La maldición de la Casa Grande – Juan Ramón Lucas

Reseña realizada por Begoña Curiel.

Será esta una reseña de corazón partío porque la conclusión se reparte entre lo positivo y lo que no me ha gustado a porcentajes que no puedo concretar. Por encima de todo me encanta el personaje real que Juan Ramón Lucas ha rescatado del olvido. No porque su personalidad cause empatía precisamente sino porque muestra hechos bastante desconocidos del mundo minero en tierras murcianas y porque ejemplifica la necesidad de que la historia no repita errores de humanos tan inhumanos. Por otro lado, pese al claro esfuerzo hecho por el autor en la tarea de documentación, no me convence la escritura de la novela. No por ello, hay que restar el mérito de narrar como mujer el universo de Miguel Zapata, el Tío Lobo.

Fue un patrono minero explotador hasta la infamia. Pasaba por encima de todo y de todos para cumplir objetivos sin que le temblara el pulso ni la conciencia. Eso sí, fue un auténtico emprendedor en una España que agotaba el siglo XIX y que desconocía el significado de esa palabra. Pese a su origen humilde creó un imperio donde controlaba todo el proceso: desde la localización de las vetas para la extracción del mineral hasta la exportación del producto gracias a su propia naviera.

Para ello no dudó un instante en esclavizar a sus trabajadores en todos los sentidos aunque fueran niños. No solo era una tortura la inmersión en la mina sino las enfermedades a las que después se vieron condenados los obreros por la exposición a materiales cancerígenos.

Todo estaba organizado a su gusto: desde la comida con la que se alimentaban sus empleados hasta la extinción de quienes amagaran con levantar la voz a través de sus sicarios como si de una especie de western minero se tratara.

A veces a los cerdos les llega su San Martín. Tío Lobo sufrió el suyo a lo largo de su vida, con una angustiosa enfermedad de la piel y con la muerte de miembros de su entorno familiar. Las maldiciones a veces se cumplen y para bien. Pero hasta que se cumplieron Miguel Zapata hizo de las suyas mientras su corazón palpitaba. Le dio tiempo a arrasar a diestro y siniestro simbolizando hasta qué punto la condición humana puede ser lo peor sobre lo peor.

Pero Juan Ramón Lucas no ha hablado por la boca de este personaje central, sino con las palabras de María Adra, “La guapa”. El amor la llevó sin esperarlo al entorno del empresario que le arrancó la dignidad hasta límites infames. No solo fue su cuidadora sino que se convirtió en su amante. Lucas aclara en las entrevistas que María existió pero que ideó su vida y que fue la decisión de convertirla en narradora la que prácticamente hizo parir “La maldición de la Casa Grande”.

Ha tenido que ser un proceso difícil meterse en su piel pero ha sido un acierto también que la denuncia al sufrimiento de este proletariado minero se muestre a través de una mujer. Eran ellas los daños colaterales que también sufrían los hombres, incluidos los menores que acababan en la claustrofobia de las galerías que enriquecieron a Lobo.

Cuesta creer algunos pasajes de la vida de María. Me refiero a su hijo (y no puedo añadir más para no contar demasiado) y al extremo al que llegó la humillación sufrida porque parece que se empeñó de forma ciega en sufrir con la cercanía a la familia Zapata. Sí. Probablemente no tenía mucho más donde elegir, pero era cuestión de apostar por un camino… No veo esta cuestión demasiado clara. Tuvo valor para seguir adelante cuando las cosas se torcieron pero se ahogó después en el fango. Si tuvo arrestos en momentos tan límite, no entiendo bien por qué no le acompañaron en otros.

Está claro que el apoyo de Visitación, la hija de Miguel Zapata, a María fue clave para su supervivencia emocional. Este personaje uno de los más arrebatadores teniendo en cuenta la época y el contexto: un mundo de hombres donde hasta para ser despreciado había que ser hombre. La mujer era entendida como apéndice accidental del mundo, salvo para la procreación y los abusos. Poco más que un despojo al que ni pisoteas porque no ves. Por eso encandila la personalidad de Visi. Planta cara a la injusticia –también es cierto que el poderío familiar se lo permitía– incluida la representada en la figura de su padre. Curiosamente es la niña la de sus ojos. Una de esas pocas cosas que le duelen. Por eso el lector se alegra de que esa hija haya salido tan contestataria.

Lucas ha descrito muy bien el ambiente asfixiante de la mina, incluso a cielo abierto, la opresión del entorno de la cuenca minera envuelto en insalubridad, ausencia absoluta de derechos para quienes la trabajaban, contaminación, desgracia… Pese a la riqueza material que Lobo sacó de todo ello, también él es la amargura que genera. La vida se la devuelve haciéndole un corte de mangas, demostrándole que no puede controlar aunque así lo crea.

Buena historia sin duda la encontrada por Lucas, pero no tan bien desarrollada a mi modesto entender. La fluidez narrativa se estanca por momentos, con la repetición de escenas y emociones. También reiteración de algunas expresiones y palabras que parecen escritas de manera forzada mientras su objetivo pudiera ser la búsqueda de la elegancia. Sentía como lectora cierta rigidez en la pluma, como quien necesita de práctica. Creo que es lógico.

Juan Ramón Lucas es periodista, al que admiro por su trayectoria, pero como bien señala en un artículo –eso dice mucho de él– no se considera un escritor sino un periodista que ha escrito una novela. El periodismo y la literatura son diferentes aunque se crucen sus caminos a ratos y algunos formatos permitan esa conexión temporal.

Creo en definitiva que el autor encontró todo un filón con el personaje. Pero lo difícil viene después: crear una buena ficción a través de literatura. Lo complicado es convertir un buen tema en una novela que robe el sueño del lector y te haga correr a casa con la ansiedad de reencontrarte con ella.

No obstante, me gusta y mucho otro de los objetivos que perseguía con esta casa con maldición según Lucas ha afirmado en alguna que otra entrevista: rescatar del olvido para que se sepa lo que no se conoce. Esa es la curiosidad innata que va, o debería ir unida al periodista. Y ese es el come-come que también sufre un escritor cuando una historia mosconea en la cabeza como un moscón y no te deja dormir hasta que la expulsas. Bien expulsada, claro está. Bendita y maldita sensación…

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