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La señora Osmond – John Banville



Reseña realizada por Begoña Curiel.

Debería haber leído antes “Retrato de una dama”, el clásico del XIX de Henry James. Sin ser imprescindible, presiento que mi percepción de “La señora Osmond” hubiera sido otra, dado que esta última novela tiene a la primera como telón de fondo.

  Banville muestra a la protagonista en Londres recuperándose de lo que según avanza la sinopsis, ha sido la traición de su marido. La señora Osmond ha escapado de su lado aunque la separación temporal tenga como argumento el inminente fallecimiento de un familiar. Estará durante toda la novela mareando al lector puesto que sabe de que una u otra manera, tendrá que regresar y enfrentarse a su esposo Gilbert.

  Lo que es indudable es la gran calidad literaria de la novela. Banville recrea el escenario victoriano que rodea y en el que ha sido educada la correcta señora Osmond. Asolada por el agravio –del que iremos conociendo su contenido poco a poco– al que ha sido sometida, intenta no sucumbir a dudas y temores y aferrarse a los conatos de decisiones que va tomando por el camino.

  Sus circunstancias económicas son las mejores para desenvolverse en los problemas que la acucian y el futuro que está ahí. Sin embargo, va dando trompicones para mantenerse en pie. Las reflexiones ganan por excesiva goleada a la acción que no deben esperar en “La señora Osmond”.

  De hecho este aspecto es el que acaba cansando de la obra porque todo termina siendo muy lento. Al principio, el relato y la descripción del momento de la señora Osmond me pareció magistral gracias a la cuidadísima prosa del autor, capaz de decorar los peores sentimientos y hechos con una elegancia impresionante. Pero los dimes y diretes interiores de la esposa que tan interesantes me parecieron en el arranque terminan siendo agotadores y repetitivos. Tanto, que a lo largo de la lectura sentía ganas de zarandear a la delicada mujer durante su proceso de deriva.

  Lo que iba a ser una escapada de la dama se convierte en un largo viaje entre visitas y charlas con otros personajes que no siempre la ayudan a centrarse. Isabel desea empoderarse que diríamos ahora, pero la época no ayuda. Está claro que el momento pide la sumisión, el correspondiente regreso al nido con la cabeza gacha, sea cual sea la deslealtad cometida por el esposo.

  La presencia de este último en la novela se hace de rogar. La protagonista es ella, sí, el centro, el motivo de la obra, lo comprendo, pero... acabó aburriéndome. En mitad del libro ya deseaba con ansiedad la llegada del señor Osmond a las páginas y el ineludible enfrentamiento del dúo.

  Tanto se estira al personaje principal que el desenlace no provocó el impacto que hubiera jurado que iba a llegar. Puede que los inicios hicieran que mis expectativas subieran demasiado en el listón. Me froté las manos demasiado pronto.

  ¿Por eso debería haber leído antes “Retrato de una dama”? Ya no puedo saberlo pero intuyo que habría cambiado en gran medida, mis conclusiones. Mi recomendación es que la lean con calma, que esperen a tener tiempo para poder saborearla, porque insisto, su lenguaje está mimado al máximo.

  No es de esos libros que se puedan coger aprovechando tiempos muertos entre obligaciones, paradas de autobús o esperas de diez minutos. Pero –lo repito muchas veces– los gustos de cada lector son tan particulares como lícitos. Espero que la disfruten más que yo.

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