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Las herramientas del escritor (1ª parte)

Publicado el 11 de diciembre de 2019


Las herramientas del escritor (1ª parte) por Ramón Sanchis Ferrándiz.

Analizaremos en este artículo algunas herramientas que utilizan los escritores para la correcta elaboración de una obra literaria. Las herramientas que aquí se citan, las encontraremos, sobre todo, en la narrativa, aunque no constituyen un patrimonio exclusivo de dicho género literario. Con ellas, los autores logran que el lector prosiga en su afán de leer y descubrir el resto de la historia que se narra. No se presentan como técnicas aisladas, sino que se imbrican todas ellas en textos de gran calidad para conformar un todo homogéneo, creando la fascinación por la lectura.

Estas herramientas, utilizadas en su mejor versión, son las que transforman a un escritor en un artista y no en un mero operario de la escritura.

 

  1. Crear ambientes, construir atmósferas psicológicas:

Mostrar el ambiente de una época, de un lugar y sus gentes, dibujar en las páginas de un relato verdaderos cuadros artísticos, con todos sus detalles multicolores, de aromas y susurros, de voces siniestras y altibajos emocionales, permite al lector viajar en el espacio y el tiempo, observando de cerca la acción y las evoluciones de cada personaje. Recrear con esmero, por ejemplo, una antigua taberna medieval irlandesa, las callejas del Madrid de los Austrias en la época de Shakespeare y Cervantes, o los campamentos de los rebeldes sudistas durante la guerra de Secesión americana, constituye un deleite para el lector que observa cada escena, agazapado en su lejano escondite.

Sin duda, definir ambientes, ya sean físicos o psicológicos, crear para el lector un mundo imaginario pero verosímil, hacerle soñar, llevarlo a los confines en donde se desdibujan las fronteras entre lo verdadero y lo ficticio, es una de las cualidades más poderosas de un narrador. Construir atmósferas psicológicas, expresar los recovecos más profundos del alma humana, tal como hicieron los grandes narradores rusos, León Tolstoi, Fiódor Dostoievski, Anton Chejov, Iván Turgeniev, Máximo Gorki, Borís Pasternak, constituye una cima en el arte de la escritura.

 

  1. La polifonía literaria:

Se entiende por polifonía musical la confluencia de distintos sonidos o voces independientes que, aunque sigan diferentes melodías dan lugar a un todo armónico. A partir de este concepto nace la polifonía literaria o narrativa que consiste en aglutinar en un mismo texto varias voces independientes que aportan sus propios matices e interpretaciones personales en torno a una idea principal, lo cual aporta al lector una visión polifónica con variadas expresiones.

Se comenzó a utilizar a principios del siglo XX la expresión novela polifónica en referencia a los textos del autor ruso F.Dostoievski, en donde cada uno de los personajes que aparecen en una misma obra nos ofrecen una visión sociopolítica y humana diferente. Sin embargo, dicha herramienta ya fue utilizada en la novela Don Quijote de la Mancha, (1605 y 1615) en donde Miguel de Cervantes nos muestra dos ópticas tan distintas como las de Alonso Quijano y su escudero Sancho Panza.

  1. Diseñar personajes auténticos, poderosos y convincentes:

En sus 8 reglas para escribir ficción, el escritor americano Kurt Vonnegut aconseja:

“Dale al lector al menos un personaje con el que él o ella se pueda identificar”.

Porque los personajes son la pieza fundamental e ineludible de cualquier narración. Ellos han de ocupar el centro de la escena, tomándola por derecho propio; deben actuar, sentir, llorar y reír, con la mayor intensidad posible, como si quisieran aferrarse a la vida con dentellada fiera, temiendo un final agónico o una vida efímera. El narrador, a menudo proyecta sobre ellos la pujanza de sus emociones, su ternura y calidez, la angustia de sus momentos más tristes y punzantes, toda la fuerza de su temperamento, de sus creencias y convicciones. Les transfiere la vida que corre por sus venas, como si se tratara de sus propios hijos, a los cuales desea alumbrar con todo su esfuerzo y dedicación. Porque ellos son el legado de los sueños más profundos del escritor, de la vida que no ha vivido, de los anhelos que se quedaron en el camino, pues todos los mundos posibles que nunca fueron, pueden resucitar en manos de los personajes que él alienta.

