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Luz de febrero – Elizabeth Strout

Publicado el 10 de marzo de 2021


Reseña realizada por Begoña Curiel.

Qué personaje tan irritante e insufrible el de Olive Kitteridge aunque tenga una carga de autenticidad. Ella es centro y punto de conexión de historias en hogares, de vecinos y amigos de un pequeño pueblo. Elizabeth Strout crea una atmósfera emocional con la suma de lo cotidiano para elevarlo a la categoría de “lo realmente importante” en la vida. Luz de febrero tiene tono melancólico y tristón.

  Desconocía que Olive tenía anteriores partes. Ahora es una profesora jubilada a punto de conocer a Jack, el que será su nuevo marido. Luz de febrero habla de la segunda oportunidad que a veces te da la vida pero también de la soledad, la enfermedad, el duelo en la vejez, la relación con hijos y personas del entorno. Un mundo grande que reside en lugares pequeños como las casas o los caminos que entrelazan algunas.

  Porque Strout enmarca a sus personajes en un pueblecito de la costa de Maine donde todos se conocen, saben de las alegrías y tristezas del otro. Y estas últimas pesan o a mí me han pesado más que las primeras aunque intenten lanzar un mensaje de esperanza.

  Lo que más me ha gustado de Luz de febrero ha sido el mecanismo que articula la novela: con relatos de esos amigos y/o vecinos –aunque en algunos se dedique exclusivamente a Olive– que al final, van a parar o a enlazarse con la protagonista principal. Y he disfrutado más de algunas de esas otras historias que de la suya. Y su carácter no ayuda mucho.

  Que tenga temperamento no es un problema, que sea intratable, ofensiva –aunque sea por franqueza– y maleducada sin necesidad, por supuesto que sí. Auténtica es también, qué duda cabe y tiene sus arranques de generosidad. Pero la balanza se inclina más hacia el lado negativo de su personalidad aunque se le permitan licencias por tener cierta edad. No sé cómo sería en su juventud, pero me da que lo suyo, no es cuestión de años.

  Me “olvidaba” a ratos de ella con esos otros relatos y vivencias que, por muy desalentadoras que fuesen, me envolvían del encanto que por otra parte tiene Luz de febrero en su conjunto. La sensación ha sido más intensa según iba acercándome al final, cuando Olive –no puedo decir más– se encuentra digamos en un escenario diferente al del comienzo de la novela. Es allí donde la relación y las conversaciones que cruza con una mujer me hicieron sentir la calidez de la luz a la que alude el título de Strout.

  Puede que mi decepción se deba a los buenos comentarios –que figuran tras la sinopsis en la contraportada– de la novela de Fernando Aramburu («Lo más valioso de Elizabeth Strout es la sutileza con la que explora los recovecos de la condición humana», afirma) y de Zadie Smith. Por eso me compré el libro del tirón.

  Esta última asegura que es una escritora increíble. Con Luz de febrero al menos, Strout no me ha dejado fascinada, cosa que sí me ocurrió con Smith y de forma diferente con Aramburu (incluso antes de su magnífica Patria). No se pueden comparar sus obras –escritura y contenidos–, tan distintas; me refería a las impresiones que me causan como lectora. Y como ellos, cada lector es un mundo.

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