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Marroquín, Inmaculada – “El pino maldito”



(Dedicado a Aurora)

Nadie entre los vecinos recordaba cuando lo habían plantado, siempre había estado ahí  y era una presencia cercana en  aquella comunidad. Los más viejos decían que ya estaba cuando se mudaron. No era muy alto para lo que pueden ser los de su especie, pero en medio de aquellos edificios de ladrillo rodeados  de aceras y asfalto parecía imponente. Debía medir unos quince metros, con un tronco recto y erguido de color marrón ceniciento, sobre el que se disponía una copa piramidal y grandes ramas caedizas. Se encontraba en un pequeño jardín, en el que convivía con unos menguados setos de adelfas y escalonias,  que un jardinero ocasional cuidaba con poco esmero.

Nunca había molestado a nadie o al menos nadie se había quejado hasta ese momento. Pero un día, en la hoja que apareció en los buzones de la vecindad convocando a una junta comunal,  y en el punto sexto del orden del día, aparecía como asunto a tratar: “las quejas de los vecinos de la primera escalera por las molestias ocasionadas por el árbol  que se encuentra en el jardín“.

¿Molestias?, se preguntaron algunos. ¿Molestias por qué?, decían otros. El árbol siempre había estado allí y hasta la fecha nadie se había quejado.

Pronto se aclararon las dudas y en la reunión que se celebró, los vecinos afectados expusieron sus protestas. Las ramas del árbol molestaban a quienes habitaban  los pisos inferiores, estaban muy cerca de sus ventanas y les quitaban la vista y lo peor de todo, se les llenaba las casas de insectos, como alegó casi gritando la mujer del 2º B. ¡Hay que talarlo!, aulló el del primero A. ¡Mañana mismo llamamos al jardinero y que lo corte!, seguía diciendo el mismo individuo.

¡Tranquilidad!, ¡tranquilidad!, ¡tranquilidad!, pedía agobiado el presidente  que dirigía el evento. Pero allí nadie se tranquilizaba,  las palabras subían de tono a la vez que el ambiente se iba caldeando y la reunión terminó por ser una pelea entre los escasos defensores del árbol y los partidarios de su tala.

Nadie supo muy bien que había pasado al final, sin embargo, en la copia  del Acta de la reunión que el Secretario les remitió en los días posteriores, quedaba claro el acuerdo por mayoría en favor de  la tala del árbol.

Unos pocos vecinos, antiguos defensores, aceptaban ahora resignados su pérdida; por la paz comunal, comentaba  el del quinto C a quien quisiera oírle;  porque la mayoría quiere que se corte, decía indiferente el del sexto A. El asunto había trascendido y no se hablaba de otra cosa en las tiendas del barrio. Pero  nadie recordaba la disputa,  ni que el árbol aquel hubiera tenido algún día  partidarios.

La panadera, una mujer regordeta y vivaracha que era también vecina de la comunidad y precisamente  propietaria del primero C, se había encargado de ello. Con una habilidad propia de un diplomático había ido poco a poco haciendo campaña entre sus convecinos: ¡que si está muy viejo!, ¡que si cualquier día las ramas se nos van a caer encima!, y ¡fíjese Ud.! ¡ Con el viento que hace en esta ciudad…! además,  y diga lo que diga la del sexto B, ¡el pobre es tan feo…!

La del sexto B era una mujer madura de edad indeterminada, como la mayoría de las mujeres en ese periodo de su vida, morena y de grandes ojos oscuros que a veces parecían un poco tristes. Vivía sola desde que sus hijos se fueron de casa hacía ya algunos años. A menudo se la veía mirando por la ventana, abstraída y ausente en dirección al jardincillo.

No se relacionaba demasiado con el resto del vecindario pero no por ello era considerada hosca o huraña, como “la loca” del cuarto B, que no se hablaba con nadie y siempre torcía el gesto cuando se encontraba con alguien en el portal. Por el contrario, estaba considerada como amable y muy educada, aunque en el decir de la panadera un tanto extraña.

Notificado el ayuntamiento, obtenidos los permisos pertinentes y bajo la dirección de un técnico de Medio Ambiente, se acordó con el jardinero que ese mismo lunes comenzaran las tareas para la eliminación del árbol. El jardinero indicó que se necesitaría contratar más personal pues aquella operación era más complicada de lo que parecía a simple vista, y  que el lunes empezarían los trabajos.

