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Muñoz, Carmen – “Una tierra hecha leyenda…”



Presentado por Carmen Muñoz en mayo de 2014

¿Sabes pueblo mío?...

Hoy Don Anselmo nos ha pedido que hablemos de ti; bueno, en realidad no es que tu nombre apareciera escrito pero, sobre el papel se leía, y cito textualmente: “describe con detalle un pueblo pintoresco”. Como ves, un enunciado breve, concreto y sin dudas que ofrecer, pero con un señuelo escondido junto a su última letra… “tu voz”; paciente, serena, que como un “Bel Canto de Callas o Berganza” entonaba melodiosa en mi interior: “de aquellos que convierten postales en poderoso reclamo para viajeros y caminantes, en busca de paz y sosiego para el alma

Después, como brecha en el hielo, tu imagen fue agrietando mi presente, hasta descubrir mi infancia, tu espacio y nuestro tiempo. De hecho, y a fin de hacer justicia a tu nombre y mi recuerdo, he pospuesto tu relato hasta nuestro próximo encuentro, pues… como si no, podría yo hablarles del lugar que meció a mis seis generaciones, de las risas de tío Pejerto cuando ganaba al dominó, de aquellos domingos al sol… recostados sobre la acera, o de la colada de madre con aroma a savia fresca, y de cada rincón, donde filtrabas la vida por las dobleces de tus callejas, retorcidas y empinadas, hasta latir el corazón del más ínfimo organismo.

No pueblo mío, no; tú mereces pausa y atención, detalle y esmero, y un pintor de pincel fino que con diestro trazo y firme pulso, dibuje tu mapa y mis sentidos,  arrancando de tu tierra su color más puro. Una labor que demanda calma y precisión, y un cálido espacio, que acoja tus formas con el saber necesario.

Por ello, y para no errar en moldes ajenos, tú serás mi lienzo, y tu olor y mis retablos los que guíen mi mano a través de tu paño, hasta completar por fin, el que sin duda será el mejor de mis cuadros.

Permíteme pues, que desde este instante comience el trabajo marcado en diez pasos, y revele a este mundo mi vida y tu historia. Una historia tan antigua como el metal o la roca; tan épica y grandiosa, que dudo siquiera que exista una parte, por pequeña que ésta sea, que aún no la conozca.

Primer paso: Tu base…

Como primera tarea sellaré con firmeza la trama de tu lienzo, fijando entre tus márgenes y con la ayuda del gesso, a la bella y magnífica Aragón. Después, mi espátula allanará la textura y relieve de tu tejido fabriano, hasta que emerja imponente…la mejor de tus provincias: “Teruel”. Vinilo y colbón, concluirán la imprimación con tu más bello reino y capital de municipio: “Albarracín”; un lugar olvidado, donde el tiempo quedó anclado en tus muros del Medievo.

Segundo: Tus contornos…

Con lápiz de grafito y de invencible matita, perfilo los periplos de tu sierra, de tus prados, colinas y huertas, bañadas todas por cinco antiguos ríos, donde el Guadalaviar, hijo del Turia, además del Tajo y el Júcar, te abrazan desde el Monte Universal hasta el fin de tus fronteras… pues unos te surcarán hasta Valencia, otros hasta Lisboa, y otros hasta morir en el Atlántico, donde resurgirán  poderosos como mares y océanos.

Tercero: Tus estaciones…

Invierno: blanco y solo blanco, discurre lentamente con mi pincel chato, hasta cubrir tu tela de largos inviernos, que como helados espejos, devuelven tu blanca imagen al cielo. Albos campos acolchados por interminables mantos, que ensordecen tus ruidos y borran tus dorados, hasta hacer de tu frío… el verde más intenso. Un aliento materno, que bajo tu suelo engendra un sinfín de especies de hoja caduca o perenne, pasto de arrendajos, carboneros garrapinos, y de jabalíes altaneros, que en Santa Cruzada recorren tus campos en busca de tu más valioso tesoro: “La trufa”.

Primavera y verano: negro, azul, verde y amarillo, se esparcen con ansia sobre tu lienzo, con hambre de vida y de sabia. Cada trazo del pincel eclosiona un raudal de imposibles mezclas, formando un arcoíris de lluvia estival, de olor a moras y azahar, que a su paso despiertan tus sotos y prados, tus bosques de pino y encina, tus estepas de sabina rastrera y enebros de la miera, donde moradas amapolas y alegres palomillas, tiñen tu manto de sueños y risas, devolviéndote a la vida tras tu letargo invernal.

Otoño: Ocres, marrones y naranjas, componen lentamente la transición, mientras tus árboles tejen con oro y almíbar tapices en tu suelo. Un lecho donde dormitarán tus colores, para despertar de nuevo después del invierno.

