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“Lo que el viento se llevó”, escrita por Margaret Mitchell, llevada al cine (entre otros) por Victor Fleming

Publicado el 25 de junio de 2020


“La literatura llevada al cine” por Iván Montero.

Después de algo más de seis meses, me vuelvo a poner frente a la pantalla para hablaros acerca de una obra que, tanto sobre el papel como llevada a la gran pantalla, alcanzó el éxito inmediato; y es que no solo significó dar a conocer al mundo entero muchas de las miserias que durante la Guerra de Secesión de los EEUU se vivieron, sino que también revolucionó en gran medida el mundo del cine de Hollywood. En realidad, no era mi intención escribir este artículo, pues tenía en mente otras obras antes de llegar a esta. Sin embargo, ciertos acontecimientos acaecidos en el último mes me han obligado a hablar ahora de Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell.

Hablemos en primer lugar de la vida de su autora literaria.

           Margaret Mitchell nació en Atlanta en el 1900 en el seno de una familia acomodada, y ya desde pequeña demostró su amor y devoción hacia las letras. De hecho, siendo una cría, solía escribir obras de teatro que representaba en el porche de su casa, demostrando a sus vecinos sus enormes dotes para el arte, al margen de relatos cortos y cuentos que atesoraba en sus cuadernos. Seguramente, gran parte de esta afición se debió a la influencia de sus padres. Su madre, Maybelle, la cual recibió una educación atípicamente exquisita en una mujer de su época, fue una feroz defensora del sufragio femenino y una referente de este movimiento en la zona. Sin lugar a dudas, este aspecto de su madre marcaría en gran medida la creación del personaje principal de la obra de la que os hablo hoy, Scarlett O’Hara. Hay anécdotas que, aun pareciendo pasajeras, se convierten en momentos clave de la vida de las personas. Así, cierto día, Maybelle le mostró a su hija la desolación de las ruinas de unas viviendas calcinadas en Clayton, cuya imagen se grabó a fuego en el corazón de Margaret, la cual sintió la necesidad de poseer una buena formación, sabedora de que, ante los devenires de la frugalidad de los bienes materiales, sería lo único que nadie podría arrebatarle. Una vez más, la influencia de sus vivencias perfiló el boceto de la protagonista de su obra. Por su parte, su padre, Eugene, fue un abogado conocido por su notable inteligencia y por su amor a la historia, y un voraz lector también, como no podía ser de otro modo.

         Margaret se llegó a casar hasta en tres ocasiones antes de escribir Lo que el viento se llevó. Su primer marido falleció en la Primera Guerra Mundial, hecho que agravó su pesar al coincidir en el tiempo con la muerte de su madre a causa de la gripe. Su segundo esposo, un contrabandista de nombre Berrien “Red” Upshaw, no logró darle más que tormentos y difíciles experiencias, terminando en un divorcio en 1922. Tras esto, cuando aún no había pasado ni un año, se casó con un antiguo pretendiente, John Marsh. Como puede apreciarse, el paralelismo entre la vida de la autora y la de Scarlett O’Hara son más que notables.

           Fue en esta época, tras sufrir un accidente y verse obligada a permanecer en cama, cuando comenzó a devorar libros de historia que guardaban relación con la guerra civil estadounidense, un tema que desde siempre la había fascinado. Esta fue la semilla de la que germinó Lo que el viento se llevó, tardando nada menos que una década en desarrollarla.

         Su obra, una novela romántica ambientada en la Guerra de Secesión en el sur de los EEUU, se convirtió de inmediato en superventas —llegando a haberse vendido en 1949 los ocho millones de ejemplares en todo el mundo—. De hecho, fue premiada en 1937 —un año después de su publicación— con el Premio Pulitzer. Dos años después, en diciembre de 1939, fue llevada a la gran pantalla.

          Un detalle destacable en la novela es el modo diáfano que la autora utilizó para escribirla, sin restar un ápice del talento descriptivo de esta, el cual facilitó enormemente las tareas de los productores cinematográficos. Algo que, si se me permite, también sucedió con El Señor de los Anillos. Y es que, cuando los escritores dibujan en la mente del lector tan detallados escenarios, es difícil caer en la tentación de trocar la mágica ambientación que embeben sus páginas.

La película de Lo que el viento se llevó se encuentra plagada de anécdotas y curiosidades. Rodada en poco menos de cinco meses, fue dirigida por hasta cinco directores diferentes, los cuales fueron abandonando el puesto por desavenencias con los actores o a causa de temas de salud. Asimismo, contó con 4 guionistas que tuvieron que hacer el hercúleo esfuerzo de plasmar casi mil páginas en poco menos de 4 horas de metraje. Resulta también curioso que el casting duró cinco veces más que la grabación de la película, ocupado principalmente en escoger a Scarlett O’Hara; y es que David O. Selznick, el productor, tenía muy claro que no deseaba a una actriz famosa, llegando a realizarse por consiguiente una selección entre casi 1.500 mujeres anónimas. Sin embargo, la elección de Vivien Leigh en el papel principal hizo que todo aquel trabajo valiera la pena; un solo movimiento de sus cejas era capaz de extraer del libro a la propia Scarlett O’Hara. Sin embargo, quien posiblemente se llevó la peor parte fue el compositor, Max Steiner, el cual apenas si pudo dormir poco más de 15 horas en 4 semanas para tener lista la banda sonora de la película. Tras aquello requirió de tratamientos médicos severos.

