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Las herramientas del escritor (2ª parte)



Las herramientas del escritor (2ª parte) por Ramón Sanchis Ferrándiz.

Analizaremos en este artículo algunas herramientas que utilizan los escritores para la correcta elaboración de una obra literaria. Las herramientas que aquí se citan, las encontraremos, sobre todo, en la narrativa, aunque no constituyen un patrimonio exclusivo de dicho género literario.

  1. la elección de la palabra adecuada:

Las palabras constituyen la auténtica herramienta del escritor, pues con ellas trenza las frases y crea la urdimbre que compone su obra. Elegir las palabras que utiliza a conciencia, es para él una labor de suma importancia, pues ellas despiertan imágenes poderosas en la mente de quien las lee; sabiamente encadenadas, inspiran grandes sueños, sentimientos e ideas. Pero no es una tarea tediosa que aborrece, sino que se dedica a ella con la misma ilusión que un arqueólogo excava en pos de antiguos tesoros. Sin duda, ajustar significados con precisión de relojero, encajar palabras en los huecos de la mente… es una atractiva tarea para una mente creativa.

Así, dirá la poetisa Raquel Lanseros en su poema Contigo:

La verdad no está en nadie, pero acaso

las palabras pudieran engendrarla”.

El escritor es un buscador de la palabra, un enamorado del lenguaje. Se entrega a la persecución de la palabra con deleite, juega con sus significados ocultos, intercambia sinónimos, hasta sentirse satisfecho con la expresión definitiva.

“Me declaro enemigo de dogmas y prejuicios,

sabañones oscuros del afán ortodoxia”.

         (Del poema Ensayo general de otro horizonte, de Raquel Lanseros).

 

“Qué más preciada empresa no concibo

que deshojar mi vida mereciéndote”.

         (Del poema Propósito de enmienda, de Raquel Lanseros).

El verdadero escritor huye, por tanto, de tópicos y expresiones vulgares, de muletillas y neologismos, de redundancias y circunloquios, alejándose de las palabras utilizadas en jerga o en lenguaje coloquial (“sus dientes perlados”; “esto me huele mal”; “no está el horno para bollos”). Las palabras ya manidas, cual senderos mil veces transitados, no pertenecen al léxico del buen escritor.

Por otra parte, más allá de su belleza y precisión, algunas palabras encierran un significado especial en virtud de su origen, un tesoro oculto que no pasa desapercibido para un atento lector…

Compañero: (proviene de compartir el pan) persona que se acompaña de otra; que compone un cuerpo, grupo o comunidad con otras; que corre la misma suerte o comparte la fortuna con otra; persona con la que se convive…

Concordia: unir los corazones conformando una sólida cuerda o cadena. Se llama también “concordia” a una sortija con dos anillos enlazados, que significa “unión”.

Ensimismarse: (proviene de “en sí mismo”) estar ensimismado, recogerse en la propia intimidad.

Enardecer: (provocar que algo arda, que se encienda) excitar o avivar una pasión del ánimo, una pugna, una disputa…

Salario: es la cantidad que se abona como retribución por un trabajo, y proviene del antiguo pago con sal que se hacía a los trabajadores.

Cereal: (proviene de la diosa Ceres) conjunto de las semillas de plantas gramíneas, tales como el trigo, centeno, avena, etcétera. Adjetivo: perteneciente o relativo a la diosa Ceres.

  1. La selección de adjetivos:

Los grandes escritores realizan una cuidada selección de adjetivos, pues ellos son los encargados de describir las diversas sensaciones que se perciben mediante los sentidos. La variedad de matices que transmiten los adjetivos enriquece el lenguaje del escritor. Veamos un pasaje del cuento Última Estación, de Cristina Espinosa:

“…Sus ojos de duna verde guardan una dulzura triste y hospitalaria al mismo tiempo.  Sonríe siempre de un modo infantil y ensimismado, como si mirara de lejos”. 

Los adjetivos acompañan a un sustantivo (la duna, la dulzura) y lo califican, dando a conocer sus cualidades o características (la duna verde, la dulzura tiste y hospitalaria); señalan su procedencia y alcance, lo comparan con otros sustantivos, detallan sus particularidades, etcétera. Y en virtud de dicha calificación, un sustantivo queda ya determinado (su dulzura ya no es una dulzura común, sino una dulzura triste y hospitalaria). Los adjetivos, cuando se utilizan de un modo correcto, realzan las descripciones, colorean el paisaje, muestran los sentimientos, personalizan los objetos y seres inanimados. Veamos un ejemplo:

“El camino se adelgaza a lo lejos, sinuoso, buscando la egregia muralla que encierra la aldea. En el promontorio, un llamativo campanario de tejas oscuras sobresale por entre las azoteas de las sombrías casas; a su lado un esbelto ciprés acaricia el cielo brumoso y gris. En el entumecido valle, las retamas alzan sus manos fibrosas persiguiendo la niebla, mientras las espadañas se cimbrean orgullosas de su esbelto talle. El río serpentea sigiloso por entre los cañaverales canturreando murmullos antiguos; los rojizos campos, sedientos de gestas pasadas, aguardaban la siembra. A las cinco de la tarde, cuando los campos se aletargan, una campana olvidada tañe a muertos, mientras la bóveda de la tarde repite su bisbiseo. Allá arriba, en los cerros, las encinas se encaraman a las peñas disputándole al difunto la luz y el aire broncíneo.

