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La manzana y la luna

Publicado el 30 de diciembre de 2021


“Eureka” por Miguel Ángel Pérez Oca.

El jovencito pálido, de aspecto enfermizo, se aburría como una ostra desde que cerraron la Universidad a causa de la epidemia y tuvo que refugiarse en la casa de mamá y el reverendo. Desde que murió papá, y mamá se casó de nuevo con el pastor antipático, nadie le hacía mucho caso, aunque él, ya acostumbrado a la soledad, había encontrado un buen refugio en sus estudios, convirtiéndose en el “empollón” de la clase. Por otro lado, mamá carecía por completo de conversación, y al pastor lo sacabas de la Biblia y se quedaba mudo. Así que el joven, arisco y raro como él solo, prefería marchar al jardín, sentarse a la sombra de un árbol, y pasarse las horas muertas leyendo algún libro…

Y entonces ocurrió algo que para cualquiera hubiera parecido banal, pero que para él iba a resultar trascendente.

Del vecino manzano se desprendió una fruta grande y roja que, en un corto trayecto vertical, fue a dar en el suelo y rebotó contra el césped hasta llegar rodando a la mano blanca, con venas azuladas, del jovenzuelo sorprendido.

Y al alzar la vista para averiguar la procedencia del proyectil, sus ojos dieron con una magnífica Luna creciente que asomaba entre las copas de los árboles.

-¿Por qué la manzana cae y la Luna no? – se preguntó.

¿Por qué la masa de la Tierra forzaba a la manzana a viajar hacia el centro planetario, y la Luna, que gira a su alrededor, no se desprendía de los cielos y nos golpeaba como un gigantesco martillo pilón?

Y el muchacho imaginó a la manzana sirviendo de proyectil de artillería, lanzado por una carga de pólvora hacia el horizonte. Tras el fuerte estruendo del arma, la bala vegetal describiría una curva parabólica y caería a tierra a unos cientos de metros del artillero. ¿Y si doblásemos la carga de pólvora? Pues la curva se alargaría y la manzana llegaría mucho más lejos. Y así, con un cañón gigantesco y una carga explosiva enorme, y siempre que la Tierra no tuviera una atmósfera que frenara al proyectil, éste habría alcanzado la velocidad precisa para rodear el mundo, paralelo al suelo, y acabar matando al artillero de un impacto en la nuca.

- ¡Maravilloso! - se dijo el jovenzuelo sabiondo -, aunque para eso es necesario que exista una fuerza de gravedad universal que reine sobre manzanas y satélites, y que se propague con un poder directamente proporcional a las masas implicadas e inversamente al cuadrado de sus distancias mutuas.

Para despejar cualquier clase de duda y poder sentir el orgullo de haber destronado a Aristóteles, tendría que hacer diversos cálculos: Necesitaría saber la distancia de la Tierra a la Luna, la velocidad a la que ésta recorre su órbita, y la masa de los dos cuerpos… Afortunadamente, en la pretenciosa biblioteca del reverendo podría consultar todos esos datos.

Vaya, pues ya no se iba a aburrir. Ya tenía el jovenzuelo Isaac Newton trabajo para sus forzadas vacaciones durante la epidemia.

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