merece la pena.

Como lectora me escandalizo hasta el infinito del escaso cuidado de algunas editoriales (también de renombre) con los trabajos que publican. Me refiero a todo lo que concierne a la corrección. ¿Cuál es su opinión al respecto?

La edición es una actividad muy poco rentable, que aguanta pocos costes. La buena corrección tiene un precio. A veces, el editor, incluso en un grupo grande —del que es un empleado, también presionado por la rentabilidad de su área— va un poco a la desesperada y ahorra donde puede y no debe.

¿Cree que muchos juegan con las ganas e ilusión de quienes se estrenan –o incluso continúan– en estas lides con la autopublicación? Dejando a un lado, claro está, aquellos manuscritos que no hay por dónde cogerlos.

Vivimos en una sociedad capitalista. El capital hace negocio con toda mercancía con la que puede comerciar. La ilusión es una mercancía especialmente susceptible de compraventa. De hecho, está en la base de muchas cosas que nos venden. También en los servicios editoriales. Quien vende estos juega con el autor en la medida en que le ofrece lo que luego no le da (en términos de tirada, implantación, promoción, etc.)

Y de las obras escritas con otras personas, ¿podría comentarnos qué sensaciones diferentes le han causado con respecto a su obra en solitario? Pienso en la que hizo con su hija. Tuvo que ser maravilloso…

He escrito von varias personas, cerca de una decena ya –si incluyo los trabajos para el cine o la televisión, alguno no rodado todavía—, y todas muy diferentes. No con todas me he entendido igual, creo que eso depende de una buena puesta en común previa y un buen pacto sobre el ajuste final y quién es el responsable o cómo se comparte la responsabilidad, y quizá no siempre supe definir ese acuerdo con la misma nitidez. Pero mi experiencia en general es buena o muy buena: trabajar con otra persona con talento es un regalo que te hace la vida, y siempre llegas más lejos que solo. Con mi hija, no lo niego, tuvo un sabor especial. Nunca hice por invitarla a escribir. Es ella quien siente esa inclinación desde muy pequeña.

Un eterno debate: qué deben o deberían leer los chavales. ¿Piensa que un adolescente –uno que no sea lector habitual, vamos, la mayoría; como los adultos– está preparado para leer un clásico? ¿Cree que lo importante es que lean, aunque no sea buena literatura?

Algo que les guste, que les enamore a ser posible. Si uno tiene la habilidad de hacerles amar un clásico —yo he tenido profesores así—, o tienes la suerte de que el chaval tenga la inclinación a apreciarlo, maravilloso, llegará más lejos y más rápido; pero si no, tampoco hay que tener miedo a hacer el camino largo, siempre que no lo hagas con basura. Lo triste es que el niño sólo mire YouTube. Al final, va a acabar perdiendo facultades que su cerebro traía de serie, ya empiezan a decirlo los científicos, y no debemos engañarlos haciéndoles creer que es igual mirar lo que ya miró otro que aprender a mirar por ti mismo, incluso a mirar y ver lo que no puede verse.

¿Qué novela u obra en general, le hubiera gustado escribir?

Unas cuantas. No habría estado nada mal ser el autor de El astillero, o de Imán. O quizá sí, porque habría tenido que pasar por las experiencias amargas que permitieron a sus autores escribirlos. En todo caso, al final cada uno escribe lo que le toca, y poder escribir algo que se tenga más o menos en pie y encuentre algún lector a mí ya me da para celebrarlo.

¿Puede confesarnos si hay algún libro que le haya decepcionado o aburrido soberanamente?

Siento acabar con esta respuesta, pero encontré ilegible Paradiso, de Lezama Lima. Lo más parecido al infierno en experiencia lectora. Seguramente no lo entendí.

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