Los asquerosos – Santiago Lorenzo

Reseña realizada por Begoña Curiel.

Lo que he disfrutado esta lectura. Me he reído con este continuo despiporre de infinitas ocurrencias entre neologismos y expresiones de una inventiva desternillante. Santiago Lorenzo define por multiplicado la misma situación, personas u objetos. ¡Y no cansa! Ya que la RAE acaba aceptando términos que son dignos de discusión, tras esta lectura propondría alguno que otro sacado de estas páginas. Pero no crean…, esta novela es tan divertida como seria. 

  A Manuel le cambia la vida un destornillador y un encuentro casual con un antidisturbios. Se lo clava en el cuello. Sí. Aquí comienza así su peripecia. Huye a una aldea abandonada. La escapada impuesta se convertirá en gustosa forma de existencia. Lo irá descubriendo poco a poco junto al afortunado lector, gracias a la narración del tío de Manuel.

  Antes del incidente, Manuel ya contaba con materia prima especial. Pero hay que reconocerle su capacidad de adaptación al entorno, a la búsqueda de la eficacia de los recursos y sobre todo, a la ausencia de comunicación y aislamiento. Porque nadie debe saber dónde se oculta.

  Es un relato del “apañao” que llevamos dentro si a la fuerza ahorcan. Es la conversión del urbanita en convencido de la austeridad más radical, la apología de la innecesariedad de lo prescindible en la sociedad, una crítica brutal al apego enfermizo a personas y cosas. Eso entre otras pequeñas pegas que tiene nuestro mundo. Manuel no es un amante de lo rural pero descubrirá que no necesita más de lo que pueda tener a mano.

  Si ya es divertido este proceso, la bomba llega con “la mochufa”. Esa es una de las palabras-reina del libro; son los asquerosos del título: los invasores del silencio, disfrutadores del happy weekend en modo rural, que trastocan el recién descubierto paraíso del fugado. Así que… comienza la fiesta: la de Santiago Lorenzo con disparos a quemarropa hacia los trogloditas de campo por cuarenta y ocho horas.

  Cómo se desfoga. Qué ascazo dan estos asquerosos (aquí pegaría uno de esos emoticonos de nuestro móvil-mochufa). Cuánto me he reído con los piropos donde todos podemos reconocernos como “mochufa” (otra cosa es el grado, claro). Con esos tics urbanos y cutres que llevamos donde quiera que vayamos. La panda que se reúne a la vera de Manuel, lo fuerza al papel de voyeur profesional y metódico. Porque lógicamente, sigue siendo un fugado.

  Difícil buscar un ejemplo que resuma el arte de Santiago Lorenzo para retorcer y sacarse palabras de la manga en la continua descripción de los salvajes. Pero permítanme algunos párrafos porque son de traca: «Independientemente de cómo fuera la de sus ancestros, ellos no lucían expresión de listos. Su comportamiento no contravino nunca esta sensación. Los tanques en los que venían en convoy no pequeño diríanse antes adquiridos con el dividendo del pelotazo, la recalificación o el trafullo en la suspensión de pagos que con las rentas del talento. Les tiraba la ostentación, esa forma que tienen los advenedizos y los acomplejados de expresar su confusa relación con su dinero».

  Más. «Sentían un patente horror al silencio. No sabían estar sin hacer ruido, como si necesitaran la constante confirmación de que estaban presentes allí y en ese momento. Si el miedo al silencio es de gente acobardada ante sí misma, estos vivían en el pasaje del terror».

  Otra: «Decían divina de la muerte, momentazo, paquetillos verbales a base de fraseo prestado, botes de caca semántica consensuada que se recambia década a década, pero constituyendo la señal oral del lerdo». «Chorrudeces a palangana llena».

  Estas son afirmaciones de las suaves, las light. Hay para dar y regalar. Santiago Lorenzo no deja títere con cabeza para describirnos la fauna que desasosiega el espíritu de Manuel y con el suyo, el del lector, que a pesar del desastre ambiental, tiene que acabar a carcajada plena.

  Y ojo. Aquí no hay diálogos. Un meritazo. La voz del tío de Manuel nos lo cuenta todo, todo, todo. El nos hace de prismáticos y de mirones de Manuel y a su vez, de estos asquerosos incautos. Ya verán por qué digo incautos… Me muerdo la lengua.

  Si brutal es la historia y los recursos utilizados por el autor para ponerla en escena, más lo es el final. Pero brutal por bello. Después de tanta fealdad descrita, Santiago Lorenzo escoge un desenlace coherente con la nueva filosofía que Manuel plantea como factible. A mí, por lo menos, me ha encantado. Y aunque el personaje puede o no gustar, lo mismo que la historia y la verborrea semántica de la que ha tirado el escrito, ese FIN me resulta tremendamente hermoso.

  Así que me apunto este nuevo descubrimiento. Santiago Lorenzo, voy a por tus anteriores novelas. Encantada, aquí una fan de tu club.

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