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Nuestras riquezas – Kaouther Adimi

Publicado el 14 de julio de 2021


Reseña realizada por Begoña Curiel.

Ofrece veneración genuina por los libros y las letras. Esta novela sorprende y se vive intensamente con un librero y editor que existió. Saber que es real magnetiza. Sumarle la historia de la Argelia colonizada que luchará por su independencia sube puntos al relato aunque la estructura y la escritura no me hayan convencido del todo.

  Se queda pobre el diario del protagonista, el formato escueto prácticamente a golpe de flashes escogido por la escritora para presentarnos al joven Edmond Charlot que abre en 1935 una pequeña librería en Argel -que también existió– tras marcharse de París. Pero el local es mucho más que eso; hace de ella lugar de encuentro y fraternidad entre escritores, aficionados a las letras y en general de intelectuales de la época a los que acabará editando. Entre ellos ¡Antonie de Saint-Exupéry,  Albert Camus y André Gide! Impresionan las novelas que descubren datos tan interesantes.

  Puede que con la brevedad del diario haya querido transmitir el frenesí a veces angustioso de las aventuras y desventuras del librero, así como la falta de tiempo para todo lo que desea abarcar. Sin embargo, su particular sinvivir en un romántico homenaje al oficio del editor, al menos, al que en esencia debería ser.

  Nadie como el ímpetu y la fe de Edmond Charlot lo representa, que pone corazón y una moral de concurso hasta en situaciones extremas. Sus pequeñas batallas resultan épicas, como la odisea de encontrar papel durante la Segunda Guerra Mundial. «Todo esto me agota y me alegra al mismo tiempo», anota el joven en su diario resistiendo a la adversidad, comprometido con su pasión por más muros que levante el régimen político de turno aunque decida qué se debe o no publicar, en mitad de los riesgos de la guerra, del camino hacia la independencia de la Argelia y de las decepciones posteriores que derivaron en guerra civil. Es tan interesante el trasfondo histórico que la novela se hace más corta de lo que ya son sus 178 páginas.

  Son dos épocas distintas que transcurren a lo largo del siglo XX y en todas Edmond lucha a su manera, como sólo sabe, defendiendo su librería como oasis cultural y de libertad de pensamiento. «Yo no persigo la coherencia sino que publico sobre todo aquello que me gusta, y únicamente libros que me siento capaz de defender. Mi compromiso tiene que ser absoluto. Así es como yo concibo mi trabajo. El escritor tiene que escribir, el editor tiene que dar vida a los libros. No veo límites a esta idea. La literatura es demasiado importante como no dedicarle todo mi tiempo». Las frases de Edmond son la declaración de un luchador dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias. Para él las palabras son promesas a cumplir.

  Me crecen los párrafos con Edmond sin querer en esta reseña porque emociona y enamora aunque su texto sea parco. Por eso contrasta tanto con el segundo protagonista, este de ficción, Ryad que a su lado queda demasiado pequeño. En 2017, este estudiante en París viaja a Argel para vaciar y acondicionar la antigua librería de Edmond como buñolería. Es un simple encargo y le importa poco la literatura.

  Aquí entra en juego un secundario maravilloso: Abdallah, que fuera gerente de la librería cuando Charlot vuelve a París a otras batallas. Es casi un fantasma del pasado que pulula alrededor de Ryad, inquieto porque trate los libros como material a desechar. Lógicamente el joven no entiende qué sucede no sólo con este protagonista que camina con una sábana por la cabeza (tendrán que descubrir el por qué) sino con las calles y barrio cercanos que le boicotean en silencio como pueden.

  Pero hay una tercera voz narrativa, anónima, que parece hablar o pertenecer a la del pueblo argelino, como si fuera otro personaje más que necesita explicarse y recordar el sufrimiento padecido para que no caiga en el olvido.

  Nuestra riquezas es un libro melancólico y hermoso aunque para mi gusto falten cosas y Ryad no esté a la altura de Edmond. Es un personaje demasiado grande que se come todo. Ha sido un placer y una suerte haber dado (entre tanta propuesta en las estanterías de las librerías) con esta autora que desconocía, aunque para mí, una historia con tantas letras es un auténtico cebo al que no sé resistirme si me lo presentan bien. He picado pero he acertado.

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