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Montera, Rodrigo Alberto – “Trilogía de los juguetes”



I

 

Por la noche

antes de dormir,

escuché llorar a mi hijo

 

y hoy

amanecí con las manos azules.

 

En el desayuno

él vino y tomó

una pieza de pan,

no se sentó a la mesa,

tenía prisa.

 

Me deseó y le deseé un buen día.

 

Antes de salir con él,

mi mujer

se detuvo en la puerta,

me miró

y me dijo:

Tus manos.

Yo murmuré

o repetí:

Nuestro hijo. 

 

Ella se acercó a mí,

puso una mano en mi hombro,

la otra en mi pierna

y me miró

como las mujeres miran

el mar o las cajas vacías…

pero nada cambió

en mi esperanza,

mis remordimientos

y yo:

mi hijo,

la noche anterior

había llorado

y su infancia

había dejado de ser un juguete

para convertirse en el cuchillo

con el que un día

escribirá en los muros

de su pareja

o de su casa

una herida

roja e invisible.

 

II

 

Esa misma tarde le hablé a mis padres:

quería preguntarles de qué color

tenían ellos las manos.

Mas no hablamos de piel

ni de amaneceres o cuadernos,

sino de huesos

y de aquellas

palabras que les cuesta pronunciar

porque fueron escritas

para no escucharse.

Al colgar

me desearon un buen día

y yo les respondí:

Nos vemos

sabiendo que una parte

de esa frase

era una mentira.

 

Sentado en el comedor

entendí que

ellos no solo tenían

las manos

(y los corazones)

azules,

sino que sus voces

eran un libro de historia

sobre la III Guerra Azul

(tengo dos hermanos),

esa en la que no hubo

pérdidas mortales,

pero sí todas las demás heridas

que se ganan y se pierden

en familia.

 

III

 

Mi nieto no juega con juguetes.

Le he preguntado

si sabe lo que es uno.

No me ha respondido.

Ni me ha preguntado tampoco

qué es lo que son,

o para qué sirven,

o quién los construye

Tu padre jugaba con ellos, 

le dije,

él continuó en silencio

y yo callé,

estúpidamente,

a su lado.

 

Al volver a mi casa

pasé frente al cementerio

̶  y mi mujer me miró

como las mujeres miran

los vasos que no están del todo limpios ̶

y me pregunté cuántos

de los juguetes ahí enterrados

tendrían como yo

las manos,

las rodillas,

las tardes

y el silencio

pintados de azul,

un azul tan fuerte

tan humo

y tan dormido

que no nos permite

escuchar el llanto

o las preguntas de nuestros hijos

ahora que son ellos los que

nos mienten

y que quisieran saber

cuándo las familias

y sus juguetes

se convierten

en el relato

de un amable libro

de guerra.
 

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