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Martagón, Carmen – “Lo que se lleva el río”



Los pasos de Marta y Carlos se acercan por un camino bordeando una línea de montañas. Marta va contando historias y leyendas de aquellos bosques. Sus pasos les llevan cerca de la falda de la montaña y allí se detienen porque el paisaje les susurra historias... ¿Me acompañas a escucharlas?

Le encantaba ver correr el agua en aquella fuente natural que manaba del corazón de la tierra. Las historias y leyendas de la Sierra decían que la montaña lloraba por tantos amores perdidos, por los sueños rotos, por el olvido, la rabia o la pena de cada una de las personas que se "perdían" en sus bosques, de aquellos que deambulaban para dejar marchar el sufrimiento. La montaña conmovida, acogía lo que la gente dejaba, lo transformaba en agua y lo hacía correr desde su interior para regar los campos, dar de beber a esa misma gente o para seguir manteniendo la belleza de aquel paisaje...

Marta veía el recorrido del agua, imaginaba aquellas lágrimas derramadas; cada una llevaba un sueño, un pensamiento, una pena... Imaginó amores imposibles enredados en las hojas, en las pequeñas ramas, en el agua. Imaginó los sueños perdidos deslizándose entre las piedras y el musgo... ¿Llevaría aquel manantial alguna alegría? Pensó en sonrisas, nuevas vidas, abrazos, besos, caricias de enamorados... sentimientos hermosos mecidos por el agua y acunados por la fría humedad que asomaba del interior de la tierra... Y se imaginó el amor o la amistad envueltos en frío. Aquello no le gustó, porque el amor, la amistad o un abrazo, necesitan calor para crecer, no los veía en el agua helada que tenía delante.

—No, seguro que no, las alegrías no debía llevárselas, esas debían quedarse en las personas; la gente no abandona lo bueno, se queda con eso, o deberían quedarse con lo bueno que le sucede, ¿no? —pensó mirando el agua embobada.

En ese instante una voz a su lado preguntó...

—¿En qué piensas...?

—En aquellas cosas que se lleva el agua —respondió con la mirada fija en el pequeño salto de agua...

—Y tú... ¿En qué piensas? ¿Qué quieres que se lleve?.

—Todo aquello que hace sufrir a la montaña —respondió Marta acariciando la corteza de un árbol que tenía cerca.

De repente, una intensa brisa bajó de la montaña, levantó algunas hojas y las depositó sobre el pequeño riachuelo. Los árboles se movieron a modo de danza, como dando las gracias... El viento removió el pelo de Marta que se quedó mirando el camino que seguía una hoja en la cascada. Se apartó el pelo de la cara y esbozó una sonrisa.

—De nada —susurró.

—Cada día me gusta más este lugar y tus historias. ¿Quién te enseñó tantas cosas? —Dijo Carlos llegando a su lado.

—Mis abuelos, la sierra, el viento —respondió ella sin perder de vista la hoja...

—¿El viento? ¿Qué puede enseñar el viento? La sierra entiendo que cuenta historias, las montañas, los valles, las casas de los pueblos, los árboles, todos cuentan historias de la vida en estos lugares, de cómo ha ido avanzando o cómo han vivido a lo largo de los años. Los lugareños cuentan historias vividas, los escritos hablan de pueblos antiguos y pobladores del pasado. Pero el viento... Solo un silbido... O el ruido en los cristales —Dijo Carlos mirando hacia los árboles que se movían al compás del viento.

—El viento me cuenta, me trae historias, olores, frescura... Me habla de vida, de mariposas blancas que revolotean alrededor de aguas cristalinas, me cuenta de lágrimas mezcladas con el agua. El viento mueve las hojas, agita los árboles, hace bailar al riachuelo, que en su movimiento trae sonidos que abrazan, animan o relajan... El viento es la voz de los bosques, los senderos, los ríos, de las hojas que atrapa en su soplar y soplar... —dijo Marta abriendo los brazos cómo si quisiera abrazar al viento.

—¡Vaya, cuántas cosas...! Nunca hubiera imaginado eso que me cuentas...—dijo Carlos siguiendo aún el movimiento de los árboles.

—Eso es porque nunca te has parado a escuchar... El viento es el que nos trae los sonidos, el que avisa a quienes lo escuchan del temporal, del cambio de estaciones. Depende de hacia dónde sople podemos escuchar lo que tiene que contar, siempre tiene algo que contar, sólo hay que poner atención. Todo lo que nos rodea tiene algo que decirnos, sólo hay que saber escuchar... El agua misma tiene su historia, o esa hoja que acaba de caerse —siguió hablando Marta.

—Uf, si tuviera que poner oído a todo lo que me rodea me volvería loco. No podría con tanta información. Sería imposible Marta —dijo abriendo los brazos en un gesto de abrazarlo todo.

—Hoy sólo el agua y el viento... en el día a día, escúchate a ti mismo y a los que te rodean. Las miradas, las lágrimas, un susurro, una sonrisa, un suspiro...todo nos dice algo, sólo hay que prestar atención. Pero hoy vamos a escuchar las historias de este precioso lugar de la Sierra.

 Y Marta empezó un nuevo relato para su amigo:

—Durante años, la montaña ha ido acogiendo visitantes de distintos lugares que venían a dejar sus pesares en largos paseos... Hubo un tiempo en que fueron tantas las lágrimas derramadas que casi se inundó el valle, fueron años duros por estas tierras. ¿Crees que alguna vez dejará de manar agua, Carlos? ¿Será que entonces nadie tendrá penas que contar...?

¿Y tú? ¿Qué crees?

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