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“La piazza” – Mª Ángeles Álvarez

Publicado el 11 de diciembre de 2020


El sol se desploma tras las fachadas medievales de la Piazza del Duomo en San Gimignano mientras yo lo contemplo, absorta, sentada en las escaleras de la Colegiata.

Es agosto, uno de esos agostos ardientes que imprimen en la piel las marcas del sosiego que la tregua veraniega suele concedernos; uno de esos agostos en que los campos se pintan de miel, salpicada por el verde de las viñas, y el cielo derrocha azul hasta el último momento, reacio a deshacerse de sus matices.

Es una tarde perfecta en la que tratamos de aplacar el calor dando buena cuenta de uno de esos famosos gelatti italianos de un intenso sabor a pistacho, mientras centenares de golondrinas revolotean sobre nuestras cabezas interpretando la danza del ocaso, la misma que representan cada día a estas horas, como un eterno ritual que indica que está próximo el momento de que cada cual se retire a su nido.

La piazza hierve de turistas que, atraídos por el frescor de su sombra, deambulan de un lado a otro admirando la arquitectura de sus edificios o simplemente observando curiosos el ir y venir de otros. Pero todos, sin duda, deseosos de ser parte para siempre de este entorno maravilloso, de atraparlo entre sus manos como el niño que se aferra a la mano de su madre, sintiendo que ese es su lugar en el mundo.

Miro a mi alrededor y no puedo más que maravillarme del inmenso regalo que la historia y la naturaleza ha hecho a los que nos encontramos ahora bajo su protección. Tengo la impresión de que este instante va a durar para siempre, de que es perfecto y no merece el más pequeño de los reproches, de que no existe motivo alguno para no celebrar la vida.

Contemplo a mi pequeña Petra, ya no tan pequeña, que por un momento ha dejado de mirar de forma incesante la pantalla de su teléfono móvil para prestar atención a lo que sucede en el centro de esta vieja plaza, sonriendo al observar como una madre lidia con sus cinco retoños, empecinados en salir corriendo fuera del alcance de su vista una y otra y otra vez. Los ojos de Petra se iluminan por eso que podríamos llamar felicidad instantánea, la que surge de repente por un motivo inesperado y nimio. Y eso hace que yo también la sienta, como si de una reacción en cadena se tratara.

Vuelvo la vista hacia mi pequeño Dante, cuyo nombre no podía ser más apropiado en estas tierras, y le veo perseguir con la mirada a un grupo de palomas que se arremolinan agitadas en torno a un puñado de semillas que alguien ha esparcido por el suelo. Sus ojos reflejan la inocencia de quien aún está descubriendo el mundo y de nuevo siento la felicidad instantánea.

Junto a mí, como no podía ser de otro modo, Devon, mi compañero de vida, mi “rolling stone”, la persona que rueda conmigo por el camino, ya sea abrupto o suave como la superficie del mar en calma.

Devon dibuja a carboncillo la silueta de la Torre Grossa, que se erige majestuosa sobre el Palazzo Nuovo del Podestá, desafiando al viento y a los siglos. Casi diez son los que ha visto pasar y los que le confieren ese aire de vieja dama italiana, dueña y señora de sus magníficos dominios en tierras toscanas.

Precisamente son su elegancia y orgullo los que mejor capta el lápiz en la mano de Devon que, arrellanado en la escalinata, aprehende con maestría las luces y las sombras que la insigne torre proyecta. Y es por esta razón que sus ojos brillan como lo hacen los cristales que reflejan los últimos rayos del sol. Y es por esta razón por la que, a su vez, mi corazón late apresurado y siento el alma ligera de los que aman y son amados, sin condiciones, sin tregua, sin reproche alguno.

Paseo la mirada en derredor y pienso que no puede haber mejor marco en el que encaje todo el amor que siento por esos tres seres quienes, cada uno con su singularidad y temperamento, me colman de dicha.

El sol va desapareciendo poco a poco, pero yo sé que mañana volveremos los cuatro a esta plaza mágica.

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