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Pessoa, Fernando

Publicado el 4 de junio de 2020


“Poetas y Poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

Recuerdo una bonita ciudad en la desembocadura del Tajo y abierta al Atlántico; una ciudad plagada de callejuelas empinadas y tranvías que las arañan en trayectos a veces imposibles. Recuerdo que es verano, un verano de sol brillante y cielos de azul intenso y siento que he viajado de nuevo hasta allí. Desde el Castillo de San Jorge a la Torre de Belem, desde el barrio de Alfama al convento de los Jerónimos, la brisa del océano se cuela para escoltarme en mi camino.

En la Plaza del Comercio, arropada por las voces de los turistas que se elevan hasta donde las gaviotas nos observan vigilantes, evoco unos versos que leí hace no mucho y que hablaban del reencuentro de un poeta con su ciudad.

Otra vez vuelvo a verte,

ciudad de mi infancia pavorosamente perdida...

Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí...

¿Yo? Pero, ¿soy yo el mismo que aquí viví, y aquí volví,

y aquí volví a volver y volver,

y aquí de nuevo he vuelto a volver?

¿O todos los Yo que aquí estuve o estuvieron somos

una serie de cuentas-entes ensartadas en un hilo-memoria,

una serie de sueños de mí por alguien que está fuera de mí?

(“Lisbon revisited”, fragmento, Fernando Pessoa)

El 13 de junio de 1888, Lisboa vio nacer al que iba a ser el poeta más representativo de Portugal, Fernando Pessoa. Precursor de los movimientos de vanguardia en su país, se crio entre Portugal y Durban (Sudáfrica) donde el segundo marido de su madre, viuda desde que él era muy pequeño, detentaba el puesto de cónsul. Allí Pessoa recibió una educación británica, lo que dio lugar a que muchos de sus textos los escribiera en este idioma.

En 1905 regresó a Lisboa para quedarse definitivamente allí donde montó primero una imprenta para, más tarde, dedicarse a la traducción de correspondencia comercial, trabajo que llevó a cabo durante toda su vida. Pero también tradujo y escribió para diversas revistas como Orpheu (1915), Atena (dirigida por él mismo) o Ruy Vaz (a partir de 1924).

Desde su regreso a Lisboa, tuvo cierto contacto con los círculos literarios, sobre todo a través de las revistas en las que trabajó, y con la obra de Cesário Verde en especial. Pero eso no fue suficiente para que su obra escrita en portugués le fuera publicada en vida. Tan solo su primer libro de poemas, Antinous, apareció en inglés en 1918 y el poema patriótico en portugués, Mensaje,  que apareció en 1933.

Sin embargo, su obra está considerada como fundamental para las letras del siglo XX, no solo en Portugal sino en toda Europa, y de una profunda modernidad. Un elemento característico de aquella son los heterónimos, nombres diferentes al suyo con los que un autor firma su obra cuando adopta una personalidad fingida, lo que los diferencia de los pseudónimos.

Y Pessoa creó tres heterónimos con los que firmaba sus obras y cuyas personalidades construyó y utilizó para componer obras bien diferentes, cada una de ellas acordes al estilo de la personalidad que las creaba. Estos fueron Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro, para los que concibió estilos literarios propios.

Así, mientras que Caeiro era expresivo y sensual y Ricardo Reis buscaba la perfección sintáctica y léxica, Álvaro de Campos trataba de explicar la vida desde una perspectiva racional, inclinándose más por la estética. Un auténtico despliegue de personalidades todas ellas vivas en el autor.

Pero su obra en conjunto destaca por la habilidad para lograr el a veces frágil equilibrio entre emoción y razón, sin olvidar la belleza que esconden sus versos, las verdades que a veces no nos atrevemos a expresar y la denuncia de una sociedad que él tachaba de hipócrita, la suya en aquellos momentos.

Tal vez los versos más reconocidos internacionalmente de Pessoa son los del Poema en línea recta, escritos entre 1914 y 1935, en los que su heterónimo Álvaro Campos denuncia esa falsedad e hipocresía y se confiesa un inadaptado en ese mundo que funciona a base de apariencias.

En el poema Lisboa revisitada (1923), también de Álvaro de Campos, hallamos de nuevo la denuncia desde el pesimismo y la desubicación del poeta respecto de la sociedad en que vive, lo que se aprecia en las exclamaciones que marcan sus versos.

