Jiménez Mantecón, Juan Ramón

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

(Platero y yo, Juan Ramón Jiménez, 1914)

“Poetas y poesías” por Mª Ángeles Álvarez.

Etxalar, norte de Navarra, 23 de agosto de 2018. Son las siete de la mañana y mi reloj vital me despierta contra mi voluntad. Todos duermen y yo decido aprovechar esos instantes de soledad para explorar el inmenso jardín, repleto de hermosos árboles y coloridas hortensias, que se extiende hasta los límites del bosque aledaño.

Nunca viajo ni salgo a pasear sin la compañía de un libro porque uno nunca sabe cuando lo va a necesitar, así que busco en la mochila donde guardo varios ejemplares en papel, además del moderno e-reader, y escojo uno, Antología poética de Juan Ramón Jiménez.

Se trata de una edición en tapa blanda, bastante desgastada debido al paso de mis manos por sus hojas, tantas y tantas veces repetido. Lo conservo desde que estudiaba el ya desaparecido C.O.U. En su día fue una lectura obligatoria, de esas que quedan abandonadas en un estante al finalizar el curso y que no recuperas hasta pasados unos años, los necesarios para que tu alma y tu espíritu hayan alcanzado esa madurez que permite apreciar sus letras en toda su profundidad, como merecen.

Juan Ramón Jiménez, de segundo apellido Mantecón, nació en Moguer, Huelva, el 23 de diciembre de 1881. Huelga decir que es uno de los más importantes poetas en lengua castellana, además de haber sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1956.

A caballo entre la Generación del 98 y la Generación del 27, podemos encuadrar al autor de Platero y yo en el llamado Novecentismo o Generación del 14.

Sus primeros versos denotan la influencia del romanticismo de Bécquer o Espronceda. Pero sin duda, Juan Ramón Jiménez es el poeta del Modernismo y las vanguardias, modelo a seguir por los jóvenes poetas de su época. Y como tantos otros de su generación, a los que la Guerra Civil española sorprendió vilmente, fue poeta en el exilio, periodo en el que su obra se enriquece, adquiriendo una importante dimensión espiritual.

Su peculiar forma de escribir no pasa desapercibida. El poeta abogaba por la simplificación ortográfica, por lo que no tenía inconveniente en utilizar la “j” en aquellas palabras que debían escribirse con “ge” y “gi”, entre otras muchas variaciones ortográficas que se permitía hacer. Decía que era por amor a la sencillez y odio a lo inútil.

Suelen distinguirse tres etapas en su obra: La etapa sensitiva (1898-1916), la etapa intelectual (1916-1936) y la etapa verdadera (1937-1958).

La primera de ellas se caracteriza por la influencia del Romanticismo y también del Modernismo y el Simbolismo. Las bellas descripciones del paisaje, la música, el color, los recuerdos y las ensoñaciones nos trasportan a un universo donde los sentimientos y emociones dominan los versos.

La segunda etapa centra su atención en el mar, que simboliza la vida y también la soledad. Los versos del poeta comienzan a tornarse más trascendentes y la preocupación por la muerte es ya incuestionable.

Por último, la etapa denominada “Verdadera”, compuesta por la obra que el poeta escribió durante su exilio en tierras americanas.

Autor esencial en la poesía contemporánea de occidente y figura destacada de la lírica universal, ejerció también la docencia durante varios años en la Universidad de Maryland, Estados Unidos, donde un busto del poeta preside el vestíbulo de la Escuela de Lengua y Literatura (“School of Languages and Literatures”).

Su afán por alcanzar la excelencia era conocido y le llevó a retocar, corregir y descartar muchas de sus composiciones, que nunca consideraba acabadas e impecables, cosa de la que la mayoría de nosotros, imagino, discrepamos.

Hace tan solo unos días, el 29 de mayo, se cumplían sesenta y un años de su muerte en San Juan de Puerto Rico, desde donde preparaba su viaje a España después de décadas de exilio, esa España a la que, según él mismo decía, añoraba tanto.

Juan Ramón Jiménez nos dejó hace décadas, pero su obra permanece entre nosotros, nos enriquece y enseña no solo sobre ritmo y forma poética, sino sobre la vida, los sentimientos e incluso la muerte. Por ello, hoy finalizamos este post con aquel poema que hace ya casi un año, en tierras navarras, leí a la sombra de unos árboles en ese maravilloso jardín, El viaje definitivo (1911), de claro tinte modernista, que habla precisamente de eso, de la muerte, de cómo llegaría para el poeta, como para todos nosotros, el momento de marcharse y, a pesar de ello, la vida continuaría, porque el mundo no se detiene por nadie.

El viaje definitivo

… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando:

y se quedará mi huerto, con su verde árbol,

y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu errará, nostáljico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol

verde, sin pozo blanco,

sin cielo azul y plácido…

Y se quedarán los pájaros cantando.

(Poemas agrestes, 1911)

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