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Marroquín, Inmaculada – “El tío”



Me encontraba en el segundo piso de la casa familiar cuando  le vi.  Era una edificación de ladrillo y piedra, moderna y funcional.  Construida sobre una ladera no muy escarpada de la colina. Con vistas al río desde el Sur, al que se podía acceder por una portezuela de metal, descendiendo una escalinata de piedra de unos cuatro metros. En la fachada, contraventanas verdes contrastaban con el blanco de las paredes.  En la planta baja, el garaje, la bodega  que además, se utilizaba para guardar la leña que se quemaba en la chimenea y  una sala acristalada que servía de invernadero para las flores más delicadas, que no soportaban la crudeza del invierno. Desde éste se accedía a un amplio recinto al aire libre, donde se habían instalado dos grandes mesas rectangulares con sillas de terraza para las comidas familiares. Un sauce proporcionaba sombra a los ocupantes. A la derecha, la piscina con su trampolín rojo carmesí y un poco más allá, los columpios.

En la primera planta, a la que se llegaba desde abajo, por una escalera que salvaba el desnivel, se hallaba la cocina, grande y espaciosa, como corresponde a una familia tan numerosa. Dos cuartos de baño. Un vestíbulo donde se abría la escalera interior y el salón con chimenea, sobre la que reposaba como dormida, la cabeza disecada de un jabalí, que a mí, cuando era pequeña, siempre me daba mucho miedo.  En la superior dos baños más  y los dormitorios. Una terraza semicircular rodeaba toda la segunda planta.

Por el Norte, el portón del recinto daba a un camino apenas asfaltado  que  al amanecer se llenaba de lagartijas calentándose al sol. En su interior, un jardín con árboles frutales enanos y grandes setos de rosas de todos los colores. Al fondo una higuera, que uno de los tíos había plantado y que   perfumaba con su aroma las largas tardes de verano. Atravesando  un porche  decorado con grandes maceteros rectangulares de geranios, hortensias y claveles, se llegaba a la puerta principal de la casa, por donde entraban las visitas.

Era la casa de mi infancia y de mi juventud, donde crecí feliz, rodeada de abuelos, tíos y primos, en una familia grande y bien avenida que mi abuela gobernaba con aires de sargento. Era la casa de verano, de las vacaciones de Navidad, Semana Santa  y de los fines de semana.

De ella hablábamos los primos con el lenguaje de los niños, inventando historias de fantasmas, ovnis y extraterrestres, que venía a aterrizar en nuestra terraza con sus gigantescas naves espaciales, espantando a nuestros mayores para divertimento nuestro. En ella imaginábamos aventuras sin fin, alzando nuestras tiendas de campaña en el jardín, simulando que estábamos en África,  hoy de cacería, mañana a la búsqueda de algún oculto tesoro. En ella, jugábamos al escondite, improvisando escondrijos imposibles donde ocultar nuestros menudos cuerpos infantiles.

Miraba por la ventana de la habitación de mis padres cuando le vi entrar atravesando la verja de la puerta principal. Lo primero que sentí fue una alegría inmensa por su llegada y bajé corriendo la escalera para salir a su encuentro. Caminaba con paso firme y decidido hacia el poche a donde llegaría antes de que yo bajara la escalera. El sol estaba en lo alto. Debía de ser mediodía, uno de esos días luminosos y espléndidos con los que de vez en cuando nos regla la naturaleza en el norte. Su figura alta y delgada, lo llenaba todo. Vestía, como siempre, pantalón vaquero y camisa. Moreno y de nariz prominente con sus sempiternas gafas caídas sobre la nariz que  le daban un porte despistado. El pelo se le había llenado de canas, pero mantenía su apariencia jovial y vitalista. Sonreía.

—Sobrina— me dijo cuando llegue a su altura.  Siempre se había dirigido a mí de aquella manera y me emocioné.

—Tío— le contesté, echándome a su cuello y abrazándole.

Lo que más me impresionó era la luz que desprendía, que emanaba de su interior y lo envolvía todo, sumándose a la belleza de aquella mañana. No quería separarme de él.

—He venido a buscarte, lo sabes ¿verdad?— me dijo dulcemente, mientras con suavidad  me desanudaba los brazos de su cuello para mirarme a los ojos.

—Lo sé— de dije mirándole a mi vez, a los ojos. ¡Y estoy preparada!

Había querido muchísimo a ese tío, que fue la alegría de  mi infancia, con su carácter desenfadado y risueño, al que no le importaba nada mancharse la ropa, tirarse al suelo  y jugar con nosotros, los niños, para disgusto de mi tía, su mujer que le echaba unas tremendas reprimendas. Es como un niño, solía decir mi abuela de él.

Mis ojos se llenaban de lágrimas. ¡Hacía tanto tiempo que no le veía! Estaba igual que en mis recuerdos, como si el tiempo se hubiera detenido, congelado en aquel último verano que nos vimos. La claridad y la paz flotaban en el ambiente  y mi dicha era completa.

Caminábamos juntos cuando comprendí que no podía irme con él. Quería hacerlo, pero sabía que era demasiado pronto, que aún me quedaban cosas por hacer, días por descubrir  y lágrimas que llorar. Se lo dije.

Acercándose depositó un beso delicado en mi mejilla y soltando mi mano comenzó a alejarse en dirección al jardín. Lloraba mientras le veía marchar. En ese momento una fuerte luz me dio de lleno en el ojo derecho y entreví, cegada y aturdida, la cara de un desconocido que me observaba.

—Tranquila, no te asustes —oí que  me decía la figura borrosa que me examinaba, apagando la linternita con la que acababa de reconocerme—. Estas en el hospital, esta mañana has tenido un accidente.

Entonces entendí que no había sido un sueño y recordé que mi tío llevaba muerto más de diez años.

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