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Habitación 712, Sector Covid – Miguel Ángel Pérez Oca y Mariángeles Salas

Publicado el 17 de abril de 2021


Manolita Fuster era de pueblo. Sus padres, agricultores, habían hecho muchos sacrificios para que estudiara medicina, y esa era una deuda que siempre sentiría hacia todos los padres del mundo. Por eso había querido ejercer la Medicina General, ser médica de familia, y acabar trabajando en Colmenar de Azabache, su tierra chica, cuando don Senén, el viejo galeno rural, se jubilase. Hacía muy poco que había salido de la Universidad y hecho sus prácticas, y ahora ejercía su profesión con un celo incansable, máxime durante la maldita pandemia, que tanta gente se estaba llevando.

         Tenía turno de noche y estaba haciendo su ronda por las UCIs, cubierta con la indumentaria propia de la situación: mascarilla, gorro de plástico, visera transparente, traje aislante, guantes y botas con fundas, todo verde. Las camas con ancianos jadeantes y sedados, algunos boca abajo, sobre todo si eran obesos, y los cables y los tubos y las sondas, y las pantallas con sus lucecitas y sus pulsaciones sonoras, formaban un paisaje irreal, como si se tratase de un juego de sombras y luces en la oscuridad, para espantar a la muerte que acechaba desde los rincones más negros.

         Manolita salió de la última habitación dispuesta a bajar a la cantina, despejarse la cabeza con un café, quizá cambiar algunas palabras con algún compañero y subir al cuarto de descanso a echar un sueñecito, una duermevela, hasta las siete, cuando los rojizos rayos de un sol que se asomaría por el horizonte, le indicaran que era la hora de iniciar la ronda siguiente. Pero, le llamó la atención la luz de la bombilla roja sobre la puerta de la última habitación del pasillo.

         —Qué raro — se dijo — la 12 está ocupada. No me habían dicho nada. Quizá han traído al enfermo hace muy poco tiempo. Pero tendrían que haberme dado el informe.

         Y marchó hacia allí, cruzando por delante de varias habitaciones vacías.

         —¿Por qué lo habrán puesto al final? – se preguntó, intrigada.

         Dentro, como en todas las habitaciones de UCI del mundo, había una cama rodeada de instrumentos parpadeantes alrededor de una persona que respiraba acompasadamente. La mascarilla le ocultaba la cara, de forma que no había manera de saber si era hombre o mujer. Y sobre la mesita no estaba la habitual carpeta con el informe. Por lo demás, todo parecía normal, lo normal dentro de aquellas anormales circunstancias.

         Manolita se plantó ante su paciente en la semipenumbra de la habitación.

         —Hola —dijo por decir algo, puesto que la persona entubada estaba sedada.

         —Hola —le contestó el paciente, sobresaltándola. Había abierto los ojos. Y vuelto la mirada hacia la ventana.

         —¿Ves cómo brilla Sirio? —le dijo con una voz armoniosa, impropia de alguien en esas circunstancias.

         —¿Sirio?

         —Sí, la estrella. Es la más brillante de vuestro cielo, aunque en realidad no es muy grande, pero está muy cerca.

         La palabra “vuestro” alarmó a Manolita.

         —¿Por qué ha dicho usted “vuestro cielo”? ¿Es que no es también el suyo?

         Y el paciente guardó unos instantes de reflexivo silencio.

         —Verás… Manolita, porque te llamas Manolita, ¿verdad? Sería muy complicado, sobre todo para ti, que yo intentase explicarte por qué ese que se ve por la ventana no es mi cielo. Aunque bastaría con que me quitase la mascarilla de oxígeno para que lo comprendieras… Pero a lo mejor, el susto que te llevarías sería demasiado fuerte.

         Manolita miró a los ojos de su paciente y se sobresaltó al comprobar que sus pupilas eran verticales, como las de un gato y brillaban con extraños reflejos en el fondo del globo ocular a cada parpadeo de las luces del monitor.

         —Tú no estás enfermo de Covid, ¿verdad?

         Y el otro negó con la cabeza.

         —Entonces, ¿qué haces aquí? —le dijo como con un reproche sazonado de terror.

         —He venido de visita, para investigar lo que está ocurriendo en vuestro planeta. Perdona el disfraz, pero si me mostrase como soy, saldríais todos corriendo. Y por otra parte, para informarse de una epidemia, lo mejor es hablar con un médico. ¿No te parece? —y después, bajo su mascarilla pareció esbozarse un amago de sonrisa.

         —Anda, siéntate a mi lado y vamos a hablar.

         —¿Qué quieres saber? – le dijo Manolita, convencida de que estaba hablando con un extraterrestre...o con un ángel.