A las cinco de la tarde, cuando ya no gime la campana su desconsuelo y la aldea huérfana se aquieta y arrellana, las chimeneas fabrican con sus bucles de humo historias que contarle al viento. Tendida en el valle, descansa ya la sementera. A lo lejos se divisan los nogales de porte majestuoso; entre sus ramas quedan los murmullos pretéritos que alguna vez escuchamos pronunciar al difunto. Ya no tañe la campana… y en el aire trenzan cintas multicolores los silencios. Las horas, al igual que la tramontana, empujan suavemente los recuerdos hacia el olvido. Ya no tañe la campana…”. (Raysan).

En el texto, los adjetivos matizan los sustantivos, resaltando sus características particulares: el camino sinuoso, la muralla egregia, el llamativo campanario, las tejas oscuras y las casas sombrías; el esbelto ciprés que destaca en un cielo brumoso y gris, etcétera. Pero no conviene abusar de ellos. No en vano recomendaba Horacio Quiroga en sus Diez mandamientos del escritor lo siguiente:

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él, solo, tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo”.

Han de seleccionarse con delicadeza, pues es preferible decir “con aquella mirada cristalina que da la felicidad”, que utilizar la expresión “con aquella mirada vidriosa que da la felicidad”, o bien, “con aquella mirada brillante que da la felicidad”.

Nos parece más apropiado el primer adjetivo (cristalina), pues tiene la connotación de algo puro, transparente, diáfano, en tanto que el segundo (vidriosa), aporta la sensación de algo gélido y frágil; el tercer adjetivo (brillante), no refleja tan acertadamente la idea de una alegría interna, tal como logra el primer adjetivo (cristalina).

  1. Mostrar antes que decir:

Decir que “la tarde era agradable” o “el tiempo era suave”, que “nuestro guía estaba enfurecido” o “aquellas ruinas eran horrorosas”, son frases que no muestran la realidad de lo que sucede; “explican” en un tono de veredicto lo que ocurre o sienten los personajes, pero no “muestran” en detalle su realidad psicológica, ni perfilan el entorno en que se encuentran. Son frases genéricas, tópicos que se utilizan a menudo, pero que no construyen verdaderos relatos.

El escritor avezado no se limita a “decir” aquello que sucede, sino que se recrea en “mostrar” los detalles ocultos que permiten al lector comprender la profundidad de las situaciones que se narran. Porque el lector inteligente prefiere descubrir la historia y no que se la cuenten ya resuelta, como si la narrara una voz en off, aséptica y fría. A menudo, los matices ocultos que se encierran en cada historia y en sus personajes, los gestos y muecas imperceptibles, los sueños contenidos y las emociones sofocadas, indican tanto más sobre aquello que sucede que lo mencionado en una frase demasiado evidente.

Cuando el escritor “muestra” aquello que sucede en vez de “explicarlo”, el lector puede “percibir” la historia por sí mismo. Esta técnica, se utiliza en el cine cuando la cámara nos presenta una escena, por ejemplo, de alguien que espera en una vieja estación de tren, y se detiene en pequeños detalles:

las manecillas de un reloj que se acerca a las doce, el vendedor de periódicos que vocea su mercancía, el silbido de un tren que suena a lo lejos, los avisos insistentes de la megafonía y las manos que pajarean en el aire su triste despedida; los ojos extraviados que leen una carta, la mano huesuda que repiquetea sobre el mármol blanco de la mesa, que aprieta una taza y se recompone el cabello una y otra vez; el barman que limpia con parsimonia la barra y tararea una canción de Glen Miller, un reloj que no avanza, el mobiliario de madera añeja, los ojos tristes que releen de nuevo la misiva, las lágrimas que afloran, y se escapan…”.

Por ello, el verdadero escritor construye “escenas visuales”, describe lo que sucede tal como si pintara un cuadro, solazándose en los detalles, en los gestos y las actitudes, en el entorno y la realidad social… En suma, creando un cuadro con paisaje de fondo, lleno de vida, tal como hicieran los pintores miniaturistas flamencos, y no un retrato inmóvil, frío y aséptico.

