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Montera, Rodrigo Alberto – “El superhéroe y el poeta”



El superhéroe y el poeta

Rodrigo Alberto Montera

El superhéroe pidió permiso para ausentarse el resto de la tarde. Se lo concedieron y una vez fuera, no supo para qué lo había solicitado si ni siquiera tenía claro qué hacer con su tiempo libre.

Caminó rumbo a su casa pensando que, teniendo la posibilidad de correr a doscientos kilómetros por hora, la mejor manera de tener un tiempo para él sería demorándose, como si el retardarse fuera un vicio parecido al de un hombre que enciende, en solitario, un cigarro.

Anduvo por la ciudad y observó los aparadores de las tiendas en los que hombres y mujeres modelaban distintas prendas; trató de imaginar sus voces y se dio cuenta que era imposible porque los modelos son repisas sobre las que diseñadores acomodan sus colores y sus nombres. Parado frente a una de las vitrinas, el superhéroe reflexionó sobre su propia voz y reconoció que hacía mucho que nadie la escuchaba, ni siquiera los reporteros que lo entrevistaban luego de un rescate o las mujeres que por las noches lamían su traje y sus poderes.

         Como en otras ocasiones, para retardar aún más su vuelta a casa, el superhéroe hizo una visita al cementerio.

En la sección 2B identificó una nueva tumba. Leyó el nombre en la lápida y reconoció el nombre de un poeta, aquel que había escrito el libro de Los amores sin nadie y había traducido del francés El último sonido del mundo. El superhéroe se detuvo y pensó que el cuerpo que yacía debajo de esa tumba era el de un hombre que había trabajado toda su vida para que su voz tuviera la exactitud y presencia de la música; esto se le figuró como algo tan agotador como imposible. Meditó sobre cuántos hombres y mujeres se habrían identificado con las palabras del poeta; los imaginó leyendo a solas, en una intimidad resguardada por melodías y horizontes, y por un momento, el superhéroe creyó entender en qué consistía la trascendencia.

Debajo de la fecha de la muerte, descubrió un epitafio compuesto por tres frases que no tenían ilación entre ellas, intuyó que se trataba de los títulos de tres poemas. Memorizó el segundo: Un cementerio es una antología de historias.

Luego, el superhéroe alzó la vista, contempló la hilera de tumbas y lapidas en el cementerio, y las miró como si observara los corredores de una biblioteca.

Percibió el silencio de todas aquellas historias hasta concentrarse en el que provenía de la lápida frente a él. En su imaginación le dio una forma arquitectónica y erigió un bello y abierto laberinto. Después imaginó la edificación de su propio silencio, y para construirlo no halló más que las ruinas que dejaban a su paso los combates que libraba. Su silencio se componía de violencia y escombros; le pareció insignificante y ruin a comparación del resto de silencios en el cementerio y supo que la gran diferencia entre el suyo y los de los demás eran las palabras que contenían, palabras que en su momento habían sido escuchadas por algún ser querido.

El superhéroe se pasó la mano por el rostro y por el cuello. Para despejarse decidió dar un paseo por entre las tumbas. Al leer los nombres de los difuntos no pudo evitar leer títulos y autores. Distrajo sus cavilaciones delante de una tumba en la que no venía ningún nombre, solo una fecha de nacimiento: 12 de julio de 1990 - . Sonrió ante el ingenio del hombre o la mujer que hubiera colocado con anticipación su tumba con la intención de venir, de vez en vez, a hablar con su propia muerte.

Luego de unos minutos de imaginarse qué es lo que él tendría que decirse a sí mismo, el superhéroe regresó a la sección 2B.

Anochecía y al día siguiente, y el resto de los días, el superhéroe debía estar listo y descansado para salvar al mundo. Aún así, se sentó delante de la lápida, y sin percatarse de en qué momento ni con qué frase lo hizo, comenzó a conversar con el silencio del poeta sin importarle que el mundo, al pasar de los días y de los meses, aguardara su regreso.

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