Llegado el día, se congregó una multitud para presenciar la operación. Prácticamente todos los comuneros estaban allí expectantes; ¡por fin se iba a terminar el maldito asunto del árbol que les  traía de cabeza desde hacía muchos meses!

El jardinero y sus ayudantes, equipados con unos llamativos cascos rojos, acordonaron una zona de seguridad lo suficientemente amplia para maniobrar sin peligro del público y de los coches estacionados, pero que permitía una visión clara de todas las actividades.

Planificados los pasos a seguir, estudiada la inclinación del terreno y decidida la dirección en la que debía de caer, el jardinero, con gran parsimonia y gesto de importancia, se dirigió  a la motosierra  y la puso en marcha comprobando su buen funcionamiento. Todo estaba saliendo bien, pensó aliviado, no todos los días le encargan a uno talar un ejemplar como aquel. La máquina rugió con estruendo confirmando su buen estado.

A continuación se dirigió al árbol y se colocó detrás de él con los pies  bien separados, consciente de  que era el centro de todas las miradas, adoptando una postura firme y estable. Los congregados se mantenían en silencio cuando la motosierra volvió a rugir. Poco a poco, como si de una operación quirúrgica se tratara, el jardinero la acercó al tronco y cuando iba a cortarlo, la máquina, de repente, se paró, ¡así, sin más! Simplemente dejó de funcionar. El jardinero, nervioso, miraba y remiraba el aparto: ¿qué le pasa?;  ¿por qué no funciona?, ¡si iba hace un momento!

No hubo manera de que funcionara y la tala del árbol hubo de posponerse hasta el lunes siguiente, acordándose que el  jardinero alquilara otra motosierra.

Lentamente la multitud se fue disolviendo. Poco había que mirar ya allí. Algunos volvieron a sus casas y los demás se fueron a sus asuntos. La panadera volvió a su panadería y la comunidad volvió a sus rutinas habituales. Ninguno sabía explicar qué había pasado. El jardinero había insistido en que su motosierra era nueva y de hecho todos habían comprobado cómo minutos antes había funcionado.

Nadie se percató de que en el sexto B la mujer extraña y de ojos tristes observaba con interés la escena por la ventana.

El lunes siguiente,  desplegadas todas las operaciones pertinentes para la tala del árbol, la nueva motosierra no funcionó. Esta vez se levantaron murmullos de sorpresa, que se convirtieron en indignación y disgusto cuando  una tercera motosierra tampoco arrancó. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué inexplicablemente los aparatos dejaban de funcionar?

Alguien sugirió que podría tratarse de los campos electromagnéticos del árbol que interferían con el buen funcionamiento de las motosierras. ¡Bobadas!, exclamó el del 2º C que sabía de electrónica. ¿Que son los campos electromagnéticos?, le preguntó la abuelita del tercero C a la panadera.

¡Si las motosierras no funcionan, que traigan una sierra manual!, exigió la vecina vociferante del 2º B.

Nadie, ni los técnicos del Ayuntamiento pudieron dar una explicación convincente a lo que estaba sucediendo.

En vista de la imposibilidad de talar aquel árbol, los vecinos acordaron que al menos había que cortarle las ramas.

Contrataron una nueva empresa que se dispuso a realizar el encargo. Llegado el día, y de nuevo congregados los vecinos junto con un gran masa de curiosos atraídos por lo insólito de la historia, los operarios prepararon todas las medidas de seguridad ya conocidas por los asistentes y se dispusieron a subirse a la plataforma elevadora para acceder a las ramas. De nuevo ésta, como si de algo conocido se tratara, dejó de funcionar. Los trabajadores no podían explicarse lo que estaba pasando. El jefe, nervioso y decepcionado, indicó a dos de ellos que trataran de subirse directamente a la las ramas para proceder a asegurar los anclajes y ver si así podían comenzar  la poda de al menos, las más bajas y pequeñas.

Eran hombre expertos, que conocían a fondo su trabajo, pero nada más tocar el tronco del árbol y como fulminados por un rayo inexistente, ambos cayeron al suelo inmóviles. Un ¡oh!, sonoro y prolongado se elevó al aire, y la multitud se revolvió inquieta: ¿qué está pasando?, ¿por qué se han caído los dos hombres a la vez?, ¿se habrán lastimado? Afortunadamente ambos recobraron en unos minutos la consciencia. Estaban bien, pero fueron incapaces de explicar qué les había sucedido.

La mujer  morena y de ojos grandes, contemplaba la escena desde su ventana, pero sus ojos ya no estaban tristes.

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