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Postales del Este – Reyes Monforte

Publicado el 6 de agosto de 2020


Reseña realizada por Begoña Curiel.

¡Una orquesta de mujeres en el campo de concentración y exterminio en Austchwitz-Birkenau! Creemos saber mucho y se nos escapan taaantos “detalles”. Existió una orquesta de presas al servicio de los responsables del genocidio dentro de ese monstruoso escenario. No es el motivo central de la novela pero me impacta el descubrimiento, claro ejemplo de la maquiavélica convivencia de placer y horror en el mismo espacio físico con víctimas y verdugos.

  Ella, la protagonista es una joven francesa que llega en 1943 al campo. Un personaje creado por la escritora entre los que son reales: Josef Mengele, el médico conocido como el Ángel de la Muerte, María Mendel, la Bestia, Irma Grese, apodada el Ángel Rubio, Rudolf Höss, comandante del campo, Heinrich Himmler, destacado dirigente nazi, Gisella Perl, ginecóloga forzada a acompañar a Mengele en sus macabros inventos, Alma Rosé, violinista y componente de la orquesta donde la protagonista desempeña labores como copista…

  Su conocimiento de idiomas y perfecta caligrafía la convierten en una privilegiada porque la Bestia la adoptará como asistente para todo. Desde primera fila será testigo de macabras diversiones, locuras y atrocidades que superan lo soportable. Junto a su mentora y de la mano de Mengele, conocido en la Historia por sus experimentos con humanos en el campo de concentración y en concreto, con las mujeres, Ella tendrá que mantenerse en pie con cada sacudida del miedo y el espanto.

  Aunque sepamos por encima de aquellos terribles hechos la lectura se vuelve terrorífica cuando entra en detalles. Nadie quiere creerlo pero sucedió y Monforte ha recopilado información de episodios reales que estremecen. A ratos hay que coger aire con líneas plagadas de aberraciones.

  Uno de los personajes reales que más noqueada me ha dejado ha sido el de Gisella Perl, la ginecóloga que ayudó a abortar a las presas embarazadas. La única fórmula que encontró para salvar a las gestantes. La cabeza se trastorna intentando asumir semejante drama pero un hijo en las entrañas era pasaporte directo al crematorio.

  A pesar de todo, el objetivo de la autora pasa por convertir las letras y la fuerza de las palabras en un salvoconducto a la esperanza. Reyes Monforte hace de las letras de Ella, el instrumento de su particular acto de resistencia. Entre los equipajes de los deportados encuentra fotografías donde escribe quienes fueron sus propietarios; será una manera de mantenerles vivos tras su muerte, para que el mundo sepa que existieron. Tendrá que esconderlas, lógicamente. La vida de las presas, aunque muchas ya caminen muertas, no vale nada. Una postal, una fotografía, la rebelión de depositar unas letras en un soporte eran una razón como cualquier otra para acabar en las chimeneas de los hornos.

  Son estas Postales del Este las que Bella, hija de la protagonista, recibirá cuarenta años después. Su madre deseaba que conociera lo ocurrido en el campo de concentración cuando fuese el momento. Así arranca la novela donde Reyes Monforte muestra un gran trabajo donde suena la orquesta. Ya está requetecontada la sensibilidad extrema de los nazis a diferentes expresiones artísticas. La música interpretada por las mujeres judías presas hará que por sus rostros corran lágrimas de emoción aunque segundos antes sus manos hayan matado. El alma humana es un enigma por más veces que se intente explicar contrastes de dimensiones colosales.

  Es difícil asumir la idea de que la belleza puede colarse en rincones inmundos, con los seres y actos más abyectos, convivir con mentes despreciables que nunca se mirarán con los ojos que los observan horrorizados. Hay que creerlo porque ocurrió en Auschwitz, en otros campos de concentración y no sólo en la Segunda Guerra Mundial. El horror nunca dejará de ser excepcional; no terminará mientras la vileza del ser humano deje de existir. Y eso, es imposible.

  Monforte vuelve a gustarme. Nunca me defrauda. Incluso con temáticas conocidas y abordadas en mil ocasiones. Pero siempre queda algo que contar y lo aprovecha de manera efectiva; desde otras perspectivas con las que abordar asuntos que nunca dejarán de ser noticia aunque el tiempo los relegue a un segundo orden. No me resisto a utilizar la manida frase, pero es que no pierde vigencia ni peso: hay que conocer la Historia para que no repita cuando avergüenza sentirse parte de nuestra especie.

   La autora es periodista y no deja de serlo en el oficio de la escritura. Pero es que escribe bien, es una estupenda narradora de historias reales (magnífico trabajo de ambientación y descriptivo. Nuestros pies parecen hundirse también en el barro que pisan las víctimas) o con ingredientes reales. Lo ha demostrado con otras novelas y lo mismo sucede con esta. Los duros tragos de muchos tramos de Postales del Este se digieren mejor cuando una obra merece la pena.

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