         —Pues, en primer lugar, nos llamó la atención vuestro repentino aislamiento, que se extendía por todo el planeta. Por vuestras emisoras de televisión y radio sabíamos que una pandemia vírica os había invadido, pero lo que no entendíamos era vuestra actitud. Hubiera resultado tan sencillo aislaros todos en vuestras casas, sin contacto alguno con nadie, hasta que el virus desapareciera; pero supimos, asombrados, que hay un factor invisible que lo impide. Es eso que llamáis Economía. El imprescindible intercambio de papelitos reales o virtuales, para que cada cual tenga un elemento de valor para adquirir lo necesario. Nos ha parecido siempre desde que os vigilamos, hace ya muchos siglos, una insensatez que el valor lo determinen los títulos de propiedad en lugar de las cosas verdaderamente valiosas. Es como si los carpinteros no pudieran trabajar porque se han perdido las cintas métricas. No lo entendemos y he venido a pediros una explicación.

         Y Manolita quedó desconcertada, y necesitó un formidable ejercicio de reflexión para poder explicar lo que hasta entonces le había parecido tan natural como los pájaros, las flores, las montañas, los niños… ¿el dinero?

  Con inquietud pero sin ningún miedo, Manolita se levantó del borde de la cama, y dando la espalda al ser que parecía venir del Espacio, dio pequeños pasos por la habitación mientras pensaba cómo no divagar con sus apreciaciones sobre el comportamiento de una sociedad, la suya, que navegaba entre lo que era bueno para el hombre, frente a un virus que azotaba al mundo, y en la manera de evitar la profundísima crisis que, debido a la pandemia, estaba repercutiendo ampliamente en el plano económico y en el mercado laboral. Salud o economía la polémica que salpicaba diferentes y pasionales reacciones en todos los debates de radio y televisión. Un asunto, a todas luces, muy difícil de tratar con un extraterrestre, porque  sin salud, no hay economía; pero sin economía, no hay salud.

Manolita cerró los ojos como queriendo apagar el mundo y, cuando los abrió, la primera visión que le vino a su mente fue su biblioteca, esa estantería donde se apilaban sus más preciados tesoros, aquellos con los que hablaba todas las noches antes de dormir y que le acompañaban en sus viajes a través del tiempo. ¿Qué libro—se preguntó— le daría al ser  de pupilas verticales para que comprendiese a través de su lectura cómo era el alma de los humanos?

—Ninguno, Manolita —respondió el alienígena después de leer su mente con la celeridad del rayo—. No creo que exista un libro que diseccione el alma humana y su relación con el mundo. Ya hemos visto la evolución del hombre a través de la Historia, y créeme, ni pasando plagas pestes, viruela, ni con fiebres o gripes, incluso ni con el cólera o el ébola, por poner algunos ejemplos de las pandemias más letales, habéis cambiado. Por eso, necesito saber cómo ahora que tenéis este legado a vuestras espaldas, que sabéis cómo se transmiten los virus y lo que se debe hacer para que el ángel exterminador no pase por vuestras casas, seguís actuando de manera tan insensata.

Manolita sintió una gran tristeza recordando que esa misma mañana había visto morir de COVID-19  a una madre y a su hija adolescente, sin poder hacer nada más por ellas. Tenía razón el extraterrestre, para qué pensar en las enseñanzas de los libros que tanto disfrutaba; todo sería inútil.

De repente, escuchó un agudísimo sonido que la hizo sentarse en la cama y taparse con fuerza los oídos mientras escondía la cabeza entre sus piernas como un caracol dentro de su concha. Aterrada, porque no desaparecía aquel horrible ruido, intentó salir a toda prisa de la habitación, pero justo cuando iba a abrir la puerta, un viento huracanado la envolvió como una crisálida mientras sentía cómo era teletransportada.

No supo el tiempo que estuvo imbuida en ese terremoto de dedos invisibles, pero cuando miró a su alrededor, un grito se le escapó de su garganta. ¿Dónde estaba? ¿Cómo era posible lo que estaba viendo? ¿Y el alienígena?

Manolita se frotó los ojos. Aquello tenía que ser una horrible pesadilla; pero no, nunca estuvo tan despierta. Ya está—pensó— se debía de haber infectado en el hospital con algún otro virus que produjese alucinaciones, porque lo que estaba viendo y sintiendo no podía ser verdad, pero allí estaba ella, en Berlín, en el Berlín de 1933. Reconoció enseguida la tristemente célebre plaza de Bebelplatz.

En ese momento, Manolita comenzó a sentirse muy mal. El corazón iba muy acelerado y le faltaba el aíre, fruto de la tremenda ansiedad que sentía. El edificio de la Universidad Humboldt fue testigo de sus vómitos. Cuando empezó a sentirse mejor vio con espanto, y como a través de un cristal, cómo la plaza se iba llenando de cientos de estudiantes universitarios que habían acarreado hasta Bebelplatz más de 20 mil libros en carretillas y camiones, para posteriormente ser quemados ante el regocijo de los miembros de las camisas pardas y las Juventudes Hitlerianas.

Con la certeza de que estaba siendo testigo de la Historia, lloró hasta quedarse sin lágrimas. No, los libros, no, repetía Manolita para sus adentros. Quiso ir hacia la gente pero no pudo dar un paso, era como si estuviese imantada al suelo. Cerró los ojos, volvió a llorar, y sintió miedo, mucho miedo… Solo una voz conocida consiguió traerla a esa extraña realidad que estaba viviendo.

