Instrucciones para John Howell – Julio Cortázar

Reseña realizada por Ramón Sanchis Ferrándiz, la cual  sido publicada en el blog de la Escuela de Escritores.

Este relato de Julio Cortázar, Instrucciones para John Howell, es en apariencia uno de los menos interesantes que se recogen en el libro Todos los juegos el fuego, pero está cargado de simbolismos y varios niveles de interpretación. De entrada, el autor nos advierte de que “un teatro no es más que un pacto con el absurdo, su ejercicio eficaz y lujoso”, por tanto, conviene leerlo con esta perspectiva, teniendo en cuenta que allí se entremezcla la ficción, lo onírico, lo simbólico y la realidad.

El personaje principal, Rice, es un espectador que asiste en Londres a una representación teatral bastante “aburrida y mediocre”, en la que una mujer, Eva, engaña a su marido, Howell. Tras el primer acto, tres personajes extraños —que parecen dirigir la compañía— le invitan a integrarse en la obra representando el papel del marido, Howell. Nuestro personaje, se muestra perplejo ante aquella propuesta: “No entiendo”, dice Rice. “Casi mejor”, le contestan ellos. “En estos momentos el análisis es una desventaja”, afirman los hombres grises. Y Rice, acepta participar en tal juego. Entonces, lo acompañan por unos pasillos hacia la biblioteca, en donde le indican las reglas que ha de seguir en su actuación, lo maquillan y lo dirigen hacia el escenario. “Pero yo no soy un actor”, replica Rice. “Precisamente por eso” le contestan. Y de este modo, Rice, dejará de ser un mero espectador para tomar parte en la obra de teatro. No parece vital que deba ser un buen actor, sino que represente la propia obra como ya sabe, mostrándose como es, un anodino personaje extraído del montón, un cualquiera, un don nadie tipo.

En el segundo acto, la actuación de Rice representando a Howell se limita a seguir el hilo de la conversación, contestando de un modo insulso, sentado en un sofá mientras toma el té y observa el auditorio. Rice siente que se engaña al público al colocar a un actor no cualificado para la representación, sin embargo, los tres hombres de la compañía alaban su actuación y Rice se deja llevar por ello. Sin embargo, cuando al final de este acto Eva le ruega al oído en voz baja: “No dejes que me maten”, “Quédate conmigo hasta el final”, tomará conciencia real de que algo se esconde tras el aparente sin sentido de aquella representación. Rice desconoce lo que ocurre, ni quién es esa mujer, ni si en realidad la van a matar, pero esta súplica, esta nueva realidad moral, actúa como una llamada a la acción en su interior. Él no es responsable de tal hecho, pero entiende que no puede quedarse quieto. Entonces, asume su papel heroico, comprendiendo que no puede seguir comportándose como un muñeco movido por las circunstancias.

Antes del tercer acto los hombres grises le entregan a Rice las “Instrucciones para John Howell”, en las cuales se le obliga a seguir unas reglas de actuación prefijadas contra las que él se rebelará, pues comprende, que la invitación inicial a participar en la obra se convierte en una coacción sutil. Entonces, Rice, intentará cambiar la actuación que corresponde a su papel, comunicarse con Eva, defenderla, pese a la oposición del resto de los actores y el descontento de quienes dirigen la obra. Pero todos sus esfuerzos por romper la obra serán en balde y, finalmente, es expulsado del teatro por la puerta trasera. Sin embargo, Rice, a quien no le interesa esa obra, decide volver a su lugar en la platea para ver el final de la obra, comprobando que, el actor que interpretó el papel de Howell en el primer acto le había sustituido, y ciertamente, Eva muere envenenada en el escenario. Entonces Rice decide huir hacia Southwark por el puente de Blackfrias, mientras es perseguido por alguien. Allí encuentra al actor que representaba a Howell. Ambos huyen, y cuando Rice le pregunta por qué huye, por qué ha muerto Eva, él le confiesa que también intentó salvarla, pero dice: “Qué importa, si siempre se salen con la suya”, “Siempre ocurre lo mismo

Rice, pasa de espectador a actor. Al principio se deja llevar, pero poco a poco pretenderá desmontar la mentira que se representa. En este punto, el texto de Cortázar apela a la conciencia del espectador (o del lector de cualquier relato) para que indague siempre en la obra que se le ofrece, buscando el contenido profundo que se encierra más allá de lo aparente. Esa toma de conciencia, lleva a Rice a rebelarse contra el absurdo. En algún momento tendrá que abandonar su pasividad y conformismo, su indolencia ante las fuerzas que le empujan en cualquier dirección, a fin de convertirse en alguien proactivo que toma decisiones concretas sobre sus actos. Tal vez, Cortázar pretenda mostrar en este relato la necesidad de ser no un mero espectador, conformista e indolente, sino un verdadero actor en el teatro de la propia vida, evitando pasar de puntillas por ella.

