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La escena



"Temas del Taller de Escritura" por Ramón Sanchis Ferrándiz.

La escena:

Toda narración se estructura con una serie de escenas que van dando contenido a la historia principal, tal como si fueran cuentas de vidrio que conforman finalmente un precioso collar. Cada escena es una pequeña unidad narrativa dentro del relato, un fragmento de la historia que tiene entidad propia, si bien, adquiere sentido junto a otras escenas, dando continuidad a lo que se cuenta.

Las escenas muestran pequeñas historias cargadas de acontecimientos; en ellas hay acción, peripecias, sentimientos, emociones, pensamientos o reflexiones filosóficas de los personajes. A su vez, cada escena puede subdividirse en varias secuencias, pero no entraremos aquí en mayores detalles. Varias secuencias conforman una escena del mismo modo que la reunión de frases da lugar a un párrafo. Y la acumulación de escenas irá completando la narración, tal como la agrupación de párrafos conformará finalmente un capítulo del texto.

En suma, ellas van desarrollando el argumento e impulsan la narración hacia su desenlace, aunque algunas veces puede no existir un desenlace como tal. De su adecuada selección depende la efectividad de la historia que se narra, su intensidad y verosimilitud: cada escena debe aportar algo relevante para el desarrollo de la historia. Comprenderá el lector esta afirmación si vislumbra que, en una novela, por ejemplo, hemos de concretar ochenta años de la vida de un personaje en cincuenta escenas.

Componentes de una escena:

Toda escena nos revela un determinado suceso en que los personajes actúan, focalizándose el acontecimiento que se narra en un tiempo y lugar determinados.

En consecuencia, los ingredientes básicos de cualquier escena son: la acción que desarrollan los personajes, un escenario concreto en el que se desarrolla la escena, y un tiempo determinado en que transcurre la acción.

  1. La acción:

Las escenas nos permiten observar aquello que ocurre, por tanto deben mostrar aquello que hacen los personajes: cómo lo hacen, cuando lo hacen, y con qué finalidad última actúan. No obstante, hay que tener en cuenta que la actividad de los personajes no se circunscribe tan solo al ámbito de las acciones físicas, es decir a sus movimientos, tareas, gestos y conversaciones, sino que debe considerar también sus acciones psíquicas, tales como sensaciones, sentimientos o emociones, pensamientos y profundas reflexiones. Puede un personaje sentir un odio desmedido, crueles remordimientos o un afán por sobresalir excesivo, y en cualquiera de estas actitudes hay una acción poderosa, aunque nos parezca tranquilo desde el exterior.

Las acciones son determinantes para el desarrollo de la narración, máxime al inicio del relato, donde deben atrapar al lector con su vivacidad, en el momento del clímax narrativo, y en el desenlace final. Ellas propician al inicio la curiosidad del lector y avivan su interés cuando avanza la narración. Unas son introspectivas y calmadas, otras de pura celeridad… Veamos un ejemplo de escena del escritor Dan Brown:

         “Anderson se arrodilló junto a la mano, con cuidado de no tocarla. Acercó la          mejilla al suelo y desde ahí miró las puntas de los demás dedos.

—Tiene razón, señora. Todos los dedos están tatuados, aunque no puedo ver los otros…

—Un sol, una linterna y una llave —dijo Langdom sin vacilar.

Sato se volvió completamente hacia Langdom y lo escrutó con sus pequeños ojos.

—¿Y cómo sabe eso?

Langdom le devolvió la mirada.

—La imagen de una mano humana con los dedos decorados de ese modo es un icono muy antiguo. Se conoce como “la mano de los misterios”.

Anderson se puso en pie de golpe.

—¿Esto tiene un nombre?

Langdom asintió.

—Es uno de los iconos más secretos del mundo antiguo.

Sato ladeó la cabeza.

—¿Y puedo preguntarle qué hace en medio del Capitolio?”.

                            (El símbolo perdido. Dan Brown. 2009)

 

En el texto que se adjunta a continuación, se desarrolla una escena en que se muestra la actividad interna del personaje, las emociones que siente al reencontrase con su ciudad natal…

“…No quise aún regresar al hotel, decidido aún a reconciliarme con mi vieja ciudad, como un amante que persiste, ya no instigado por el fuego del amor sino por la desazón de imaginarse sin el cariño rutinario de la pareja. Por eso, cuando vuelvo a la ciudad, necesito unos días para hacer las paces con ella, para habituarme a caminar por sus calles, sentarme en los cafés y cruzar los parques donde fui razonablemente feliz sin sentir que debo marcharme aprisa de allí, que no debo dejar que me inunden sus olores penetrantes a smog y a locro, a guiso de papas, que no se me cuele en el presente esa niebla marina que embarga de tristeza el perfil de sus edificios costeros y las charlas abúlicas con los amigos que quedaron. No sé por qué razón Lima siempre ha sido para mí un lugar contradictorio que me hace zozobrar entre la nostalgia y el desencanto”. (Un asunto sentimental. Jorge Eduardo Benavides. 2012.)

