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Infelices – Javier Peña

Publicado el 16 de junio de 2020


Reseña realizada por Begoña Curiel.

Arriesgada, divertida, atrayente esta novela donde la espiral de la infelicidad conecta las amistades que no logra disolver el tiempo. Es dura, cargada de humor ácido e inteligente. He disfrutado más con la intensidad de algunos capítulos sueltos que con la historia como conjunto global. Javier Peña es un estupendo descubrimiento: qué bien escribe.

  Hans, Moritz, Rudoph y Karl (la única chica del grupo aunque la aceptan a duras penas) se conocen de la universidad y sus reuniones (se hacen llamar el Círculo de Viena) son el trampolín de sus respectivas y futuras historias, donde van recibiendo los pertinentes palos. Lo humos se les bajan –estaba cantado– porque sus expectativas tienen altura de rascacielos.

  Antes de profundizar un poco en ellos, no puedo olvidar (cómo hacerlo) al quinto: Marga, la chica con cáncer. No es del grupo pero sí “de la novela”. De hecho sin ella la novela no sería la misma. Tiene más moral y ganas que los cuatro principales juntos. Marga puede gustar o no, pero a su manera es brillante: la vida son dos días es el lema de su vida y lucha cada minuto con pasmosa naturalidad.

  Llama al pan, pan y al vino, vino y no se detiene a mirar atrás. Comparada con los “4 magníficos”, esta chica les adelanta por goleada. Porque vaya, vaya, qué personajes... En todos los sentidos.

Hans, el silencioso amargado que escribe discursos a políticos.

Moritz, el escritor fracasado, un auténtico bocazas.

Rupolh, el periodista que busca historias de crímenes. El único al que parece irle bien pero claro...

Karl. La chica. Periodista de televisión. Madre de una niña de padre ¿desconocido, mezclado? Ya me dirán cuando lo lean. Ojo también a la hija y la desconcertante relación entre ambas.

  Todos se iban a comer el mundo: ya saben, en esas charlas de adolescentes que se ven hipermaduros y vueltos de todo. Pero claro, el mundo se los merienda. También es verdad que de sinceridad consigo mismos, andan escasos.

  Envidias, pecados de distintos tamaños, ambición, sexo, amor. De todo pasa y les pasa como al resto de los humanos; otra cuestión es qué hacen ellos para evitar lo que ocurre, cuánto dejan ir o estancar sus problemas y frustraciones. La felicidad o lo más cercano a ella (que va a trocitos en la vida) también hay que trabajársela y estos chicos muchas manos en la masa no ponen...

  Y es esta baza con la que Javier Peña juega y muy bien a nivel narrativo gracias a un humor negro, ácido, corrosivo. Se detecta a la persona dentro del autor como usuario de la risa para espantar males. No obstante, se esmera tanto en esa acidez que por medio se escapa una mueca de asco, incredulidad y hasta de espanto mezclada con la carcajada. Al pesimismo, buena cara, afirman las letras y enseñanzas de esta novela.

  Lo que no me ha gustado, es el lío que monta en capítulos que no dejan ver con claridad de quién está hablando. Después lo deduces, vale, pero me molesta esa confusión intermitente. De ahí que no tuviera, como señalaba, la sensación del conjunto global de la novela aunque determinados capítulos me parecen una auténtica historia en sí misma; algunos absolutamente deslumbrantes.

  En ellos Javier Peña despliega fuerza y excelencia narrativa (algo portentoso siendo su primera novela). Sobre todo cuando los mezcla con ironía y esa “crueldad” que tan bien usa. Te da la risa, sientes pena, hasta compasión por alguno de los personajes y dan ganas de decir al autor: «qué bestia...». Y a los protagonistas... «madre mía, y sin embargo cómo os podéis querer».

  Porque eso parece: se quieren. La edad y las experiencias vitales no perdonan pero no desaparece el hilo conector porque el nexo que forjaron fue realmente intenso. Es el ciclón inicial de la amistad; la pasión que no se olvida, aunque se deteriore, reduzca y a ratos o por temporadas, desaparezca. Javier Peña ha sacado a la luz el poder de lo auténtico. Y mira, que se emplea a fondo en mostrarnos la cara fea de la pérdida de la amistad. Sea por los motivos que sea.

  Me apunto a Javier Peña para el futuro, a quien habría pasado por alto de no ser por la faja del libro donde Santiago Lorenzo le pone por las nubes. Otro autor –con el que también me reí a toneladas– de la misma editorial (Blackie Books), que me fascinó con Los asquerosos. Siendo bien distintas sus historias les une un toque especial, un punto de irreverencia y comicidad negra que si cala en el lector, disfrutará sin duda.

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