 
¿Me querían casado, fútil, cotidiano y tributable?
¿Me querían lo contrario de esto, lo contrario de cualquier cosa?
Si yo fuese otra persona, les daría a todos gusto.
¡Así, como soy, tengan paciencia!
¡Váyanse al diablo sin mí,
¡O déjenme que me vaya al diablo solo!
 (Fragmento de Lisboa revisitada)  

Pero también encontramos temas como la propia escritura, la poesía y la relación del autor con ellas. Así, en Autopsicografía (1931), Fernando Pessoa refleja esa relación a través de sus versos, identificando la escritura como algo que lo dirige, como parte esencial de su propia identidad.

 
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que de veras siente.
(Fragmento)

Pessoa también tenía su estilo, diferenciado del de sus heterónimos, y lo muestra en poemas como Esto (1933), un poema metafísico cuyo tema es su propio proceso de creación. En él, muestra al lector ese proceso, permitiéndole conocer sus entresijos de manera que ambos, poeta y lector, sientan una mayor cercanía.


Dicen que finjo o miento
en todo cuanto escribo. No.
Yo simplemente siento
con la imaginación.
No uso el corazón.
(Fragmento)

En Presagio (1928) habla del amor, pero lo trata como un problema y desde ese punto de vista lo describe. En Aniversario nos lleva en un viaje en el tiempo; en El guardador de rebaños (1914) su heterónimo Alberto Caeiro nos muestra la punga entre Dios y la naturaleza, para concluir que es esta la que en realidad nos rige. No sé cuántas almas tengo plantea problemas o dudas de identidad y en otros, como Orpheu (1915), la modernidad que trae consigo el cambio, a priori bueno, revela aspectos negativos.

Fernando Pessoa falleció el 30 de noviembre de 1935 en Lisboa, pero su legado le sobrevive.

Precisamente de ese legado hemos escogido para cerrar este post un poema de los que encierran la rebeldía del poeta, enmarcada en la crítica social. Duro, certero y hermoso a la vez. Sin duda, unos versos atemporales: Poema en línea recta del heterónimo Álvaro de Campos.

 
Nunca he conocido a nadie a quien le hubiesen molido a
palos.
Todos mis conocidos han sido campeones en todo. 
Y yo, tantas veces despreciable, tantas veces inmundo,
tantas veces vil,
yo, tantas veces irrefutablemente parásito,
imperdonablemente sucio,
yo, que tantas veces no he tenido paciencia para bañarme,
yo, que tantas veces he sido ridículo, absurdo,
que he tropezado públicamente en las alfombras de las
ceremonias,
que he sido grotesco, mezquino, sumiso y arrogante,
que he sufrido ofensas y me he callado,
que cuando no me he callado, he sido más ridículo todavía;
yo, que les he parecido cómico a las camareras de hotel,
yo, que he advertido guiños entre los mozos de carga,
yo, que he hecho canalladas financieras y he pedido prestado
sin pagar,
yo, que, a la hora de las bofetadas, me agaché
fuera del alcance las bofetadas;
yo, que he sufrido la angustia de las pequeñas cosas
ridículas,
me doy cuenta de que no tengo par en esto en todo el
mundo.  

Toda la gente que conozco y que habla conmigo
nunca hizo nada ridículo, nunca sufrió una afrenta,
nunca fue sino príncipe - todos ellos príncipes - en la vida...  

¡Ojalá pudiese oír la voz humana de alguien
que confesara no un pecado, sino una infamia;
que contara, no una violencia, sino una cobardía!
No, son todos el Ideal, si los oigo y me hablan.
¿Quién hay en este ancho mundo que me confiese que ha
sido vil alguna vez?
¡Oh príncipes, hermanos míos,
¡Leches, estoy harto de semidioses!
¿Dónde hay gente en el mundo?   

¿Seré yo el único ser vil y equivocado de la tierra? 

Podrán no haberles amado las mujeres,
pueden haber sido traicionados; pero ridículos, ¡nunca!
Y yo, que he sido ridículo sin que me hayan traicionado,
¿cómo voy a hablar con esos superiores míos sin titubear?
Yo, que he sido vil, literalmente vil,
vil en el sentido mezquino e infame de la vileza.

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