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“La maceta y el volcán” – Miguel Ángel Pérez Oca

Publicado el 28 de septiembre de 2021


Al final de la calle, la vista tropezaba con un terrible y humeante muro negro de piedras andantes que, de vez en cuando, se desplomaban por la pendiente. Entonces dejaban al descubierto huecos de un rojo brillante que, según los vulcanólogos, mostraban el magma a más de mil grados de temperatura. El monstruo avanzaba lentamente, pero inexorable, cada vez más cerca de la plaza desierta que había sido el centro neurálgico del pueblo.

La primera casa ya había sucumbido y se había desplomado como un castillo de naipes. Apenas se veían los restos de una pared verde que antes había sido su fachada.

Ahora, la colada de lava espesa seguía avanzando tenaz, inevitable, a por la segunda casa. Los muros ya se cuarteaban, anunciando el inminente derrumbamiento.

A lo lejos, como si se tratara de los latidos de un corazón inmenso, rugía rítmicamente el volcán, mientras escupía intermitentes bocanadas de fuego y pedruscos incandescentes hacia las alturas. Después, los despojos de las entrañas planetarias, obedientes a la gravedad, iban cayendo en las laderas del cono de detritos. El aire se llenaba de polvo negro que cubría con una pátina oscura todas las superficies horizontales.

Acompañados de un vehículo de la policía, llegaron los dos coches hasta la esquina de la plaza, donde se detuvieron.

-Esa es la casa – dijo el conductor del primer automóvil al agente.

-Tienen ustedes quince minutos para recoger lo más indispensable - dijo el guardia, bajándose para ayudar a la familia -. La lava ya avanza por el final de la calle y estará aquí dentro de poco.

Y todos se precipitaron a la vieja vivienda. El mayor de los hermanos fue derecho al despacho que fue de padre, a por las escrituras, pólizas de seguro y demás documentos. El pequeño, con el policía y las dos mujeres, subieron a las habitaciones a por ropa y colchones. Después bajaron a la cocina, a por alimentos de la nevera y el horno de microondas. Mientras, la anciana madre dirigía sus pasos cortitos a través del patio.

-Bueno – decía el mayor -, ya tenemos lo más importante. Dentro de un rato, de esta casa no quedará nada. La lucha de padre para dar un futuro a esta familia se la va a tragar ese maldito monstruo… - y un sollozo escapó de su pecho doliente.

-Hala, vámonos - dijo el agente, en tono desolado e imperativo. El estruendo del derrumbamiento de la segunda casa de la calle los dejó a todos sobrecogidos y cubiertos de polvo blancuzco.

-Pero… ¿Y la abuela? ¿Dónde está la abuela? – gritó una de las mujeres.

-¡Madre! ¡Salga usted, que nos vamos! – gritaban todos, con el corazón encogido.

Y en eso, de entre la nube de polvo gris, surgió la figura entrañable de la vieja señora de luto. Llevaba algo abrazado y sonreía con gesto de triunfo. Había salvado lo más importante. El diablo de lava ardiente no podría devorar nunca su maceta de geranios.                     

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