            Pese a todo, la película fue un éxito total y absoluto. Sobra decir que fue galardonada con 8 premios de la Academia de los Óscars —sin incluir los dos honorarios a equipo y color; y es que Lo que el viento se llevó no habría sido lo mismo si se hubiera filmado en blanco y negro—, entre los que destacan mejor película, mejor director, mejor guion adaptado, mejor actriz y mejor actriz de reparto, el primero otorgado a un actor de raza negra. Además, el guionista Sidney Howard se convirtió en el primer premiado póstumo, pues falleció seis meses antes de tal evento.

               Como se ha dicho, esta película fue la primera en otorgar un Óscar a un actor de color, en este caso a Hattie McDaniel. Sin embargo, pese a que se rompió una barrera, la mentalidad de la segregación racial estaba demasiado arraigada entre la sociedad (algo que, a pesar del pasar del tiempo, vemos que no ha mejorado demasiado). Como consecuencia, a la actriz no se le permitió asistir al estreno en Atlanta, detalle que molestó sobremanera a Clark Gable, el cual amenazó con boicotear el evento si no se tomaban cartas en el asunto. Quizás habríamos tenido nuevas anécdotas al respecto si no hubiera sido porque la propia Hattie convenció a Clark para que lo dejara pasar, consciente de la estrechez de mente imperante entre el pueblo americano.

              El hecho de haber ganado una estatuilla no sirvió para abrir puertas hacia otras interpretaciones a la buena de Hattie McDaniel, la cual quedó encasillada en el personaje de mammy. Por consiguiente, no faltaron críticas contra ella por parte de la gente de color, acusándola de contribuir en el estereotipo de sirvienta negra de los señoritos blancos. Sin embargo, con no poca gracia respondía: “prefiero ganar 700 dólares interpretando a una sirvienta, que ganar 7 siendo sirvienta”.

             Pese a que este último mes se haya hablado de Lo que el viento se llevó por sus temas raciales, no debemos olvidar que también hubo discriminación sexual (como en casi todo en este mundo en el que vivimos). Y es que por poco menos del doble de horas de trabajo, Vivien Leigh cobró poco más de una quinta parte que su compañero masculino, Clark Gable. Cierto es que la joven era una desconocida, mientras que él era un reputado y codiciado actor. Sin embargo, me resulta curioso que, con todo el revuelo montado, pocos hayan reparado en este asunto.

Así, considero que utilizar esta película como chivo expiatorio para censurar los graves incidentes acaecidos en Minneapolis contra George Floyd es cuanto menos desacertado.

               Evidentemente, todos somos conscientes de los abusos que la policía y los estamentos estadounidenses (y de muchos otros países) ejercen sobre la población negra o sobre cualquier grupo que no encaje con el ideal que el Sistema impone —y ahora estoy generalizando, consciente de que muchos individuos de estos cuerpos, sospecho que la mayoría, son ajenos a estos actos, y los censuran sin reservas—, por ejemplo, contra los homosexuales o incluso contra las mujeres de mentalidad feminista. Todos debemos castigar y luchar contra estos actos y pensamientos para tratar de hacer de este un mundo mejor; un mundo en el que quepamos todos con respeto mutuo. Sin embargo, cuando cierta empresa del entretenimiento, como lo es HBO, decide eliminar de su oferta una joya artística como esta, no queda otra que detenerse a pensar hacia dónde vamos y cuáles son las brisas que nos mueven. Curiosamente HBO, una empresa que en España ha pagado poco más de 40.000€ en impuestos, mientras utiliza paraísos fiscales para ahorrarse cuantías que deberían ir a la Educación o a la Sanidad a las que sus clientes tienen derecho. Este “postureo” resulta tan vomitivo que bien se merece un tirón de orejas.

          ¿Pero es esta película un icono del racismo y de la supremacía blanca? La autora, Margaret Mitchell, representó en su novela una situación falsa y carente de la realidad que los esclavos afroamericanos vivían en los estados sureños, ¡cierto! Sin embargo, ese era el prisma de su propia experiencia y de la época que vivió, pues la visión de sus abuelos había teñido la cruda realidad en colores pastel, haciendo que ella trasladara a sus páginas no poca añoranza de aquella. Hoy en día, resultaría ridículo pensar que esta obra moldea o colma de razones a sus espectadores para apoyar la esclavitud. Tan ridículo como pensar en suprimirla de la oferta de su cartelera.

           Como nota personal, me apetece mencionar el hecho de que la Guerra de Secesión no se llevó a cabo como un acto de filantropía. En realidad, el norte buscaba la industrialización, y para llevarla a cabo precisaba de mucha mano de obra. Un importante porcentaje de esta debía ser forzosamente de las personas de color. Como consecuencia de esa guerra, se liberó a los esclavos negros para atarlos junto a los blancos sin recursos en las nacientes —y nada seguras— cadenas de montaje. Evidentemente, a las personas de raza negra aquello les supuso un cambio de condiciones increíblemente reconfortantes, pero no borró el racismo que por desgracia aún impera en el país de la comida rápida.

      Lo que es una realidad es que tratar de eliminar aquello que más nos avergüenza de nuestro pasado, especialmente cuando está representado bajo el prisma de lo que consideramos erróneo —como es el caso que tratamos bajo mi punto de vista— no solo es estéril, sino que muy peligroso, pues puede llevarnos a repetir los errores que las generaciones venideras desconocerán.

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