El texto presenta también, una crítica velada a las obras de teatro cuyas tramas nada aportan, obras que no demandan ningún esfuerzo por parte del espectador para entenderlas, que pueden ser representadas por cualquier tipo de actor. A Rice no le cuesta mucho convertirse en Howell, porque es un personaje tan anodino y mediocre como él. Porque Howell es el alter ego en el que Rice puede verse reflejado. Sin embargo, la transformación de Rice le llevará a plantearse cuestiones y actitudes menos banales.

Cuando Rice es empujado a representar la obra en el escenario, califica el espacio del auditorio como “la gran caverna, algo como una gran respiración contenida, eso que después de todo era el verdadero mundo”. A mi entender, Cortázar, hace referencia aquí al Mito de la caverna (1) platónico, en que sombras e imágenes ficticias hacen creer a los espectadores que se encuentran ante la realidad, aunque tan solo sean un simulacro de ella. Solo quienes descubren los engaños de esas representaciones, dirá Platón, al salir al exterior de la caverna podrán reconocer la verdadera realidad y enseñarla después a otros. Para ello, quienes logren descubrir la verdad, renunciando a su egoísmo, volverán a entrar en la caverna para mostrarla a los demás (tal como hace Rice). Rice quiere cambiar esas reglas fundamentales que se le entregan aunque no le sea posible; quiere ayudar a otros, aunque nada sepa de sus vidas; se siente responsable de esa situación y por eso huye, aunque él no haya matado a nadie, pero todo aquel que sabe lo que la trama de la vida encierra, siempre es perseguido.

De algún modo, la caverna de Platón representa también el teatro y el cine moderno, pues la caverna es esa representación artificiosa que nos muestra una faceta distorsionada (y a veces manipulada) de la realidad. Tras ella, “los amos de la caverna”, esos hombres grises, manipulan los hilos de quienes se prestan al juego. ¿Acaso no semejan esos tres hombres grises a las Parcas que cita Platón en el Mito de Er (2), aquellas que dictan el destino de los hombres en sus múltiples vidas? ¿No son ellos quienes entregan los papeles (con las instrucciones) que aquellos que van hacia la vida habrán de seguir? ¿No se dice en la obra que hay unas bases fijas que son inamovibles (¿destino?) y otras que podemos alterar en cierto grado, que dependen de la naturaleza y el azar (¿libre albedrío?)? ¿No le dice Howell a Rice que “siempre ocurre lo mismo”, que aquella representación ocurre repetidas veces? ¿Cuántas representaciones habrá visto Howell para afirmar eso? Acaso ¿muere repetidas veces la mujer? ¿Siempre ha de salir corriendo Howell del teatro?

Se desprende del relato la necesidad de abandonar la etapa de espectador inconsciente de la vida para ser conscientes de la senda evolutiva que recorremos. El teatro no es sino una gran caverna en la que se proyectan imágenes, una burda representación de la vida, una quimera que nos enseña a reconocer nuestro papel en la vida; papel que ensayamos una y otra vez hasta entenderlo. Y la vida, acaso no sea sino una posibilidad de representar diversos papeles hasta comprenderlos y alcanzar la sabiduría. Por ello, al llegar a “la otra orilla” del rio (¿el rio del olvido, el Leteo?), antes de separarse de Howell y perderse cada uno en su propio laberinto de callejas, Rice le suplica: “No me dejes ir así”, “No puedo seguir huyendo siempre, sin saber”. ¿Siempre?

Sin duda, en el texto Cortázar plantea todo un cúmulo de enigmas al más puro estilo kafkiano, seguramente, sin intención de querer explicarlos, sino tan solo exponerlos. Porque esa incertidumbre, esa avalancha de significados posibles que nos vienen a la imaginación, hace de este relato uno de los más profundos de toda su obra.

(0) Todos los fuegos el fuego. Julio Cortázar. De Bolsillo. Contemporánea (2016). ISBN 978-84-663-3187-6.

(1) Capítulo VII. La República. Platón (1997). CEPC. Madrid. ISBN 84-259-1037-4.

(2) Capítulo X. La República. Platón (1988). En su: Diálogos IV (Traducción y notas de Eggers Lan, Conrado). Madrid: Gredos.

 

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