Las fiebres de la memoria – Gioconda Belli

Reseña realizada por Begoña Curiel.

Qué maravilla tener una vida real de fundamento que ya de por sí justifique el nacimiento de una novela. Gioconda Belli cuenta en sus entrevistas que tenía tres abuelas. Del abuelo de una ellas nacen estas fiebres de la memoria que angustian y deleitan. Se llamaba Charles Choiseul de Praslin. Protagoniza un auténtico periplo. Resulta por un lado, una emocionante aventura y por otro, el relato de una grave crisis de identidad.

Es un noble de la corte de Luis Felipe I de Orleans, rey de Francia, que lo ayudará a desaparecer del mapa fingiendo su suicidio tras ser acusado de un crimen pasional.

Los esfuerzos del fugado por adaptarse al personaje que deberá crear de sí mismo representan la gran fortaleza de esta novela. Tendrá que vivir mundos y ambientes tan diferentes al suyo que la salvación le resultará tortuosa.

El aristócrata lleva en la sangre el elitismo de su clase y tendrá serias dificultades para aceptar papeles inesperados obligado por las circunstancias. Se verá a sí mismo como un ser sufriente, forzado al exilio que le llevará de forma prestada –entre otros escenarios– al sueño del oro californiano y a la Nicaragua del café.

En “Las fiebres de la memoria” sentiremos su agonía, la resistencia a la realidad de un personaje que no tiene la percepción de ser un privilegiado. Acabará por aceptarlo, pero a regañadientes en su continua huida, en la que por cierto, siente a las mujeres de su vida como el origen de sus problemas.

Ellas son las malas de su película; se siente asfixiado en el pozo al que le condenaron. Incluso, a la forzada reinvención de su puesto en el mundo. Este es el lado fascinante de la historia: la evolución psicológica de un hombre incapaz de aceptar lo que le toca vivir. Me ha encantado este juego mental.

Emocionante también ha debido ser el rastreo de pistas de este familiar. Aunque la labor de documentación para los escritores sea farragosa en ocasiones, he disfrutado imaginando la búsqueda detectivesca del halo de este aristócrata.

La autora consiguió que cambiara la percepción inicial que tuve del personaje; tan estirado y soberbio que ni tan siquiera se percata de su buena estrella. Leía con el gesto torcido poniéndole rostro, casi con disgusto. Aunque en ningún momento dejé de observar con recelo su petulancia, termina por inspirar algo parecido a la ternura.

No está preparado para la improvisación. Todo le ha venido dado. Se siente víctima de sus mujeres escogidas. No comprende –ni quiere comprender– que tienen personalidad y razones propias para actuar como actúan. Sean o no lícitas sus acciones. Algo por otra parte, difícil de aceptar para un hombre de su clase a mediados del siglo XIX. Puede que sea complicado –la realidad nos da mil motivos por desgracia para comprobarlo– incluso para un representante del género masculino actual por mucho que hayamos avanzado.

Desde esta perspectiva quizás pueda el lector sentir mayor cercanía por este protagonista que da para más de una novela. Encierra muchas vidas dentro la suya, cual piezas de muñequita rusa, donde memoria y peleas interiores juegan malas pasadas.

No es menos importante en esta novela su belleza narrativa, apoyada en tramos que resultan poéticos gracias a la diatriba mental en la que se adentra y escarba la autora. Más teniendo en cuenta que su protagonista es un hombre. De hecho, hay momentos en los que no me cuadran determinadas cosas. Sobre todo, sentimientos (no debo profundizar más en este sentido para no desvelar demasiado).

Me entusiasman las brumas del cerebro y el corazón cuando están trabajadas, bien contadas. Muchos autores se empeñan en meterse en esta compleja faena para la que no todos, están preparados.

Es necesario convertir la materia prima en diamante. El oficio de la escritura es todo un arte. Hay que saber moldear con acierto y maestría frases, párrafos, capítulos que hagan del conjunto una obra con estilo y enjundia. Una, que te haga cerrar con gusto y pena (porque llega el fin) la última página.

Por cierto, es ahora cuando descubro a Belli. Miles de lectores llevan ventaja porque la llevan disfrutando años. Pero nunca es tarde cuando la dicha es buena, dicen. Y esta vez me dejaré llevar por la opinión de quienes insisten: «No dejes de leer, La mujer habitada». Lo haré. Será un buen regalo de Reyes…

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