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La casa del padre – Karmele Jaio

Publicado el 7 de febrero de 2020


Reseña realizada por Begoña Curiel.

Qué libro tan hermoso en contenido y continente. Es una historia que se te queda dentro. Una semana después de su lectura siento aún la vibración de sus letras. Algo que no me ocurría desde hace mucho tiempo con una novela. Karmele Jaio escribe bonito en un escenario intimista donde utiliza de manera eficaz la alternancia de voces narrativas desvelando demonios interiores.

  Dice la sinopsis que «Ismael está bloqueado» pero en realidad está ciego: han estallado en su cara los deberes que no ha hecho consigo mismo. Cuando la inspiración se esfuma frente al terrorífico folio en blanco, un accidente doméstico de su madre le obliga a pasar las tardes en la casa del padre. Este cambio es mucho más que una ubicación física porque allí comienza a gestarse el volcán de los fantasmas que le aúllan desde hace años.

  Su mujer Jasone solo corrige sus trabajos aunque en el pasado también le daba a la pluma. Ahora con más tiempo personal porque las hijas son mayores –o eso cree ella que es el motivo– escribe a escondidas. Pero, ¿quién tiene la culpa de que dejara la afición? ¿Le obligó Ismael? No. Aquí radica la confusión que causa la sinopsis porque enfatiza en la influencia del género en la vida de hombres y mujeres, como si fuera la clave del duelo silencioso de los dos protagonistas principales. Y no creo que sea así.

  Cuando estás inmersa en la lectura ves el paralelismo que la autora trata de hacer entre esta pareja y los padres de él. No son casos comparables. La relación de los últimos se basa en la sumisión de la mujer al marido que desemboca en una situación de maltrato. Pero el caso de Jasone-Ismael dista mucho de parecerse a los típicos cánones de desigualdad de antaño cuando se imponen por parte del varón.

  Jasone tiene capacidad para rebelarse. Es una mujer completamente distinta a su suegra. Otra cosa es que se automutile; que el silencio de las palabras no dichas ante Ismael revierta en su invisibilidad como segundona del dúo. Pero dejando esta cuestión a un lado, quiero entrar en el maravilloso mundo dibujado por Karmele Jaio.

  La autora ha maniobrado de forma inteligente con sus dos protagonistas escritores para plantear lo importante que es la mirada desde la que se crea una trama. Él está colapsado; no encuentra la voz narrativa para encender los motores de su historia. Ella sí, la tiene y cuando la localiza “su voz”, todo fluye.

  La novela cautiva con su cadencia narrativa que atrapa de forma lenta; hace que la prosa termine sonando a poesía en algunos renglones. “La casa del padre” invita a una lectura pausada de los pensamientos ofrecidos por las voces que hablan.

  Libe es vital en este reparto. Es la hermana de Ismael, la que fue  rebelde oficial en el hogar de los padres. Ahora sus ínfulas reivindicativas no ondean tan bravas como antes. Está en otro momento personal que determinará  la evolución de los personajes de Jaio. Además, ella será clave en la introducción de una temática de peso en la novela.

  De adolescente alzaba el puño en variadas causas donde el feminismo borboteaba de su boca con fervorosa pasión que sin embargo no llegó a calar con intensidad en la personalidad de Jasone. Pero la vida da vueltas de noria, como si cada historia tuviera su momento concreto, parece decirnos la autora. Y qué bien lo cuenta. Qué delicioso hace el trayecto.

  Las páginas desgranan el parlamento interno de los personajes, la interacción verbal entre algunos de los actores –hay un secundario, Jaúregui, de especial relevancia–, la catarsis que se acerca y que el lector ve venir con emoción. Así me lo hizo sentir Karmele Jaio. Cómo he disfrutado; qué bien construye la complejidad psicológica y la contradicciones que destrozan y matan con sigilo a las personas que enmudecen sean o no conscientes de ello.

  El silencio es sinónimo de belleza cuando expresa calma pero en esta novela representa la decisión –más o menos forzada por las circunstancias– de no sacar a la luz lo que angustia. Como quien se tapa los oídos ante el parloteo de la cabeza y aprieta los párpados para negar lo que está delante. Me vienen a la mente aquellas frases de críos (al menos así las recuerdo): «no te escucho, cara de cartucho» o «mira, un burro volando», en un fútil intento de despistar la realidad.

  Eso hacen los personajes de “La casa del padre”. Lo intentan desde hace media vida pero no les funciona. La basura de los secretos y medias verdades se rebela y... pasa lo que pasa. Apilar tierra sobre desechos de este tipo no garantiza su muerte. Más dramático resulta el hecho en esta novela, porque quienes asfixian la realidad son escritores, a los que se les presupone un ánimo y capacidad para “contar”. Jasone e Ismael se torturan a sí mismos y de forma recíproca –Dan ganas de gritarles: «A ver, ¡hablad ya de una vez!»– hasta que... ¡boom!, el paso del tiempo y los contextos destapan las heridas que supuran.

  Puede que sea para bien o para mal. Lo sabrán cuando la lean y ojalá les quede un regusto similar al mío. Aunque los dañinos silencios de los humanos se describan mil veces en literatura, lo difícil es destacar entre quienes se empeñan en ello con más o menos éxito. Karmele Jaio me ha encantado cocinando este arte con sus letras. Es una obra para paladear.

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