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Marroquín, Inmaculada – “La madre”



Siempre quise tener hijos. Era la ilusión de mi vida. Ya de pequeña me encantaba jugar con muñecas, cosiéndoles con mis torpes manos de niña, minúsculos vestidos sin mangas, abiertos por delante. En una época donde proliferaban los juguetes unisex, yo prefería siempre las muñecas, para desesperación de mi madre, feminista practicante y absolutamente convencida de las bondades de una educación igualitaria para niños y niñas. Se empeñaba en regalarme juegos educativos, maletines con lápices y colores,  de construcción y montaje….y un sinfín interminable de juegos de mesa, pero yo siempre demandaba muñecas. Las tenía de todo tipo y condición; muñecas y muñecos, grandes y pequeñas, blancas y de razas exóticas, al menos para aquel tiempo donde la diversidad étnica no estaba tan a la vista como ahora, de trapo y de porcelana, con las que era muy difícil jugar, y por supuesto de plástico. Les ponía nombres extraños que a veces oía en las películas y otras me inventaba. Les daba el biberón a las más pequeñas y a las grandes les preparaba comidas imaginadas, cuidándolas como si de mis hijas se tratara.

Por eso, en aquel día frio y lluvioso, que presagiaba los acontecimientos que vendrían, algo se quebró en mi interior. Después de intentos infructuosos por quedarme embarazada, de pruebas y más pruebas que ahora se me antojaban inútiles, el doctor nos lo dijo sin rodeos «María, no puedes tener hijos» para a continuación explicarme, lo más claramente que su lenguaje técnico le permitía, el porqué de aquella afirmación. «Un fallo en tus ovarios» es lo único que acerté a comprender, el resto lo oí sin oír,  una larga disertación sobre mis fallidos ovarios y las pruebas que me habían realizado.

Pero a mí no me importaba. ¡Yo solo quería ser madre! ¡Como fuera y costara lo que costara! Ese había sido mi sueño desde la infancia. Cuando a mis compañeras de colegio les preguntaban bienintencionadamente qué querían ser de mayores, pregunta  inútil que suele hacerse a los niños por otra parte, la mayoría contestaba la consabida retahíla de profesiones de moda en el momento, a saber: médicos, enfermeras, maestras, dependientas de tiendas de moda, azafatas, periodistas. Incluso, una de ellas contestó que quería ser bombera, para divertimento de toda la clase. Yo, por mi parte siempre respondía lo mismo: madre.

—¡Ah, bueno, eso es fácil! —dijo una de ellas.

¡Fácil!, ¡fácil!, ¡fácil! Aun resuenan sus palabras en mi cabeza. ¿Quién fue aquella que lo dijo?, ¿la que quería ser bombera? Probablemente. Ya no lo recuerdo. Seguro que para la mayoría de ellas, la maternidad ha sido algo natural.  Para mí ha sido de todo menos fácil; años de ilusiones frustradas mes a mes con los consiguientes sangrados que llegaban puntualmente, como una broma cruel del destino. Años de pruebas y ensayos, de médicos y tratamientos. Años, en fin, de frustración y desesperanza, de amargura y sueños rotos, de repasar con los dedos las cabezas de aquellas muñecas que me han acompañado desde la infancia, queriéndoles dar vida, convirtiéndoles en hijos e hijas, pero nada, ahí seguían sobre la cama, en las estanterías, tan inertes como siempre lo estuvieron desde que dejé de ser niña, con sus caritas sonrientes y sus boquitas de piñón, desvaídas algunas por los años.

Y él, callado, acompañándome siempre en mi peregrinar de consulta en consulta, de tratamiento en tratamiento, de innovación en innovación,  aliviado de que el fallo no estuviera en él, siempre paciente, siempre comprensivo, siempre amable, siempre a mi lado. Siempre, siempre, siempre…

Y allí estábamos los dos, escuchando las palabras del médico, cogidos de la mano, esperando él, que con la fuerza de su cariño, la sentencia que se acababa de pronunciar impactara menos en mí y no me hiciera tanto daño.

Alguien nos sugirió la adopción de un niño y puesto que de ninguna manera podría ser madre de un hijo biológico al menos lo sería de uno adoptivo. Al principio, la idea no me pareció muy apropiada, pero pronto cobró forma en mi cabeza. ¡Si, esa era la solución!  Le querría igual, de ello estaba bien segura. Y así comenzamos otro largo periplo de papeleo y trámites burocráticos ayudados por una Agencia especializada en  adopciones internacionales, mucho más fácil que una adopción nacional que podría demorarse hasta 9 años, lo cual nos ayudó con las gestiones, a cambio de su correspondiente peculio. Como todo el mundo, buscábamos un infante cuanto más joven mejor. Veremos lo que se puede hacer, nos dijo la empleada de la agencia encargada de nuestra solicitud. Con un poco de suerte es posible. Elegimos Colombia, pues nos dijeron que las gestiones eran de menor dificultad y no teníamos el inconveniente del idioma. Además a mí, se me antojaba más cercano que la India o China.

