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Historia de la muerte en occidente: desde la edad media hasta nuestros días – Philippe Ariès

Publicado el 6 de julio de 2021


 Reseña realizada por: Rubén E. Vargas

Tuve la ocasión de visitar la Catedral de Gloucester en Inglaterra y admirar su arquitectura gótica, sus componentes románicos y la influencia del estilo Tudor tardío. Sus imponentes claustros pueden ser apreciados en la popular serie Harry Potter que desplegó en la Catedral el Colegio Hogwarts. Además, es impactante el número de personas notables enterradas dentro de la Catedral incluyendo a Eduardo II, séptimo rey plantagenet de Inglaterra; Robert Curthose, hijo de Guillermo el Conquistador y Osric, rey de los Hwicce.

Los monumentos mortuorios dentro de las iglesias medievales representan un aspecto importante en la evolución de las ceremonias de la muerte desde inicios de la Edad Media hasta nuestros días. Otro aspecto destacable fue la extendida práctica de enterrar a los muertos en el exterior de las Iglesias, en el área denominada atrium. Estas costumbres respondían a la concepción que se tenía de la muerte en un periodo dado y se conducían de acuerdo a rituales precisos en su ejecución; hoy en día son otra cosa.

Philippe Ariès dedicó más de 15 años al estudio de la bibliografía publicada referente de la muerte como evento ineludible y la actitud de las diversas culturas ante ella. Visitó también muchos sitios necrológicos tratando de comprender los incentivos que llevaron a construir los monumentos mortuorios y los diversos sitios de disposición de los muertos. Como el mismo se define, es un historiador de la muerte.

Ariès introduce el concepto de “muerte domesticada” referido a la percepción o convicción de una persona, en el siglo XII, de que su vida no da más y, al advertir la muerte, se acuesta orientado hacia el este, cruza las manos sobre el pecho y mirando hacia el cielo se apresta a morir. Antes del minuto final, el mortecino perdona a todos y confronta el Juicio Final rogando a Dios que lo reciba en el Paraíso.

 El acto de morir es una pompa pública que tiene lugar en un recinto atestado de familiares, vecinos, niños, y el sacerdote que imparte la absolución. Antes del último aliento, el moribundo reparte sus bienes en una especie de testamento oral que nadie disputaba.

En el siglo XVI la ceremonia de morir ya no es presidida por el moribundo que se ve privado de sus derechos y la distribución de sus bienes es realizada previamente ante un notario. El sacerdote le da la absolución, pero la rendición de cuentas es postergada para ser presentada ante un tribunal divino que evaluaría los méritos del óbito. Dependiendo de los medios y el reconocimiento social, el muerto podría terminar en una fosa común o en el atrio o patio de la iglesia (enterramiento ad sanctos) siguiendo el deseo de que este resida cerca de la Virgen o santidad religiosa.

El muerto podría ser también depositado en el interior de la iglesia como fue el caso del rey Eduardo II, ya referido. Estas prácticas se convierten posteriormente en un inconveniente para la religión, y sus jerarcas restaron importancia a las tumbas; además el entierro de los muertos en las casas o en los linderos de los pueblos se convirtió en un problema de salud pública por lo cual se decretó que los cementerios fueran establecidos en las afueras de las ciudades.

En tiempos actuales, con el advenimiento de la tecnología hospitalaria, el proceso y momento de la muerte ocurre en la habitación de un hospital bajo la potestad y conducción exclusiva del médico y las enfermeras. El moribundo, rodeado de máquinas y plagado de tubos y vías, debe colaborar para que todo transcurra sin dramas y de manera casi desapercibida para evitarle bataholas o bullas que puedan avergonzar al hospital. Al ocurrir el deceso, los familiares son informados entre susurros procurando evitar lloros o gritos.

El ceremonial posterior quedará a cargo del Tanatorio, en España o “Funeral Homes”, en Estados Unidos, que tendrán la responsabilidad de embellecer el óbito para que luzca como “si estuviera vivo”; tampoco durante el funeral se producirán escenas de dolor o de llanto ignominioso.

En su documentación del proceso que involucra la muerte, Ariès no abarca otros países o regiones más allá de Europa y Norteamérica. Así otros procesos mortuorios como los que tienen lugar en Latinoamérica, Asía y África, no son considerados por Ariès, lo cual es lamentable. En México, las prácticas luctuosas actuales son más bien una ocasión festiva ya que se considera que después de la muerte hay otra vida mucho más feliz. Es conocida la anécdota sobre el “último adiós” a Gabriel García Márquez en México, en medio de músicos colombianos tocando vallenatos.

El libro de Philippe Aries no es una novela ni aporta relatos macabros, es más bien un ensayo documental escrito en estilo académico, pero que despierta el interés del lector por los detalles presentados alrededor del árido tema de la muerte. Queda todavía por investigar más prolijamente las particularidades, circunstancias y conceptos filosóficos que han dado lugar a los lentos pero drásticos cambios que han marcado la relación de las distintas culturas con la muerte. El ensayo escrito por Ariès representa un excelente trabajo de documentación que no vacilo en recomendar para su lectura.

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