Shelley, Mary

“Poetas y poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

Mary Shelley (Londres, 1797-1851)

Podríamos decir, sin riesgo de equivocarnos, que nuestro post de esta semana va a sorprender a muchos de nuestros lectores, puede que incluso a aquéllos que son aficionados a la poesía. Quién no ha oído hablar de Mary Shelley, autora de la novela gótica “Frankenstein o el moderno Prometeo” (1818), considerado el primer gran texto de la ciencia ficción. Sin embargo, hay una faceta de esta escritora inglesa que no todo el mundo conoce, la de poeta.

Mary Wollstonecraft Godwin, nació en Londres el 30 de agosto de 1797. La muerte de su madre, la escritora feminista Mary Wollstonecraft, pocos días después de su nacimiento, la dejaría sola con su padre, el filósofo político, novelista y periodista, William Godwin. Criada en un ambiente intelectual, y literario, Mary recibió una educación liberal, siendo instruida por su padre en muy diversas materias.

Con apenas dieciséis años, conoce y se enamora del poeta inglés Percy B. Shelley, por entonces casado, con quien en 1816 contraería matrimonio, adoptando el apellido Shelley. Tras el fallecimiento de éste en el verano de 1822, ahogado mientras navegaba por el Golfo de Spezia, Mary comenzó a escribir poesía como medio de expresar su dolor. La reflexión sobre la pérdida de su esposo y su propia viudedad, llenan sus versos en un intento por reconciliar las emociones desoladoras que sintió después de su fallecimiento, con su propia existencia y soledad.

La poesía fue la manera que Mary Shelley encontró para expresar su duelo, a pesar de que solía huir de este género, que parecía resistírsele, como ella misma reconoció en una carta escrita a su amiga Maria Gisborne el 11 de junio de 1835, en la que le decía: Nunca puedo escribir versos, excepto bajo la influencia de un sentimiento fuerte y rara vez incluso entonces.

No obstante, pese a esta asumida dificultad, sus poemas se encuentran entre los mejores del Romanticismo. Llegó incluso a definir la figura del poeta de este singular modo:

¿Qué es un poeta? ¿No es eso lo que despierta la melodía en los acordes silenciosos del corazón humano? Una luz que ordena en esplendor cosas y pensamientos que, a su vez, eran tenues a la sombra de su propio significado. Su alma es como uno de los estanques en el bosque Ilex de la Maremma, refleja el universo circundante, pero embellece, agrupa y suaviza sus tintes, haciendo un pequeño mundo dentro de sí mismo, la copia del exterior; pero más completo, más impecable. Pero, sobre todo, el alma de un poeta es Amor; el deseo de simpatía es el aliento que inspira su lego, mientras prodiga el sentimiento y su objeto, todo su tesoro de imágenes resplandecientes, emoción ardiente y ardiente entusiasmo. Él es el espejo de la naturaleza, reflejando su espalda diez mil veces más encantadora; ¿cuál no debe ser su poder?

Los poemas de Mary Shelley llaman la atención por su representación del personaje femenino como una amante fiel, leal a la figura masculina, pero expresado de tal modo que no incurre en antifeminismo en el sentido de debilidad o sumisión de la protagonista al personaje masculino, lo que hubiera constituido una traición a la memoria de su madre. Al contrario, con sus versos, Mary provoca una reflexión filosófica sobre la experiencia de la protagonista.

De entre sus poemas, hemos escogido uno de los más destacados, “Debo olvidar tus ojos oscuros” (“I Must Forget Thy Dark Eyes”), publicado de forma anónima en 1832, en la revista inglesa “The Keepsake”, y más tarde incluido en numerosas antologías.

Inspirado en su esposo, en él Mary nos presenta a una mujer que trata de convencerse a si misma de que debe olvidar a su amado. Sin embargo, a lo largo del poema, se va dando cuenta de que, en realidad no quiere el olvido, quiere mantener vivo su recuerdo y prefiere la muerte antes que perder eso.

Debo olvidar tus ojos oscuros.

Debo olvidar tus ojos oscuros, esa mirada cargada de amor;

Tu voz, que me llenó de emoción,

Tus votos, que me perdieron en este salvaje laberinto,

La presión emocionante de tu suave mano;

Y, aún más querido, ese intercambio de pensamientos,

Que nos acercaba aún más el uno al otro.

Hasta que en dos corazones una sola idea forjó,

Y ya no esperó ni sintió miedo sino por el otro.

Debo olvidar esos adornos de flores:

¿Acaso no fueron los mismos que te di?

Debo olvidar el conteo de las horas brillantes del día,

Su sol ya se ha puesto, y tú no regresarás.

Debo olvidar tu amor, y entonces cerrar

Los ojos llorosos en un día inoportuno,

Y dejar que mis pensamientos torturados busquen el reposo

que los cadáveres encuentran en la tumba.

Oh, por el destino de aquella que, transformada en hojas,

Ya no puede llorar ni emitir gemidos;

O la reina enferma, quien, temblando mientras sufría,

Encontró que su cálido corazón en piedra se convertía.

Oh, por la corriente de las olas del Leteo,

Igualmente mortal para la alegría y el arrepentimiento;

Acaso nada de todo esto se pueda salvar;

Pero el amor, la esperanza, y tú, son cosas que no puedo olvidar.

Facebooktwittergoogle_pluspinterestmailFacebooktwittergoogle_pluspinterestmail