Cuarto. Tu voz…

Aquí, fundiré mis colores hasta quedar uno solo, pues todo habla en ti, desde el silencio hasta las aguas, desde tus bosques, hasta esa brizna de aire que mueve tus hojas al son de tus grillos o alondras. Tú eres la voz pausada que guía al peregrino, que le habla si sabe y quiere escuchar, que acompaña a su soledad sin hacerse de notar, y que le mece en sus sueños mientras apaciguas su alma recorriendo tus caminos. En ti puede oírse cada día vivido, cada batalla y cada piedra, cada risa y cada llanto, que guardan con recelo presente y pasado. Un sonido que si escuchas… no puedes ya olvidar.

Quinto. Tus fronteras…

Justo aquí, en la curva de Santa María, levanto con rodeno tu imponente cinturón, que junto a farrallones de arenisca, protegerán tus castillos por dispares senderos: El Andador, Doña Blanca y otros dos, resguardados por regias y acorazadas murallas, que levantadas por moros y expandidas por cristianos, envuelven tu arrabal a las afueras de la Engarrada. Defensas que te convirtieron en inexpugnable plaza, para enemigos conocedores de tan preciadas prendas, escondidas sobre piedras rosadas y forjadas a fuego por tu sierra,  que el tiempo transformó en solemnes y bellas.

Sexto. Tus monumentos…

Piedras talladas en tiempos remotos, que conservan tu estampa en un marco inmortal. Desde tu “Catedral” renacentista de capillas hornacinas… a la pequeña “Ermita del Cristo de la Vega”; desde tu “Caserío” y su orgulloso campanario octogonal… a la “Casa de Julianeta”, deformada y dormida bajo el Portal de Molina; y desde tu “Torre del Andador”… a la de “Doña Blanca”, suspendida en equilibrio en el estrecho del espolón,  cuyo nombre toma de la casta infanta desterrada, hija del rey de Aragón.

Iglesias y palacetes de noble casta, que albergan tu historia en paredes labradas; bien por celtas, romanos, musulmanes o cristianos a manos de los Azagra, que a su paso aportaban lo mejor de su cosecha, unos… tu amurallada frontera; otros... tus calles en cuesta, pegadas y estrechas, y otros bereberes con aires de oriente… que de tu tierra hicieron un reino de taifa, y de tu nombre “Al – Ben – Razín”… una leyenda sagrada.

Siete. Tu arquitectura popular…

A los pies de tu muralla se esparcen ovillos de calles empedradas, donde la falta de espacio emparenta tus casas como primas y hermanas, zurciendo sus costados a entramados de madera. En sus caras rojizas, ribetes de forja sellan balcones, puertas y ventanas, fundiendo tejados en eternos abrazos, mientras con ródeno besan tus fachadas, labios de rojo carmín.

Casas dispuestas con acierto ante el viajero, pues mientras unas le reciben a orillas del río, colgadas y encendidas como faro al marinero, otras, aguardan entre pasadizos y escalinatas, esperando a que el peregrino golpee sus aldabas en forma de dragón.

Octavo. Tus sabores...

Si tu tierra es paz y sosiego, tus viandas son deleite del más fino paladar, pues bien sabes confortar espíritu y bocado en torno a tu mesa. Desde tu gustoso “ternasco” al “estofado de ciervo”, desde tus ricas “gachas” a tu “sopa de ajo”, y desde tus “migas con uva” a tu “revuelto de setas”. Alquimia alumbrada por fogones expertos, que del cerdo y jabalí, no hace platos, sino santos a fuego lento.

Noveno. Tus calles en fiesta…

Doce campanadas de la última noche de Abril, abren tu aclamada “Fiesta de los Mayos”… Asómate moza, que Mayo ha venido… entona tu ronda en mi Albarracín, colmando plazas, portales y calles de folklore y delirio. Después con septiembre, regresa la fe de la mano de Santa María y del Cristo de la Vega, donde el devoto puede con Dios hablar.

Diez. Tu moldura... y mi último paso.

Pan de oro para tu marco, que refleje la grandeza y sabiduría de un pueblo que no es comarca, sino ciudad y nación. Una villa encaramada a una colina por el capricho de Dios, para admirarte cada día hasta la puesta de sol; y es que, no en vano fuiste declarada Monumento Nacional, y algún día no lejano…Patrimonio de la Humanidad.

Recuerda pues… Albarracín, que no sólo eres mío, sino de todos los demás, desde el viajero que a ti llega por caminos y senderos… hasta el que a distancia te contempla en libros o en bocas ajenas, que hablan de su paso por tus tierras.

Este es mi cuadro a fuego lento sobre un pueblo pintoresco, y desde ahora también de ustedes… nobles gentes del “Libro Durmiente”.

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