La instrucción – Ramón Sanchis Ferrándiz

La instrucción da las órdenes oportunas que el receptor del mensaje ha de seguir para ejecutar una tarea. Se puede expresar en un tono imperativo, a modo de una orden ineludible, o invitándonos a actuar, con un talante más cortés.

En general, para dar instrucciones se utilizan frases breves y claras, redactadas en un tono autoritario y atemporal. Por ejemplo:

         “no dejes pasar esta oportunidad; actúa rápido por tu propio bien; sin duda, podrás          lograrlo; debes utilizar el formulario correspondiente, etcétera).

Estas instrucciones deben ser muy concretas y directas: han de centrarse en un único tema y no deben dar lugar a la incertidumbre o ambigüedad. Se utilizan para ello las formas apelativas y los verbos en infinitivo o imperativo.

         “Acuérdate de tu futuro. Ahora puedes conseguir un 3% de bonificación por traspasar tu Plan de Pensiones a nuestra entidad. No lo dudes… ¡hazlo sin demora!         No te arrepentirás. Infórmate con tu gestor personal”.

En general esta modalidad de texto aparece en manuales de instrucción para el manejo de cualquier mecanismo, recetascartas o formularios administrativos; en cualquier aspecto de la publicidad, ya sean carteles, octavillas y programas de mano, así como en paneles informativos de centros comerciales, aeropuertos, etcétera. He aquí el ejemplo de una receta, en que la primera parte es descriptiva y la segunda aporta las instrucciones necesarias:

Receta laboral para flambear un becario.

Descripción de los ingredientes:

1 joven diplomado, bien dispuesto y con aptitudes de líder.

3 Certificados de idiomas en nivel B2 o superior.

1 Master en Gestión de problemas.

4 años de experiencia laboral demostrable.

2 kg de buena voluntad.

Aspiraciones infundadas de lograr un puesto de trabajo estable.

 

Instrucciones para flambear un becario: tomar cuarto y mitad de un joven sin experiencia, aunque ha de tener un master ostentoso que le aporte una pátina de autosuficiencia y le dé lustre exterior. Someter a una dura entrevista durante ½ hora  hasta hacerle desconfiar de sí mismo. En este punto, cuando aún conserve la osadía suficiente para creer que será seleccionado, insinuar que hay otros aspirantes al puesto mejor posicionados que él. Mantener la tensión durante ½ hora más hasta que se haya flambeado en su propia ira.

Cuando haya perdido la dureza inicial, reducir en su propio jugo, preguntándole qué le hizo pensar que podría ser admitido en una empresa tan prestigiosa. Añadir unas soflamas incendiarias sobre la crisis que atravesamos para seguir dorando su lomo con la desesperanza e incertidumbre. Prometerle que será avisado inmediatamente en cuanto se disponga de los resultados del test irresoluble. Notificarle con acritud cuando inquiera por teléfono los resultados, que la evaluación se halla aún en proceso y no se tendrá hasta tres meses después. Descartarlo si duda de la transparencia del proceso.

Sacar del fuego y dejar reposar a quienes hayan mantenido una fe incombustible tras los seis meses de valoración. Remitir al servicio médico para que le practiquen las pruebas antidroga; someter al test de empatía negativa y sumisión. Finalmente, desechar a los gregarios y a quienes se muestren excesivamente afectuosos, colaboradores y asertivos.

En todo momento, los expertos en selección habrán de mostrar actitudes hoscas y distantes a fin de someter conciencias. Reducir la altivez y el orgullo del aspirante con un aprobado muy justo: cuatro con noventa sobre diez puntos. Darle una palmada en la espalda cuando sea admitido, para que entregue lo mejor se sí mismo a la empresa”.

(Receta laboral para flambear un becario. Raysan).

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