Todo ello se logra combinando los factores que se citan a continuación:

  1. El uso de los cinco sentidos en las descripciones:

Una de las herramientas más eficaces que dispone un escritor es la utilización de los cinco sentidos en las descripciones. Mostrar aquello que se percibe con los sentidos, evoca en la imaginación del lector un universo de sensaciones inspiradoras que le traen recuerdos personales y cotidianos. Incluir aromas, colores, sonidos, texturas y sabores en una narración, permite el lector “sentir” aquello que se le muestra.

La ciudad está dormida y acariciada por la música de sus románticos ríos...

El color es plata y verde oscuro... y la sierra besada por la luna, es una turquesa inmensa. La niebla está saliendo de las aguas y agrandando el paisaje. Los cipreses están despiertos y moviéndose lánguidos inciensan la atmósfera... y el viento convierte en órgano a Granada, sirviéndole de tubos sus calles estrechas... El Albayzín tiene sonidos vagos y apasionados y está envuelto en oropeles suaves de luz oscura... Sus casas tristes y soñadoras que mueve la niebla, parece que quieren contarnos algo de lo mucho grande que miraron... La vega es acero y polvo gris, nada se oye que retumbe en el silencio... el río de oro gime al perderse por el túnel absurdo... el espejo del Generalife corre a desposarse con su novio el Genil... Sobre las torres cobre y bronce de la Alhambra flota el espíritu de Zorrilla. El viento tiembla y el bosque tiene sonidos metálicos y de violonchelos, las esquilas de los conventos están llorando lágrimas de hierro y castidad... La campana de la Vela está diciendo una melodía tan grave y augusta, que los cipreses y los rosales tiemblan nerviosamente". (Fantasía simbólica. Federico García Lorca).

  1. El uso de las imágenes y los colores:

Insertar imágenes poéticas, cargadas de colorido, torna más visuales los textos. Las metonimias, metáforas, símiles y analogías, dibujan en la mente del lector otra realidad paralela, más bella y sugerente:

Allí sobre el mar, de un amarillo aceitoso cerca de la costa y un verde vítreo en la lejanía, una vela transitaba sobre las aguas como un cadáver amortajado...”. (Extracto de Cuentos, del escritor Isaac Bashevis Singer).

“Caminaba así a través de una comarca de fuentes y jardines, contemplando los bueyes que recorrían los fértiles barbechos alargando sus cuellos robustos bajo el yugo opresor; la tierra feraz brotaba y se enrollaba en largas olas suaves detrás del arado, y el labrador apoyaba los dos pies en la reja para hacer más profundo el surco. Entre las palmeras, burbujeantes arroyos murmuraban, y la tierra gozosa bordaba sus márgenes de balsaminas y toronjiles de hojas barbadas. (La luz de Asia. Arnold Edwin).

Hoy en día, sabemos por la ciencia, que aquello que se observa con la imaginación es registrado por el cerebro como si lo hubiéramos vivido, pues la conciencia no halla diferencia entre lo real y la ficción, como tampoco la encuentra entre la vigilia y el sueño. Así mismo, los colores tienen una influencia determinada en aquel que los observa, porque tras su aspecto físico encierran un componente psicológico, provocan sensaciones y despiertan estímulos, pues sabemos, por ejemplo, que el color naranja aporta energía y el rosa apacigua, el color verde transmite esperanza e ilusión y el amarillo alegría, etcétera. De este modo, el escritor influye mediante las imágenes y el colorido en la percepción que tienen de la realidad los lectores. Tal vez por ello afirmaba Petrarca que… “los ojos abren camino al corazón”.

Veamos el colorido texto que nos ofrece Alejo Carpentier sobre el carnaval veneciano:

“…entre los difuminios de acuarela muy lavada que desdibujaban el contorno de las iglesias y palacios, con una humedad que se definía en tonos de alga sobre las escalinatas y los atracaderos, en llovidos reflejos sobre el embaldosado de las plazas, en brumosas manchas puestas a lo largo de las paredes lamidas por pequeñas olas silenciosas; entre evanescencias, sordinas, luces ocres y tristezas de moho a la sombra de los puentes abiertos sobre la quietud de los canales; al pie de los cipreses que eran como árboles apenas esbozados; entre grisuras, opalescencias, matices crepusculares, sanguinas apagadas, humos de un azul pastel, había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía, en amarillo naranja y amarillo mandarina, en amarillo canario y en verde de rana, en rojo granate, rojo de petirrojo, rojo de cajas chinas, trajes ajedrezados en añil, y azafrán, moñas y escarapelas, listado de caramelos y palo de barbería, bicornios y plumajes, tornasol de sedas metido en turbamulta de rasos y cintajos, turquerías y mamarrachos, con tal estrépito de címbalos y matracas, de tambores, panderos y cornetas, que todas las palomas de la ciudad, en un solo vuelo que por segundos ennegreció el firmamento, huyeron hacia orillas lejanas…”. (Concierto barroco. Alejo Carpentier).

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