Y así fueron pasando los días, las semanas, los meses y se cumplió el primer año. Nunca perdí la esperanza y daba por bueno todo el tiempo y dinero empleado. Me acostaba cada noche con el anhelo de que al día siguiente sonara el teléfono con buenas nuevas, soñando con mi hijo; no dejaba de preguntarme si sería un niño o una niña. No habíamos elegido el sexo, para no dilatar mas la espera y como si de un embarazo  se tratara, no queríamos saberlo hasta el final, aunque el proceso sobrepasaba con creces los nueve meses. Y así pasaron dos años, dos largos e interminables años. Y yo seguía con la misma ansiedad que el primer día. Quería ser madre, pero la maternidad no llegaba.

Por fin, un día nos avisaron de la Agencia de adopciones, la espera había terminado, todo estaba listo, debíamos ir a Colombia y permanecer allí un mes para una inicial toma de contacto con el niño y con las autoridades del hospicio donde éste se encontraba. Fue la Agencia quien de nuevo, se encargó de los pasajes, de la reserva del hotel para nuestra estancia en el país y de los trámites legales para la adopción del niño, ya con nombre y apellidos. Para mí fue un periodo precioso de alegría desbordante y de actividad sin descanso. Nada podía empañar mi felicidad. Por fin iba a poder cumplir mi sueño, ansiado dese la infancia. ¡Por fin iba a ser madre!

Era un chico y se llamaba Mario, moreno, muy moreno, de pelo lacio que le caía sobre el rostro, con grandes ojos oscuros que nunca miraban de frente. Bajito para los siete años que tenía y muy delgado. Extremadamente delgado. Nos dijeron que se negaba a comer desde que sabía que iba a ser adoptado. Nada importaba. Allí estaba el niño, ¡mi niño, mi hijo!

El mes pasó como en un suspiro y cuando quise darme cuenta estábamos volando de vuelta a casa, solo que ahora  viajábamos tres personas. ¡Ya éramos una familia!

Mario apenas hablaba, durante nuestra estancia en Colombia apenas había pronunciado unas palabras. Un lacónico gracias, en escasas ocasiones, como muestra de correspondencia a nuestros regalos. Tenía siempre una mirada perdida que no se detenía en nada. Todo cambiará cuando se encuentre en casa, en su casa, un verdadero hogar que yo había preparado para él con esmero, no dejaba de repetirme.

Pasaron los meses y Mario no se adaptaba. Siempre extraño, siempre solitario, inmerso en un mundo interior al que yo, ahora su madre, no tenía acceso. No se relacionaba con el resto de los niños del colegio donde lo matriculamos. Al principio pensé que era por ser un poco mayor que los niños de su clase debido a su retraso madurativo, pero pronto quedó claro que ese no era el motivo. No quería jugar con nadie, siempre aislado en un rincón del patio y lo que era peor, cuando sus compañeros le incomodaban, reaccionaba con violencia.

Nuestros familiares nos decían que el niño era raro, problemático, que daba la sensación de que no nos quería ni quería estar con nosotros, pero yo no lo veía. Simplemente me parecía que le faltaba tiempo y que todo mejoraría con amor y paciencia. Su retraso madurativo fue superándose con ayuda de especialistas y mediante terapia ocupacional y logopedia, pero no así su retraso afectivo y emocional ni sus tendencias violentas. De nuevo mi vida volvió a ser un peregrinar de consulta en consulta, esta vez de pediatras y psicólogos; trastornodesafiantenegativista, primero; trastornoreactivodevinculación, despues.

Mario era violento, hacía daño a otros niños y a cuantos animales se ponían a su alcance. Los vecinos se quejaban constantemente por las crueldades que infringía  a sus mascotas. También se hacía daño a sí mismo. Se arañaba las manos hasta sangrar y se mordía las mejillas y los labios. Y lo peor de todo, seguía sin hablar.

Yo no entendían que aquel niño, tan deseado y tan amado pudiera mostrar ese comportamiento. Cuando le preguntaba, se me quedaba mirando con sus grandes ojos perdidos y no respondía. Evitaba mis abrazos y mis gestos de cariño. Y así fueron pasando los años, entre consultas psicológicas y terapeutas, expulsiones de colegios por agresiones a sus compañeros y un infierno en el día a día. Yo misma no podía soportar el estrés de aquella situación por lo que tuve que ponerme también en tratamiento. Mi matrimonio hacía aguas, aunque él, siempre paciente nunca dio el paso definitivo del abandono, y a pesar de que nunca dijo nada, yo intuía lamentaba la decisión que tomamos en su día de adoptar.

Mi corazón estaba ahora hecho pedazos, mis ilusiones rotas y mi sueño cumplido, pero vaya ¡de que manera! Era madre, si, pero de un hijo imposible que no me quería, de un ser extraño que vivía conmigo en la casa  y que no quería tener nada conmigo, con nosotros. Yo era su madre, el era mi hijo. El no me quería y yo estaba confundida. ¿Qué sentía por aquel extraño? Era su madre, pero… ¿le quería? El dolor era tan fuerte que imposibilitaba una respuesta a mis preguntas.

En cuanto cumplió 18 años, Mario se volvió a Colombia. Aliviada le acompañé al aeropuerto. Nunca le pregunté qué pensaba hacer de ahora en adelante, nunca le pregunté donde iría ni de qué viviría. Simplemente le acompañé como lo hubiera hecho con algún extraño y sin despedida alguna me volví a casa. Me dirigí a la habitación de invitados donde estaban expuestas todas mis muñecas, recuerdos de una infancia ahora muy lejana y sin más las tiré a la basura.

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