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La Navidad de 1264

Publicado el 26 de febrero de 2021


“Alicante es un libro” por Miguel Ángel Pérez Oca.

         El rey don Jaume el Conqueridor no era rey de Alicante, a la que él llamaba Alacant, puesto que en virtud del Tratado de Almizra, esta villa pertenecía a Castilla. Sin embargo, el viejo rey vino a pasar aquí las Navidades de 1264, y los fastos se celebraron en una pequeña iglesia, la “novella de fora”, antigua mezquita de arrabal convertida en templo cristiano, que ocupaba lo que hoy es la Concatedral de San Nicolás, concretamente la actual Capilla de la Comunión. ¿Y qué hacía el Conqueridor en estos lares?

Dos cosas: Ayudar a su yerno don Alfonso X el Sabio a sofocar la rebelión de los mudéjares murcianos y echar un vistazo a la zona, para futuros planes más o menos ocultos. Alfonso X, muy ocupado con la conquista y sometimiento de la Andalucía occidental, se había visto sorprendido por el levantamiento de los agricultores musulmanes murcianos, que ya no podían tolerar más las imposiciones de sus nuevos señores cristianos. Estaban hartos de pagar impuestos y sufrir confiscaciones y humillaciones, y se habían alzado en armas, esperando quizá una ayuda de sus hermanos granadinos o norteafricanos. Alfonso pidió ayuda a su suegro y éste se la dio de buen grado con un gran contingente de tropas y caballeros catalanes y aragoneses.

El historial militar del Conqueridor es más bien sangriento, aunque no debemos juzgar a la gente de la Edad Media con la misma vara de medir que usamos en la actualidad. Entonces, si no eras una mala bestia no podías aspirar a ser rey ni señor feudal, pues otro, peor que tú, te habría liquidado para ocupar tu puesto.

Don Jaume era un hombre tremendo de estatura y fortaleza, pero también muy culto, educado por los caballeros templarios, pero en su historia debemos reparar en la conquista de Mallorca y la masacre de sus habitantes musulmanes. Tal fue así, que una epidemia de peste, ocasionada por tanto muerto insepulto, diezmó a sus propias tropas. Así que ya nos podemos figurar cómo debió ser la campaña de pacificación del campo murciano. Aunque, inteligente y astuto, suponemos que no se pasaría en crueldades, y sabría negociar con el enemigo, porque necesitaba a los sublevados para que siguieran trabajando la tierra para sus señores. ¡Ay, el venerado don Jaume el Conqueridor!

         A diferencia de la iglesia gótica de Santa María, que solo contaba con una modesta plaza frente a su fachada, la “novella de fora” tenía ante sí un gran descampado donde podrían formar y evolucionar infantes y caballeros de don Jaume. Por eso, las ceremonias se celebraron aquí. Y todos acabaron oyendo misa solemne y comulgando como Dios manda, con las vestimentas nuevas y blasones impolutos, limpios de la sangre de las batallas. Y el rey, montado en su brioso corcel, con su casco adragonado de alas desplegadas, su escudo cuatribarrado y su poderosa espada al cinto, miraba con disimulo a su alrededor. Aparte de unos pocos caballeros castellanos que habían acudido a recibirlo, y sus escasos sirvientes mudéjares, el pueblo brillaba por su ausencia. Expulsado de la ciudad, se mal ganaba la vida en el campo o había huido a las montañas o a tierras musulmanas. Así que era un buen sitio para repoblar con señores y siervos catalanes y aragoneses en espera de una anexión que alterase lo acordado en Almizra.

A cambio de su ayuda, había obtenido de su yerno Alfonso permiso para colaborar en la repoblación de la zona con gentes de su reino. Y después habría que esperar a que una situación política favorable hiciera posible el golpe definitivo.

         -Dios proveerá – se dijo el monarca, pensando en sus herederos.

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