Un escritor podrá crear personajes poderosos, vibrantes, esforzados, que no conozcan los tiempos muertos ni se rindan ante ninguna adversidad, o bien, pusilánimes, melancólicos, egoístas, intrigantes, pero sobre todo han de ser creíbles y auténticos. En realidad, los relatos admiten cualquier tipo de personaje, pero los grandes escritores no; ellos tan solo apadrinan a los que logran tener vida propia.

Entonces, hay que recomendarle a todo aprendiz de escritor que escuche aquello que tienen que decirle los personajes y permita que se expresen con su voz; ha de dejarles relatar sus conflictos, sus miserias y bondades, ayudándoles a descubrir sus propios miedos —que no han de ser los suyos—, conduciéndolos, tan solo, a donde necesitan ir.

Al respecto –aunque se refiera al cuento— aconseja Horacio Quiroga en su Decálogo para escritores:

“Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento”.

  1. Equilibrio entre las acciones, diálogos y reflexiones.

En toda narración bien construida, afirma el escritor Jorge Eduardo Benavides, deben equilibrarse tres componentes fundamentales: las voces de los personajes, las acciones y reflexiones. Siempre que estos tres aspectos intervengan en una proporción justa, el texto adquirirá la tensión y el ritmo adecuados, atrapando la atención del lector.

La excesiva utilización de reflexiones personales por parte del autor, ya sean de corte filosófico o metafísico, pueden resultar pedantes o aburridas para el lector medio, a la par que introducen un elemento abstracto que lentifica el relato y del cual no conviene abusar.

Por el contrario, las acciones emprendidas por los personajes introducirán una componente dinamizadora, más concreta y visual, la cual permitirá al lector observar el lugar en que ocurren los hechos, deducir por sus actos el estado de ánimo por el que atraviesan o su modo habitual de reaccionar

La introducción de las voces de los personajes, en sus diferentes estilos y tipologías, ayudará también a definir mejor su carácter. Escucharlos referir su historia con las expresiones que conforman su personalidad, en su lenguaje o argot habitual, dará realismo a la narración, evitando a su vez que se note demasiado la presencia del narrador.

Podríamos añadir incluso, a esta triple cualidad, la presencia en el relato de las imágenes a fin de cerrar el círculo, porque en literatura, los diálogos dan realidad a los personajes, la acción impulsa al lector a hacer, las imágenes invitan a soñar y las ideas a pensar.

  1. Los diálogos atrevidos e inteligentes:

Aunque los diálogos tienen la finalidad de “expresar” aquello que hablan los personajes, su verdadero poder estriba en “mostrar” sus gestos y actitudes, su carácter, cultura y perfil social, sus emociones, creencias o ideales. Las voces de los diálogos muestran a los personajes tal cual son, burdos e indolentes, zafios o ruines.

Por tal motivo, los diálogos no pueden servir de relleno en un relato, ni perderse en conversaciones vanas que no impulsen el avance de la acción. El buen escritor, construye diálogos inteligentes y atrevidos, punzantes e irónicos, sensibles y reflexivos, y en suma, cargados de profundidad. Ellos se dirigen hacia su fin sin titubeos, de un modo directo, añadiendo siempre un factor sorpresa que les confiere en una aureola de misterio.

Veamos un ejemplo sacado del libro El caso de Harry Queberck, de Jöel Dicker:

“Me miró y me agarró por los hombros:

—Han pasado años desde que nos conocimos. Ha cambiado usted mucho, se ha convertido en un hombre. Estoy deseando leer su primer libro.

Nos miramos fijamente durante un momento y añadió:

—En el fondo, ¿por qué quiere usted escribir, Marcus?

—No tengo ni idea.

—Eso no es una respuesta. ¿Por qué escribe usted?

—Porque lo llevo en la sangre… Y cuando me levanto por la mañana, es la primera cosa que me viene a la mente. Es todo lo que puedo decir. ¿Y usted, por qué se convirtió en escritor, Harry?

—Porque escribir dio un sentido a mi vida. Por si no se ha dado cuenta todavía, la vida, en términos generales, no tiene sentido. Salvo si se esfuerza usted en dárselo y lucha cada día que Dios nos da para llegar a ese fin. Tiene usted talento, Marcus: dele sentido a su vida, que el viento de la victoria haga ondear su nombre. Ser escritor es estar vivo.