Él, el extraterrestre o lo que fuera, había vuelto, y mostraba esta vez una piel extremadamente blanca, el cabello castaño oscuro y bastante largo, y unos ojos grandes y rasgados de color violeta. Visto así resultaba tremendamente atractivo, aunque no tenía ninguna duda de que era otro de sus disfraces para no aterrorizarla.

Sabía que reconocerías el sitio, Manolita. Sé que Berlín fue una de las ciudades que más te impactó por su tremenda carga emocional, por eso te he traído hasta aquí —dijo telepáticamente aquel ser que todo lo conocía—. Ahora, lo que quiero, es que te acerques a esas pilas de libros que serán devorados por las llamas en cuanto descongele la imagen de esta parte de la Historia que tanto te hace sufrir, y pensando en lo que te he preguntado, escojas las lecturas que me muestren con claridad por qué vosotros, los humanos, preferís poneros en peligro, contagiaros, y jugar a la ruleta rusa con el virus que os ha invadido por todo el planeta, antes que cambiar vuestra forma de vida.

Manolita, sintió cómo sus piernas habían recobrado la vida, y temblorosa por todo lo que estaba viviendo, caminó por la empedrada plaza hasta acercarse a aquellos libros, muchos de ellos obras de arte, que esperaban la hora de su muerte, vencidos, y humillados. Y, sin saber muy bien lo que hacía, comenzó a rebuscar arrodillada entre aquellas montañas de letras.

Entre sus manos pasaron obras de Marx, de Heinrich Mann, de Sigmund Freud y hasta del mismo Kafka. Cientos de libros, millones de hojas que serían devoradas por el fuego. Pilares del conocimiento hechos cenizas…

Se sentía muy confundida y nerviosa. Con lo fácil que hubiera sido que el ser de otro planeta la hubiese llevado a su casa, a su biblioteca… Allí sí que habría conseguido encontrar algo que abriese la mente al de los ojos violetas. De repente, una lucecita se encendió en su intelecto. ¡Claro, ya lo tenía! Había algo que nos diferenciaba de otras razas, de otros pueblos interestelares, algo que a los humanos nos hacía tropezar en la misma piedra una y mil veces, aún a riesgo de caernos por el precipicio y despeñarnos.

Y Manolita, mirando fijamente al extraterrestre, pronunció estas palabras de un maravilloso libro de Paulo Coelho:

“¿Para qué debo escuchar a mi corazón...? Porque no conseguirás jamás mantenerlo callado. Y aunque finjas no escuchar lo que te dice, estará dentro de tu pecho repitiendo siempre lo que piensa sobre la vida, sobre sus seres y el mundo”. Ahí estaba la clave, reconoció la enfermera.

Nosotros, los humanos, precisamos a los demás para desarrollarnos como personas —dijo Manolita acercándose al extraterrestre—.Necesitamos compartir los progresos, las tristezas, las risas y los llantos, los abrazos, los besos, el tacto de la piel y, por supuesto, hasta el intercambio de miradas. Por eso es tan difícil mantener aislado al ser humano…

 Aliaksei, que así se llamaba el alienígena, agarró de la mano a Manolita y, mirándola de una manera que no comprendía, se alejaron en una especie de burbuja de aire de aquella Alemania de horror y destrucción.

Después de unos instantes de confusión, Manolita se vio de nuevo en la habitación nº 712. El ser estaba aún en la cama, cubierto de tubos, máscara y detectores parpadeantes

         —Gracias por… — empezó a decirle, pero…

         —¡Doctora Fuster, hay una urgencia en la habitación nº 5, venga enseguida, por favor! —gritó el altavoz del pasillo.

         —Perdona — le dijo al ser, al que ya prodigaba cierto cariño—, ahora vuelvo. Y salió corriendo.

         Afortunadamente, la crisis del paciente de la habitación nº 5, un hombre gordo que parecía ahogarse, boca abajo, cedió con unas cuantas inyecciones, y Manolita, una vez comprobado que todo estaba resuelto, volvió al pasillo.

         —Qué raro –—dijo extrañada — la luz de la 712 está apagada.

         —Es que allí no hay nadie ingresado —le aclaró una de las enfermeras de la UCI.

         —Pero antes… —comenzó a decir Manolita.

         —Antes tampoco —le respondió la chica —. Hace más de un mes que nadie ocupa esa habitación.

         Manolita, terca, recorrió el pasillo y se asomó a la puerta de la 712. La habitación estaba vacía, sin ningún signo de haber sido ocupada por nadie, salvo…

         En el cristal de la ventana que daba al parque exterior, alguien había escrito con el dedo sobre el vaho, una sola palabra, con letras mayúsculas muy grandes:

        GRACIAS

Comentarios:
Hay 1 Comentario

  1. Margarita Moreno dice:

    Que bonito, me ha encantado 👌👍

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