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Los niños de Lemóniz – Estela Baz



Reseña realizada por Begoña Curiel.

Es curiosa la memoria, cómo guarda momentos que salen del baúl al azuzarse. Lo ha hecho Estela Baz. Ha removido emociones durmientes como tantas que no recuerdas hasta que son agitadas. Ni con mucho mis vivencias pueden llegar a acercarse a este poderoso testimonio, pero los recuerdos han vuelto con intensidad a mi cabeza con su lectura. Esta novela es un sentido y necesario homenaje a las familias y especialmente a los niños que indirectamente sufrieron el triste episodio de una central nuclear que nunca llegó a serlo.

  Comenzó a edificarse a principios de los setenta en Lemóniz, localidad vizcaína donde se asentó. Fue el nombre de esa población quien tituló un capítulo muy desconocido fuera del País Vasco. La construcción no tuvo descanso ni un momento de respiro: el edificio y por supuesto los trabajadores de este proyecto de gran envergadura. La banda terrorista ETA se apropió del mensaje de asociaciones ecologistas que clamaban contra la empresa. Hasta 1982 no cesaron los atentados que acabaron con vidas y por supuesto con la posibilidad de arrancar la central nuclear.

  Estela Baz relata una especie de “La vida es bella” con las madres de esas familias que fueron hasta allí para levantarla. No en vano, la autora era una de “las niñas y niños de Lemóniz”. Formó parte del conglomerado de familias que fueron repudiadas en la localidad porque los padres trabajaban en esta construcción.

  Las mujeres idearon para sus hijos mentiras en forma de juegos mientras vivían aterradas, a medida que los tentáculos terroristas hicieron del miedo un latir cotidiano. Suavizaban la tragedia diaria de amenazas y rechazo, con la piedad de las mentirijillas divertidas que los niños necesitan: la búsqueda de los “duendes” bajo el coche, las persianas cerradas a cal y canto para jugar a las “tinieblas” o fijar el número de tonos necesarios antes de coger.

  Que sospecharan que algo extraño ocurría a su alrededor –como cuando les contaban que no podrían volver más a algún amigo– no restó –supongo que dependería de las edades de los niños en cuestión– felicidad a la infancia que solo ellos saben disfrutar. Los engaños piadosos eran imprescindibles. Otra cosa debieron ser los recuerdos y las dudas cuando la mente se hizo adulta.

  Valoro profundamente el ejercicio de catarsis personal que esta escritura ha debido suponer para la autora. Ha sacado a la luz un conflicto silencioso como tantos otros que quedan por contar de los años del terrorismo de ETA. Me conmueve el esfuerzo, la rabia, el dolor y la tristeza que habrán envuelto las horas de trabajo de Estela Baz para crear estos críos de Lemóniz, víctimas a las que no pusimos rostro en el tortuoso camino sufrido en el País Vasco por la lacra de ETA.

  Angela es la protagonista de su novela –imagino que es ella, rebobinando en el tiempo– junto a otros niños y madres anónimas a los que ha querido dar voz. Me ha sorprendido de qué manera ha conseguido que yo también hiciera un rebobinado particular: en el barrio bilbaíno de mi infancia y adolescencia y ese maravilloso casco viejo de la ciudad, donde –al igual que en muchos lugares– se manchaba con pintadas –en todos los sentidos–, como ese “GORA ETA” de la portada del libro (maravillosa y tan evocativa de ese paisaje al que tuvimos que acostumbrarnos) así como todos los lemas habidos y por haber contra la central nuclear, para las que circularon las chapas de “Lemoiz, ez” (Lemóniz, no) con el dibujo de un sol en el centro.

  Recordaba vagamente -o eso creía– todo ese ambiente de oposición a la central nuclear en la calle, esa que “tan bien” sabía manejar la kale borroka con violencia tan verbal como silenciosa, esa que generaba un temor soterrado que terminaba por naturalizarse, gracias a la práctica del “no hablar donde no debías” y del “mejor no hacer comentarios ante algunas personas”. Como si se cumplieran unas normas no escritas que sin embargo pesaban como el plomo.

  En lo literario no cuenta con la fuerza ni el peso narrativo que muestra su mensaje. Siento decir que el relato de lo cotidiano, en esa batalla encomiable de las madres coraje en los hogares, resulta repetitivo. Es cierto que resulta interesantísimo el variado abanico de tretas destinadas a los pequeños de la casa para disfrazar la realidad. Es complicado confeccionar continuos diálogos cuando los niños son los protagonistas. Supongo que esa era la fórmula deseada por la autora para que el lector fuera más consciente de cada paso, de cada momento vivido entre paredes. Pero desgraciadamente ha restado brillantez a la narración que podría haber tenido muchas más posibilidades.

  Hay un aspecto que me gustaría destacar y es el comienzo de cada capítulo con titulares de la prensa de la época, como relato cronológico del conflicto de Lemóniz. Con fechas, datos e información sobre atentados, secuestros, destrozos materiales, opiniones cruzadas... La información periodística certifica la terrible magnitud en cifras que no recordaba sobre esta tragedia. Insisto, una de tantas enterradas por el olvido por mucho que se haya  hablado y escrito de los años grises de ETA llenando de sangre, rencor y luto un lugar tan hermoso y digno como las buenas gentes del País Vasco.

  Me ha ocurrido muchas veces con libros que hacen sentir, que trascienden porque llegan al corazón de una manera especial, donde las observaciones y comentarios desde el punto de vista literario pasan a un segundo plano. Este es uno de esos casos. Aunque la calidad de su escritura no sea lo más destacado, agradezco profundamente que esta novela cayera en mis manos. después de un comentario hecho por otra escritora, Edurne Portela. Así, a veces, se van hilando las lecturas. Sin buscar, porque aparecen sin más. Así de maravilloso es esto de leer. Un aprendizaje continuo.

  Qué ironías de la vida. Busco información tras terminar este libro sobre el presente de ese edificio de la central nuclear que nunca arrancó. Me encuentro que existe un proyecto para convertirlo ¡en una piscifactoría! Qué cosas... Seguro que la autora de la novela como otros, tendrían algo o mucho que decir al respecto. Igual no. Quién sabe. En todo caso, gracias Estela Baz por tu valentía.

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