Las escenas ayudan, además, de un modo indirecto, a describir a los personajes en virtud de sus actos, de sus pensamientos y del modo en que se expresan cuando hablan. No muestran, tan solo, a los personajes en acción, sino que nos permiten caracterizarlos. En ellas, tal vez no se realiza una descripción formal, aunque a menudo, el narrador se recrea mostrándonos su lado más desconocido, su verdadera identidad. Como ejemplo ofrecemos el texto que se acompaña, sacado del libro “Las llamadas perdidas”, cuyo autor es Manuel Rivas, el cual es un modelo de refinado e irónico lenguaje:

“El jefe de Protocolo, el señor Silvari, estaba siempre a punto. Cumplía su cometido en pompas con eficacia puntual y a la vez con el despliegue campanudo de un carillón. En aquel tiempo, ninguna nube se detenía en su ventana. Era un hombre que coleccionaba chistes de la misma manera que otros, como yo, amontonaban penas. Era capaz de hacer reír a la armadura medieval expuesta en el rellano de la Escalera de Honor.

Dejó a toda la comitiva real estupefacta cuando le contó al monarca, recién coronado y todavía indeciso entre instaurar la democracia o prolongar la dictadura, el chiste del australiano que quería comprar un boomerang nuevo pero no era capaz de deshacerse del viejo”.         (Del cuento El escape. Las llamadas perdidas. Manuel Rivas.)

  1. El escenario:

Se ha dicho ya, que toda narración debe partir de la descripción de los personajes, pero sin obviar la descripción del entorno en que se mueven, de modo que los lectores puedan “ver” con los ojos de la imaginación aquello que ocurre. A lo largo de la narración, el entorno en que se mueven los personajes es cambiante, si bien, cada escena o secuencia se desenvuelve en un  determinado escenario.

Aunque el autor no siempre se recrea en mostrar detalles sobre el ambiente en que se mueven los personajes, es conveniente describir el escenario en que se desarrolla la escena porque siempre nos dice algo sobre los personajes.

Pero el escenario, no es tan solo un decorado físico, un marco fijo que rodea a los personajes, sino las circunstancias en que se desarrolla la escena, el medio social o contexto en que suceden los hechos; en fin, un ambiente o atmósfera que propicia o provoca los acontecimientos. En algunas ocasiones, el escenario define a los personajes, los influye con su languidez o su pujanza, los lleva a la depresión o los inspira, tal como refleja el texto de Jorge Eduardo Benavides que se anexa:

“Contradictoria y vana, de una sensualidad de lupanar, aquella callecita y sus aledaños, sus bares llenos de aserrín y guisotes, de ron bravío y pisco rasposo, fue no obstante el reducto de los transhumantes que se iniciaban en el arte contestatario y en la poesía rebelde y más bien de verso maoísta, si me permiten el oxímoron, que diría Borges. Allí también iban los jovencitos pitucos —o pijos, como se les llama en España— a velar sus armas culturales, aunque esto fuera para ellos más bien una parodia de rebelión: allí se reunían los poetas lumpen y los novelistas de penitenciaría, que bebían hasta caer desplomados después de embriagarse de pisco, pero sobre todo de injurias y resentimiento, de rencor y mala fe. Allí soñaron los que se sentían con exactitud y certidumbre excluidos, pero los suyos fueron sueños perdidos, confusos: el sueño sobresaltado de la borrachera continua, de tal guisa que un día despertaron con los ojos enrojecidos y la lengua pastosa sin haber escrito una frase, un pequeño verso, nada. Y allí también acudieron los entusiastas de Sendero Luminoso, los iluminados de la poesía mesiánica y la lucha armada…”. (Un asunto sentimental. Jorge Eduardo Benavides. 2012.)

Sin embargo, podemos hallar escenas en donde no aparezca el escenario, sea porque se  ha descrito anteriormente y es conocido o por hallarnos ante una escena muy abstracta, reflexiva, o bien, cargada de diálogos. En todo caso no puede haber una escena sin la acción de los personajes ni el transcurso del tiempo.

