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“He perdido las llaves” – Mayka Benito

Publicado el 7 de diciembre de 2021


Ana se paseaba por el parque con una gran anticipación, pues debía de encontrarse su amiga querida que no había visto desde hace dos años. En su camino cruzaba todo lo que este arropaba, flores, plantas, árboles, niños jugando a la pelota y una fuente maravillosa y querida, porque a Ana le fascinaba el agua.  Mientras se concentraba en el fluir del líquido cristalino, unas veces azul, otras rosa, otras dorado, según el reflejo de las luces que lo acicalaban, pudo percibir a un anciano sentado en un banco que mantenía un monólogo un tanto animado que atizo su curiosidad; se acercó para escuchar.

El anciano clamaba a la vida de acogerlo en su seno de reposo donde finalmente podría encontrar a su tan añorada Matilde.  Ya es hora de partir, de seguir el camino que me ha trazado mi existencia y de continuar en ese mundo desconocido que alberga mi Matilde, imploraba el aciano.  No parecía un hombre deprimido, ni triste por su destino, solamente un tanto cansado.

Ana se alejo de ese encuentro fortuito y, mientras caminaba hacia la salida del parque donde se había citado con Helena, pensó en lo extraño de la existencia.  Todos los esfuerzos que hacemos en la vida para darla un sentido, para convencernos de que nuestra presencia tiene un cometido y así seguir en nuestros balbuceos con toda la urgencia del paso del tiempo.

El anciano ya no tenía prisa, solo quería contemplar el caer del agua y dejarse acunar por su apacible sonido, sumergido en sus gratos recuerdos.

De pronto, vio a Helena y abandonó sus reflexiones para ir hacía su amiga que la esperaba con los brazos abiertos.

Querida Helena, cuánto tiempo, pensó Ana, y sin embargo parecía que fuese ayer cuando se habían visto por última vez.  Tenían tantas cosas que compartir que Ana sugirió a Helena de ir a su casa donde podrían, con toda quietud, contarse todas las experiencias de esos dos años de ausencia.

Al llegar al portal, buscó las llaves en su bolso y no las encontró, se azaró e intento visualizar como había podido perder las llaves. Fue en ese momento cuando se acordó que, en su contemplación de la fuente y del anciano, había sacado el móvil del bolso.

Helena, dijo Ana, «lo siento pero debemos de volver al parque, creo que se me cayeron las llaves cerca de la fuente».

De camino, Helena empezó a contar a su amiga lo difícil que le resultaba haber interrumpido su trabajo para poder ocuparse de su madre quien había empezado a desarrollar una demencia senil; floja en un principio, pero que se acentuaba a pasos agigantados y que la hacían perder todas sus facultades motrices y cerebrales; se había vuelto como un niña.

Ana, de pronto, vio de nuevo al anciano que se dirigía hacia ellas, en sus manos tendía lo que parecían las llaves que había perdido. ¿Era una coincidencia o un mensaje que la vida le enviaba?  Pensó que no debía de preocuparse sobremanera de situaciones que tienen una solución y alteran la claridad de pasos a seguir; el presente y sus realidades es lo que debe de contar. No hubiera vuelto a ver al anciano y pensar en todo lo que esa presencia podía aportar.

Las llaves abren puertas pero las emociones abren espacio a ese sentido que deseamos dar a nuestra existencia.

Ana se acercó al anciano agradeciéndole su gesto, su deferencia, dejando por sentado que al día siguiente iría a su encuentro para compartir el silencio, el flujo del agua y esa rica presencia de tantos años de vida.

Helena y Ana pudieron compartir unas horas generosas de vivencias y dejarse con la certidumbre que la distancia no crea vacio, que la amistad es más poderosa que todo eso y que abre puertas en el espacio tiempo.

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