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“Primaveras nucleares” – Luis Ramírez

Publicado el 5 de enero de 2021


Sonó el despertador.

Un siglo atrás, mis tatarabuelos hubiesen salido al trabajo. Las vías de comunicación habían sido atestadas por el tráfico. Los novios se besaban entre los cedros, a escondidas se hacía el amor. Pero no hoy. Vivo en otro mundo.

Una aurora boreal rodea la atmósfera terrestre. Soy una especie olvidada, el único macho de mi generación. Todos han muerto. Sepultados en colosales montañas de basura.

Camino a la nada me encontré a la deriva en un mar de tristeza infinita. Un eco de aullido espantaba mis sentidos. Presiento mi desaparición física y conmigo la muerte del Hombre.

Por estas fechas, las flores abrían sus pétalos, desnudas ante Dios y ante los capullos, un reino de insectos kafkianos que se transformaban en aves celestiales. Una nube de luz cubría el espacio, la muerte postrada ante la vida se reciclaba como un fósil que evoluciona y resucita.

Una vieja guerra entre clanes obligó al mundo a retroceder su marcha. Una fría noche perpetua cubre mi cabeza. El sol es un trazo de una lengua muerta, un idioma que no conozco ni conoceré. La depresión es mi pan y mi agua. Las religiones han fracasado, solo soy yo y un vacío deforme que me devora las entrañas.

La vegetación ha sucumbido en su totalidad. En unas horas solo será ese perro salvaje y el mundo. ¿Y la Tierra? Bueno, supongo que será un punto oscuro y sucio del universo, sin vida alguna. Dentro de millones de siglos, una especie extraterrestre posará sus robots sobre nuestro ferroso asteroide, investigará si alguna vez hubo vida aquí y se devolverá con las manos vacías, a menos que excave 20.000 leguas hacia el inframundo y descubra las calaveras cristalizadas en ámbar y petróleo de una civilización "inteligente".

Mi piel esta llena de úlceras cancerígenas, la lluvia venenosa y corrosiva que cae me retuerce de dolor los huesos.

2 Horas después de un monologo de pesimismo, un hombre solitario como un postrer Adán perdido en sus pensamientos caminaba hacia un puente colgante. Algunos eslabones ya habían sucumbido al tiempo. Se detuvo frente al precipicio. Pensó en su familia, en los rostros apenas recordados de la infancia, en la Guerra del Fin del Mundo, recordó un libro viejo de un escritor muerto que vivió en un país olvidado que escribió una historia de aniquilamiento con este nombre. Suspiró al ver cruzar una estrella fugaz, quizá el cometa Halley que daba su ultimo adiós a una de tantas especies obsecradas ante el destino.

Cerró sus ojos ante el vacío de su existencia individual y voló hacia la muerte.

Segundos después, sin narrador para contarlo, un bulto rodaba por las peñas de un monte en un lugar que no vale la pena recordar, porque para recordar hace falta el Hombre, el cual dejaba de existir en ese momento. La primavera de la Tierra daba paso al invierno del Infierno. El Armagedón humillaba las millones de sonrisas fabricadas a lo largo de milenios. Era el fin, esto no puede escribirse sin un lector que lo repita hasta la posteridad. No había posteridad, era ésta, un punto del espacio tiempo que marcaba la vorágine de una pequeña bolita azul en el sistema Solar.

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