  1. c) El tiempo:

Una vez definido el espacio en que se mueven los personajes, el tiempo, como dimensión vinculada al espacio, quedará naturalmente definido. Por ejemplo: si en una escena se muestra a un personaje deambulando por un parque, el lector deduce de ello que han  transcurrido unos minutos, o a lo sumo unas horas, pero descarta que hayan transcurrido varios días. No obstante, si la acción que se narra no permite deducir claramente el tiempo transcurrido en su ejecución, se nos dirá “...al atardecer, decidió regresar a su apartamento”, o bien “…deambuló hasta bien entrada la noche y tras descansar unas horas en aquel banco hostil regresó a casa”. He aquí un fragmento de Borges en que el narrador va indicando los tiempos en que se desarrolla la escena, aunque quizá podrían deducirse indirectamente…

 

“Benjamín Otálora cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de frente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la República. El caudillo de la parroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del Uruguay. Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al otro día, vaga por las calles de Montevideo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con Azevedo Bandeira; hacia la medianoche, en un Almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música. Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a un hombre de galera oscura y de poncho. Éste, después resulta ser Azevedo Bandeira. (Otálora la saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo a sí mismo.) Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable impresión de ser contrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano, están el judío, el negro y el indio; en su empaque, el mono y el tigre; la cicatriz que le atraviesa la cara es un adorno más, como el negro bigote cerdoso.

Proyección o error del alcohol, el altercado cesa con la misma rapidez con que se produjo. Otálora bebe con los troperos y luego los acompaña a una farra y luego, a un caserón en la Ciudad Vieja, ya con el sol bien alto. En el último patio, que es de tierra, los hombres tienden su recado para dormir. Oscuramente, Otálora compara esa noche con la anterior; ahora ya pisa tierra firma, entre amigos. Lo inquieta algún remordimiento, eso sí, de no extrañar a Buenos Aires. Duerme hasta la oración, cuando lo despierta el paisano que agredió, borracho, a Bandeira…”. (El muerto. Jorge L. Borges.)

 

Podemos deducir del texto de Borges que Otálora sería capaz de llegar en un solo día desde Buenos Aires a Montevideo, pero el narrador nos confirma que “Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al otro día, vaga por las calles de Montevideo”. Y después, el narrador nos señala, como un guía diligente, los momentos en que sucede cada acción: “hacia la medianoche, en un Almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado…”; y más tarde nos revela que “Otálora bebe con los troperos y luego los acompaña a una farra y luego, a un caserón en la Ciudad Vieja, ya con el sol bien alto…”. He aquí como, siendo guiado por el narrador, el lector puede percibir el paso de las horas e imaginarse las escenas, ya sea entre amigos y al calor de una lumbre o con el sol en lo alto.

 

Ensamblar escenas.-

Al igual que debe procurarse en un texto el correcto enlace entre párrafos sucesivos, de modo que guarden relación entre sí y con el tema que se desarrolla, es necesario ensamblar correctamente en una narración las escenas entre sí, a fin de que no queden disgregadas e inconexas. Se obtendrá así un relato unitario y coherente, y no una mera amalgama de elementos. Es conveniente lograr un texto cohesionado, sin altibajos, con el fin de mantener el interés del lector.

No obstante, según sea el argumento de la narración, algunas escenas se suceden de un modo cronológico, aunque otras no corresponden a momentos sucesivos porque el autor introduce saltos en el tiempo…. Es habitual que entre las escenas haya brechas temporales, aún incluso entre aquellas que se suceden en el tiempo, de modo que las escenas se presentan desordenadas, como las piezas de un puzle que el lector habrá de organizar en su mente. A cada salto de tiempo, el narrador puede “resumir” los hechos ocurridos o simplemente “obviarlos”, dejando lagunas intencionadas (elipsis). Por tanto, una labor preferente del escritor será la de lograr que las escenas no parezcan desconectadas, tal como si fueran témpanos desgajados de una masa de hielo polar.

Recurramos a las analogías: para lograr la cohesión en un texto, las técnicas de escritura nos indican que debemos enlazar perfectamente los párrafos entre sí, tal como si los cosiéramos, lo cual se consigue repitiendo algunas ideas y vocablos del párrafo anterior en aquel que le sigue. De igual modo, para ensamblar las escenas, debemos repetir ideas y vocablos que aparecen en la escena anterior, y además, las actitudes, sentimientos y preocupaciones de los personajes que ya se expresaron allí. De este modo las escenas quedarán bien trabadas, vinculando unas a otras de modo que den lugar a una trama coherente en sus ideas, unitaria y homogénea en su estructura.

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