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José Manuel Caballero Bonald

Publicado el 3 de junio de 2021


Todos aquellos que han sobrevivido

a tres naufragios, tienen asegurada

la inmortalidad.

Así se afirma al menos

en los nunca escritos códices

de Argónida.

Mi suerte ya está echada:

un naufragio me queda para atajar la muerte.

(“Salvedad”, José Manuel Caballero Bonald)

“Poetas y Poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

Mayo en tierras jerezanas. La alberca del Patio del Pabellón de Doña Blanca, en el Alcázar, invita a zambullirse en sus aguas porque el sol no da tregua, pese a no habernos alcanzado todavía el verano.

A la sombra de un muro acomodo mi cuerpo, tratando de aprovechar que los rayos del astro rey no llegan hasta allí. No hay nadie más. Las hordas de turistas no nos invadirán hasta pasadas unas semanas, de modo que puedo disfrutar de la quietud que lo inunda todo.

Y en mi soledad no preciso más compañía que la de un ejemplar de las poesías completas de José Manuel Caballero Bonald, que ha llegado conmigo, en la mochila viajera, a tierras gaditanas para rendir un último homenaje a este brillante escritor nacido el 11 de noviembre de 1926 en Jerez de la Frontera y que se nos fue el 9 de mayo pasado, a la edad de 94 años, siendo uno de los últimos representantes de la Generación del 50.

Acreedor de los más prestigiosos galardones Literarios, incluido el Premio Cervantes de las Letras en 2012, el Premio Nacional de Poesía en 2006 y el Premio Nacional de las Letras Españolas en 2005, este jerezano insigne nos ha dejado un vasto legado literario, del que nosotros no podemos dejar de destacar su obra poética.

De padre cubano y madre andaluza de origen francés, tras cursar estudios de Filosofía y Letras en las universidades de Sevilla y Madrid, se trasladó a Colombia, donde impartió clases de literatura española, que compaginaba con su labor literaria.

Sus comienzos en la lírica datan de 1948 con Poesía, a la que luego siguió Adivinaciones, con la que en 1951 ganó el Accésit al Premio Adonais; posteriormente publicó Memorias de poco tiempo (1954), Las horas muertas (1959) y Pliegos de cordel (1963), entre otros muchos poemas y antologías.

Con un lenguaje exigente y pulcro nos invita en ocasiones a sumergirnos en un mundo de desbordada imaginación para, en otras, llevarnos de la mano a través de los versos más comprometidos. Huye de las convicciones absolutas y a veces nos sorprende con su rebeldía y desobediencia surgidas de la observación del mundo y sus injusticias. Claro ejemplo de ello es Manual de infractores, con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía y del que rescatamos este fragmento de Pasión de clandestino:

Vertiginosos días de lecciones             

difíciles, de secretos quehaceres y nocturnidades,              

de coartadas sensibles a la luz que te valieron          

cárcel, exilio, represalias            

y algo como un empecinado acopio de certezas                 

que afloró andando el tiempo en lastres varios.

En Entreguerras o De la naturaleza de las cosas, poema que culmina su trayectoria, el poeta utiliza el verso para narrar sus memorias, dotándolo de ciertos tintes barrocos y huyendo del ensayo como género en el que habitualmente se desarrolla la literatura autobiográfica. Esta compleja obra de casi tres mil versos, a la que el poeta se refirió como «compendio de mi literatura y mi vida», es una obra llena de conflictos y retos, ya impresos en su título, rica en metáforas y símbolos, que se estructura de forma que el lector pueda alterar el orden de lectura establecido.

Además de varios volúmenes antológicos, hay tres recopilaciones de sus poesías completas: Vivir para contarlo (1969), Poesía(1979) y Somos el tiempo que nos queda (2003).

Para Caballero Bonald el poema tiene autonomía propia, crece y se rige por sus propias leyes. En su poética se aprecia una labor de revisión permanente que denota el perfeccionismo de su autor, a pesar de lo cual algunos temas se mantienen a lo largo de toda su producción lírica, como la crítica a las injusticias sociales.

También está presente en su poesía como tema el amor o tema amatorio, como a este se refirió el autor en alguna ocasión; pero es en su poesía más madura cuando este tema adquiere mayor relevancia, aunque es cierto que lo más destacado de toda su obra es esa mezcla de temas continua que responde a la evolución en los gustos del poeta.

Cerramos este post, tal vez en exceso corto para lo que podríamos haber escrito acerca de la más que extensa producción poética y dilatada carrera literaria de José Manuel Caballero Bonald, pero sin más pretensión que rendir un sencillo homenaje a uno de los más importantes autores de las letras hispánicas contemporáneas. Y lo hacemos con el poema Nocturno con barcos, del poemario Diario de Argónida, en el que una vez más el poeta demuestra su dominio del lenguaje y sus secretos.

Argónida, en palabras del autor, «es un topónimo ficticio con el que suelo referirme literariamente al Coto de Doñana, frente al que ahora vivo buena parte del año». De este maravilloso entorno natural surgieron incontables estímulos y reflexiones que Caballero Bonald plasmó en sus poemas.

Y de su Argónida se despidió para siempre hace apenas dos semanas, dejando al mundo de la literatura huérfano.

Nocturno con barcos

Siento pasar los barcos por dentro                 

de la noche. Viene de un taciturno                 

distrito del invierno y van a otra interina          

estación de argonautas,             

esas rutas

quiméricas que rondan              

los fascinantes puertos de la imaginación.                

 

Invisibles a veces, surcan          

las cóncavas comarcas de la niebla,              

pertenecen a un mundo despoblado,              

a alguna procelosa tradición                

de vidrieras marchitas, se parecen                 

a la emoción que queda detrás de algunos sueños.            

 

Llega hasta aquí el empuje                  

respiratorio de las máquinas, el empellón                 

del agua en las amuras,             

y a veces

una sirena desenrosca               

la disonante cinta de su melancolía                

por los opacos círculos del aire.           

 

La cifra de esos barcos es la mía.                  

Con ellos cada noche se va también mi alma.          

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