—¿Y si no lo consigo?

—Lo conseguirá. Será difícil, pero lo conseguirá. El día en el que escribir dé un sentido a su vida, será un verdadero escritor. Hasta entonces, sobre todo, no tenga miedo de caer”.

 

  1. Reflexiones:

Las reflexiones que se introducen en un texto ayudan al lector a plantearse cuestiones profundas. Para el lector que tan solo busca el entretenimiento en un libro, seguramente las reflexiones le parecerán superfluas frente a las páginas cargadas de acción o diálogos. Sin embargo, para un lector de elevadas cualidades intelectuales o morales, un texto sin reflexiones no aportará nada a su sed de avance. Mediante las reflexiones, el escritor nos hace partícipes de su mundo interior, de sus preocupaciones personales y los resultados de su introspección, ampliando nuestra perspectiva mental.

“…Yo pensé que sus palabras se habían encendido en mis miradas. Porque las mujeres no somos únicamente las guardianas del fuego del hogar, sino que además somos la misma llama del alma”. (La casa y el mundo. Rabindranath Tagore).

“Dijo Tennyson que si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quienes somos y qué es el mundo. Tal vez quiso decir que no hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal y su infinita concatenación de efectos y causas. Tal vez quiso decir que el mundo visible se da entero en cada representación, de igual manera que la voluntad, según Schopenhauer, se da entera en cada sujeto. Los cabalistas entendieron que el hombre es un microcosmos, un simbólico espejo del universo; todo, según Tennyson, lo sería. Todo, hasta el intolerable Zahir”. (Del cuento El Zahir. El Aleph. Jorge L. Borges).

  1. El lenguaje figurado; simbolismo y significado oculto de las palabras:

El lenguaje literario utiliza como herramienta las palabras, pero debemos advertir que ellas albergan más de un significado. El significado objetivo que se les atribuye a las palabras (su denotación), no siempre coincide con el mensaje que ellas trasmiten, dado que esconden un significado variable y subjetivo (su connotación), el cual depende de la intencionalidad del autor (tal ocurre en las frases con doble sentido, la ironía, etcétera). Por ello decimos…

“Daniel es un lince”; “a este chico le falta un tornillo”.

Por tanto, más allá de su significado objetivo o aparente, el lector ha de saber interpretar la connotación de las palabras, en virtud del contexto en que se hallan y de las semejanzas reales o imaginarias que encierran. Tal ocurre, por ejemplo, en el lenguaje figurado, que va más allá del sentido literal de las palabras para cargar de expresividad y belleza las palabras habituales (metáforas, comparaciones o símiles, metonimia, hipérboles, sinestesia, alegorías, paradojas, analogías, énfasis, hipérbaton, eufemismos, personificaciones, cosificaciones, metáforas de situación, etcétera), así como en el lenguaje simbólico (cargado de símbolos, leyendas, mitos, etcétera).

He aquí un ejemplo de lenguaje figurado que nos ofrece Ernesto Pérez Zúñiga, Premio Torrente Ballester del año 2014, en su obra La fuga del Maestro Tartini:

“…Contemplé la ciudad rojiza, felina, el lomo erizado de torres”.

Porque una ciudad puede tener muchos apelativos, pero solo ante la mirada vigilante de un escritor la ciudad aparece como un felino recostado cuyas torres se levantan sobre su lomo, al igual que la pelambre de un animal cuando se eriza.

También dirá Gabriel García Márquez:

“Tuvo que remontar los afluentes de la memoria”.

Y entonces el lector —a sabiendas de que la memoria no tiene afluentes—, recurre a una interpretación figurada de dicha metáfora.

En el lenguaje figurado o imaginario, el escritor puede utilizar diferentes figuras retóricas (o recursos literarios) que ya han sido citadas en los temas dedicados a Escritura Creativa. Por otra parte, algunos textos se presentan también, cargados de un contenido simbólico, ya sea expresado de un modo aparente o explícito:

“El espíritu duerme en la roca, sueña en la flor, despierta en el animal y es consciente de que está despierto en el hombre” (Máxima extraída de la Revista Esfinge Digital).

Esta es, por tanto, una herramienta utilizada por el escritor que realza el sentido estético de un escrito y puede dotarlo de una gran profundidad, porque ofrece múltiples significados.

 

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